sábado, 22 de agosto de 2020

¿POR QUÉ HA RESURGIDO EL POPULISMO DE EXTREMA DERECHA?

Entrevista a Rosa María Almansa, profesora de Historia Contemporánea, por REDIB (Red Iberoamericana de Innovación y Conocimiento Científico), a raíz de su artículo:

El populismo de extrema derecha en los Estados Unidos de la era Trump: De la democracia “sin rostro” a la reacción identitaria

Acceso al artículo: https://revistaseug.ugr.es/index.php/acfs/article/view/7947 


lunes, 17 de febrero de 2020

IRÁN Y EL PUEBLO ESTADOUNIDENSE

Compartimos el siguiente artículo aparecido en la revista paradigmamedia.com en el siguiente enlace: https://paradigmamedia.org/la-voz-de-la-ciudadania-iran-y-el-pueblo-estadounidense/

Mucho se está conjeturando acerca del asesinato terrorista, por parte del gobierno de los EE.UU, del general iraní Soleimani, comandante de Quds -fuerza élite de la Guardia Revolucionaria- y una de las figuras con mayor liderazgo en la lucha contra el yihadismo en Iraq y Siria. Podemos encontrar, según numerosos artículos, indicios de colaboración israelí e, igualmente, evidencias de una presión por parte de este país para llevar a cabo el atentado. Igualmente, se vincula a una intención de debilitar una creciente influencia de Irán en todo el devastado Oriente Medio, con el fin de mantener el libre saqueo de sus recursos por parte de la potencia norteamericana y su más fiel aliado sionista. Asimismo, encontramos referencias a una amenaza frente al acercamiento entre Irán y China -llevado a cabo a través de recientes acuerdos comerciales sobre el crudo iraní y su traslado a través de la Ruta de la Seda que, poco a poco, va tejiendo el gigante asiático a lo largo de los cinco continentes-. Rusia tampoco queda al margen en este complicado entramado por su cercanía geográfica y sus comunes intereses económicos y geoestratégicos, de la misma manera que la UE -a pesar del aparente apoyo rotundo de París- no puede sino temer un enfrentamiento abierto entre EE.UU. e Irán que eleve el precio del crudo y dificulte todavía más los acuerdos comerciales que mantienen con los persas.
Todo este tablero de ajedrez nos proporciona, una vez más, un escenario que evidencia una situación en la que todos pueden ser aliados y, al mismo tiempo, enemigos; donde los frentes de lucha están totalmente diluidos y las alianzas se tienden en función del momento o del espacio geográfico. De hecho, el mismo Soleimani -nada sospechoso de ser amigo de los norteamericanos-se desplazaba incluso por territorio controlado por los EE.UU. hasta poco antes de su asesinato, a pesar de que el embargo y las sanciones a Irán, así como la estrategia militar estadounidense en Oriente Medio, dejan claro una política hostil hacia su país.
Aun así, y dentro de todo este espacio de conjeturas en la que nos encontramos, hemos podido escuchar una que, a mi parecer, es la más estremecedora. Se trata de la que vincula el atentado con el calendario electoral de los EE.UU. y, según la cual, la proximidad de las elecciones obliga a iniciar una contienda en territorio extranjero para mejorar los resultados en los comicios. Esta “campaña en torno a la bandera” ha venido siendo una estrategia ya enunciada frecuentemente cada vez que el gobierno de turno comienza o aumenta una agresión bélica y, a pesar de que se comenta únicamente como parte del juego entre candidatos presidenciales, no puede sino mostrarnos un escenario absolutamente terrorífico: el hecho de que el enemigo, en este caso, no sea el gobierno de un país imperialista, sino el pueblo que lo vota y que pide sangre para ello. De hecho, si muchos de los representantes demócratas se presentan en estos momentos como contrarios a iniciar una guerra con Irán cuando, anteriormente, se mostraron enormemente beligerantes y aceptaron pruebas irrisorias para comenzar invasiones como la de Afganistán, esto no nos hace pensar sino que la actual oposición interna no es sino una estrategia electoral más .
En este sentido, podemos incluso escuchar comentarios en torno a la táctica más acertada que debería llevar Trump, a partir de ahora, para beneficiarse electoralmente de este ajusticiamiento extrajudicial en suelo extranjero. La mayor parte de los análisis al respecto no hacen mención a que el método es más propio de un matón (cobarde, por añadidura, por cuanto se realiza desde la distancia) que de un Estado de Derecho al que dicen pertenecer, y que anula por completo cualquier garantía de justicia en gran parte del planeta por la presencia de sus bases y, por tanto, de una pista de despegue de sus drones. Tampoco se plantea, ni mucho menos, que Trump tenga que responder ante un tribunal internacional si, de hecho, este acto de guerra ha sido cometido sin más justificación que el interés partidista. Por lo visto, la mayoría del pueblo estadounidense acepta sin reparos que cualquiera que pueda ser sospechoso de constituir una amenaza para su país, se encuentre donde se encuentre e independientemente de su sometimiento a un juicio justo, puede ser inmediatamente aniquilado. Esto, si no fuera porque se trata del pueblo de los EE.UU., tan ensalzado por Hollywood en nuestras pantallas y tal elogiado por nuestros intelectuales como el que nos tiene que dar lecciones de democracia, sería considerado como propio de un estado enfermo, decadente y sanguinario. Yo diría, más bien, de una población reprimida, pues la ausencia del sentimiento fraternal que nos caracteriza como seres humanos es una de las peores represiones y, a la vez, de las más enmascaradas que lleva a cabo este sistema.
 
Manifestación en Iran el 3 de enero por el asesinato de Qasem Soleimani. Autor: Fars Fotógrafos
Ante esta situación, independientemente del país donde tenga lugar tal estado de opinión, no podemos dejar de plantearnos si se puede legitimar sin más una decisión electoral que pide violencia sobradamente injustificada y que está llevada a cabo, de forma evidente, bajo tal estado de alienación, simplemente porque se tata de la “decisión” del pueblo. Y es que tenemos que tener en cuenta que dicho pueblo se encuentra, por añadidura, en una situación de vulnerabilidad que obliga al 15% de la población a vivir de los bonos de alimentos, con un salario mínimo congelado desde hace 10 años que asciende a 7,25 dólares la hora y, según un informe de la ONU, con una masa de 40 millones de pobres (de los cuales 18,5 viven en pobreza extrema y más de 5,3 en condiciones extremas propias del Tercer Mundo). Está claro que no son precisamente estas bocas las que claman por una guerra, sino una clase media temerosa de perder su nivel de vida ante tal panorama, pero lo cierto es que, se exija lo que se exija, cualquier cosa parece poder presentarse ante una campaña electoral sin que nos cause más allá de una cierta perplejidad.
Esta situación no implica otra cosa que el hecho de que, para detener la máquina bélica de la principal potencia imperialista, es necesario un verdadero giro ideológico y de sentimientos en la población del que viene siendo el país con más guerras a sus espaldas. De hecho, podríamos decir que esta manera de conseguir la victoria electoral no es ni siquiera la más cómoda para la élite estadounidense, auténtica culpable de esta política imperialista -puesto que la clase media, en definitiva, no aspira sino a emular a una clase alta y, en concreto, a su insostenible modo de vida-. Para dicha élite sería mucho más efectivo -y barato- que el ejército de los EE.UU. pudiera actuar a sus anchas en función de las necesidades que tuviera en cada momento para defender sus intereses, sin tener que sobreactuar en función al estado de opinión. Pero el voto obliga, y la constante estrategia del miedo ejercida sobre la población, con el fin de conservar una “cohesión social” que deje las manos libres para aumentar lo máximo posible el capital a cualquier precio, ha convertido en necesario presentar un bombardeo en horario de máxima audiencia, o bien una serie de muertos que garanticen la seguridad de su modo de vida. Y es que lo anterior no esconde, por desgracia, sino un sentimiento más o menos consciente de que sus vidas requieren del esfuerzo y sacrificio de la inmensa mayoría de la población mundial. Véase, si no, el paradigmático discurso, en octubre de 2001, del secretario de Defensa Donald Rumsfeld a las tripulaciones de un grupo de bombarderos: “Tenemos dos opciones. O cambiamos la forma en que vivimos o cambiamos la forma en la que viven los otros. Hemos escogido esta última opción. Y sois vosotros los que nos ayudaréis a alcanzar este objetivo”1. En esto, y no en otra cosa, ha consistido el “modo de vida americano” -y también, por cierto, el “Estado de Bienestar” en general, tan defendido por la socialdemocracia, el cual igualmente ignoraba la falta de bienestar en otros países-.
Por tanto, podríamos decir que la resistencia y la lucha antiimperialista se encuentra ante un enemigo que, en muchos casos, no sabe realmente que lo es, pues se trata de una población que vive enfrascada en el mantenimiento de un modo de vida totalmente alienado de su naturaleza fraternal, insostenible ecológicamente y socialmente injusto. Ello nos da una pista de que el próximo campo de batalla no será únicamente militar sino, fundamentalmente, de ideas y sentimientos. ¿Cómo, si no, acceder a esta clase media que no se siente responsable en absoluto de lo que vota, cuando sus decisiones provocan guerras y hambre?
Encarnación Almansa es miembro de la Asociación Aletheia y del Frente Antiimperialista Internacionalista.
1Citado por J. Fontana en su libro Por el bien del imperio.

jueves, 23 de mayo de 2019

EL CAPITALISMO SE DEVORA A SÍ MISMO


Transcribimos el artículo de nuestra compañera Encarnación Almansa publicado en la revista Paradigma el 9 de mayo de 2019 (https://paradigmamedia.org/el-capitalismo-se-devora-a-si-mismo/)

El 28 de abril de 1965, las tropas de EEUU entraron en Santo Domingo (República Dominicana), dentro de la denominada Operación Power Pack, para apoyar a los golpistas que, dos años antes, habían instaurado un nuevo régimen de terror tras un brevísimo paréntesis democrático que había sucedido a la dictadura de Trujillo. Sin disimulo, Lyndon B. Johnson declararía que no iba a permitir una nueva Cuba en el Caribe. Dos días después de la intervención norteamericana, en una reunión de la OEA en Washington, se aprobó que las tropas estadounidenses allí destinadas iban a pasar a considerarse como “interamericanas”. Tras una solución “negociada” (si puede considerarse una negociación en tal situación de diferencia de poder), se estableció un gobierno títere elegido en unas elecciones, con lo que la operación del imperio quedó limpiamente cerrada y legitimada por las normas internacionales del sistema.

El 20 de diciembre de 1989, unos 26.000 soldados norteamericanos entraron en Panamá, según el presidente George Bush para defender a los ciudadanos norteamericanos, llevar al general Noriega frente a la justicia norteamericana por narcotráfico e instaurar en el país un régimen democrático. En esta ocasión la operación recibió el nombre nada menos que de Causa Justa. Hace poco vio la luz un Memorandum secreto-sensitivo del Consejo de Seguridad Nacional redactado en abril de ese año, en el que se incluía otra motivación menos confesable: acabar con las negociaciones entre Noriega y Japón en relación a la ampliación del Canal de Panamá. Las cifras de muertos de la operación oscilan según las fuentes, pero la mayoría la sitúa entre los 3000 y los 6000. La ocupación estadounidense se prolongó durante dos años y, de hecho, el presidente electo tras unas elecciones tomó posesión de su cargo en una base estadounidense.

Ejemplos como estos podemos encontrarlos en África, en la práctica totalidad del territorio de Centroamérica y Sudamérica y, en la actualidad, en el devastado Oriente Medio. Incluso Europa ha vivido una situación similar en la antigua Yugoslavia con la intervención de la OTAN en la Guerra de los Balcanes. No obstante, tras la situación con el último fallido golpe en Venezuela, parece que no son tan fáciles ya las impunes invasiones militares estadounidenses en Latinoamérica para ordenar el territorio a su antojo. Si bien es cierto que mantiene el control político de gran parte del continente Sur americano a través de vías electorales (no olvidemos que el imperio no necesita siempre la opción militar para mantener sus tentáculos, pues, en muchos casos, es la misma ciudadanía la que lo vota) y que la amenaza de invasión militar parece mantenerse sobre la mesa cuando el resultado electoral no satisface a la Casa Blanca, parece que sus estrategias desestabilizadoras no acaban de cuajar, en parte por no contar con el apoyo esperado y en parte, también, por chapuceras. Ya se pudo ver algo en Turquía (hay sospechas de que el fallido golpe de estado de 2016 contra Erdogán partió de una base estadounidense) y, ahora, tras las fracasadas maniobras desestabilizadoras en Nicaragua, nos encontramos con el esperpéntico personaje de Guaidó como instrumento para destruir algo tan sólido como es el movimiento bolivariano en Venezuela.

Esto no significa que la amenaza sea menor, ni mucho menos, sino que nos encontramos frente a un imperio en decadencia que trata de mantener su hegemonía de forma cada vez más infructuosa, aunque no por ello menos agresiva. Tras dejar Oriente Medio en estado de devastación absoluta pero sin haber conseguido dominar el territorio, dirigen ahora su mirada de nuevo a su patio trasero con métodos quizá menos tajantes (a día de hoy, pues es plausible una intervención en un futuro próximo) pero igualmente evidentes. Sin embargo, podemos comprobar cómo EEUU ya no cuenta con el mismo apoyo incondicional de la comunidad política internacional, y ello se manifiesta en la incapacidad para controlar las situaciones tal y como venía haciéndolo, es decir, instaurando a su antojo dictaduras o democracias serviles en los países que osaban desafiar en lo más mínimo sus intereses. Por supuesto que en la historia de la hegemonía estadounidense ha habido territorios inconquistables, tales como Cuba o como fue Vietnam, pero ahora parece que el Pentágono cosecha más fracasos que victorias. Y una de las principales causas de ello, además de la pérdida de poder en el balance de la economía mundial por el surgimiento de potencias rivales, es la fractura dentro del bloque capitalista, perceptible ya incluso a nivel político (por supuesto, con intereses económicos contrapuestos como telón de fondo).


En realidad, el capitalismo ha permanecido unido solo en parte durante la Guerra Fría. Fue la amenaza de un contagio del socialismo en el bloque capitalista lo que obligó a enterrar las contradicciones entre potencias para dirigir sus fuerzas a neutralizar o destruir el temido “efecto dominó”. No podemos olvidar que, a pesar de la enorme inyección de dinero que supuso el Plan Marshall en Europa tras la Segunda Guerra Mundial y el generoso tratamiento de la deuda de la RFA, la RDA mantuvo desde 1965 hasta los años 80 un crecimiento del PIB mayor que el de su vecino occidental. El 32% del parlamento era femenino y la participación de la mujer en la vida laboral llegó incluso a ser mayor que el masculino, algo impensable en muchos países capitalistas. Tampoco podemos olvidar que hasta 1989, ningún país del Este tenía necesidad de establecer prestaciones por desempleo. Hungría fue el primer país en necesitarlo en ese año; a mediados de los 90, ya contaba con un nivel de más del 12% de desempleados, alcanzando el 25% en algunas regiones. 

Los logros sociales y el crecimiento económico de algunos países del Este provocaron que Europa occidental y EEUU tuvieran que desarrollar lo que después vino a denominarse como “Estado de Bienestar”, de tal manera que, convirtiendo a la clase trabajadora de estos países en consumidores, neutralizaron los movimientos obreros aspirantes a un cambio de sistema. El Estado del Bienestar ha sido presentado históricamente como un triunfo de la socialdemocracia y de la economía keynesiana, de ahí que sus herederos insistan en volver a estas políticas, escondiendo que se basaron fundamentalmente en un consumo y un desarrollo productivo insostenible e irracional, así como en el apoyo incondicional a las políticas militaristas e imperialistas que suministraron mano de obra y materias primas a bajo precio a las clases medias de occidente. Podríamos decir que su verdadero logro fue permitir esconder y postergar las contradicciones inevitables del capitalismo, así como que su corta vida fue la cara amable de la hipertrofia de la gran superpotencia que aspiraba a acabar con cualquier iniciativa disidente.

Con la caída del muro, muchos intelectuales conservadores y “progresistas” consideraron que viviríamos el triunfo definitivo del capitalismo en todo el planeta. No obstante, tras la desaparición del enemigo, además de vivir una de las más agresivas y duraderas crisis económicas del sistema, las tensiones en su seno no han hecho más que crecer, de manera que en la actualidad nos encontramos, paradójicamente, en una situación que recuerda a la previa a las dos guerras mundiales, donde no se sufrió un enfrentamiento entre el capitalismo y los aspirantes al comunismo, sino entre las mismas potencias capitalistas.

En primer lugar, nos encontramos una guerra económica de consecuencias todavía impredecibles. China y Rusia, como potencias económicas capitalistas que son en la actualidad, han empleando muchos de los subterfugios económicos anteriormente utilizados por sus enemigos occidentales: mano de obra barata, cambio de valor de las monedas, paraísos fiscales, compra y venta de deuda, mecanismos propios de transacción internacional, etc. No obstante, podemos decir que, de momento, no emplean la vía militar para conseguir sus objetivos y que China, conservando gran parte de control estatal en sus empresas, nos va presentando un sistema económico de deriva desconocida todavía. Estas dos nuevas potencias han ido creando zonas de expansión económica que han provocado, a su vez, movimientos militares por parte de EEUU para tratar de mantener el control de zonas anteriormente al servicio de sus intereses. Esto está siendo evidente en África, donde gran cantidad de recursos han pasado a manos chinas tras acuerdos con países como Nigeria o Sudán. La Ruta de la Seda avanza silenciosa pero implacablemente incluso por Europa y es muy dudoso que esta situación sea pacíficamente aceptada por los magnates estadounidenses de forma indefinida.

Pero las más paradójicas tensiones se están viviendo, en la actualidad, entre los mismos miembros de la OTAN. La amenaza de aranceles se encuentra constantemente sobre la mesa, a la vez que la UE se ha atrevido a multas históricas a grandes multinacionales estadounidenses por violación de la ley antimonopolio. Alemania, por su parte, ha apostado por abastecerse del gas ruso y no acepta las críticas del gobierno de Trump, apelando a su soberanía económica y provocando la ira, incluso, de países potencialmente socios en territorios cercanos, como Polonia o Ucrania (fieles vasallos de EEUU en Europa). El gasoducto Nordstream 2, cuyo proyecto fue iniciado por el excanciller alemán Schröder (actualmente presidente de una petrolera estatal rusa…) evitará su paso por los países del Este de Europa y se construye por el Mar Báltico.

Por su parte, Turquía se enfrenta de forma cada vez más evidente a EEUU dentro y fuera del territorio sirio. El gobierno estadounidense se apoya en las YPG kurdas (escindidas del PKK), las cuales, junto a otros grupos rebeldes, forman las Fuerzas Democráticas Sirias, algo que no es admitido por Turquía. En junio de 2018, ambas potencias tuvieron que alcanzar un acuerdo en Alemania, donde EEUU ordenó a las YPG que se retiraran de la recién conquistada ciudad de Manjib para que fuera nuevamente tomada por las fuerzas turcas. En enero de 2019, Trump amenazó con devastar económicamente Turquía si atacaba a los kurdos (a los kurdos de Siria, por supuesto, ya que los que viven en territorio turco han sido y siguen siendo invisibles para la comunidad internacional), y la reciente compra de sistemas de defensa antiaéreos rusos por parte del país asiático ha creado una nueva escalada de tensión diplomática de derroteros inciertos.

Por su parte, en Libia no se dirime únicamente una lucha entre fuerzas locales, tal y como nos quieren hacer creer, sino que también se enfrentan intereses de EEUU y algunos países europeos. El gobierno de Trípoli es reconocido por la ONU y por países como EEUU e Italia, junto con Turquía y Qatar, por su implicación en tratar de evitar la salida de los refugiados del país, mientras que el gobierno de Haftar (que controla la mayor parte del país y que actualmente lucha por el control de Trípoli) cuenta con el apoyo de Arabia Saudí, EAU y Egipto por su oposición a los Hermanos Musulmanes, pero también de Francia y Rusia, los cuales quieren recuperar los lazos comerciales que tenía con Gadafi. Es decir, que en estos momentos, en Trípoli, luchan indirectamente nada menos de EEUU contra Francia.

Toda esta creciente tensión internacional en el seno del capitalismo se implementa con una crisis sin precedentes de las instituciones propias del sistema. No solo se cuestiona la democracia representativa, que ha sido considerada como el sistema universal e incuestionable por la izquierda y por la derecha, sino que los organismos internacionales han perdido la poca credibilidad con la que contaban.

Una decadencia de estas dimensiones es enormemente peligrosa, pues sabemos que el capitalismo derrocha agresividad a todos los niveles: laboral, social, psicológico, militar… Por tanto, el enemigo no es externo. Ni nunca lo fue.



jueves, 4 de abril de 2019

IMPERIALISMO 4G



Venezuela acaba de superar uno de los más peligrosos ataques de su historia. Sumida en la oscuridad durante días, los venezolanos se han enfrentado de manera ejemplar a la falta de agua, de suministro eléctrico y, en definitiva, a la paralización en cuestión de segundos de los principales factores para el funcionamiento de la mayoría del país. Una situación de estas características, con la imposibilidad de conservar alimentos, pagar con tarjeta de crédito o, especialmente, mantener activos hospitales y fuerzas de seguridad, se ha mostrado como un avance de lo que se prevee como la guerra del futuro. Está claro que los bloqueos requieren demasiado tiempo para vencer a una población mayoritariamente convencida de que no quiere caer en manos del imperio estadounidense, lo cual se demostró ya anteriormente en países que han sufrido esta violencia de lesa humanidad, como Cuba, Corea del Norte o Irak (finalmente devastada por vía militar). La maquinaria arrasadora que pretende saquear los recursos de países ricos en materias primas, necesarias para el despilfarro del sistema, no puede esperar tanto, aunque siga empleando este método para socavar la voluntad antes de la definitiva violación.
Imperialismo 4G
Podríamos decir que el capitalismo, tras la caída del bloque del llamado “socialismo real”, ha ido extendiendo sus tentáculos a prácticamente todo el globo. En la actualidad no existe ningún rincón del planeta en el cual no haga presencia su economía. Es cierto que nunca llegó a desarrollarse una economía socialista, pero sí pudimos encontrar gérmenes de la misma en la URSS, a través un intento de extensión progresiva de la planificación desde campo industrial al resto de los sectores económicos. Esto no fue posible por la necesidad de mantener una política defensiva que deformaba desde el principio cualquier intento de planificación, así como por limitaciones ideológicas y teóricas con las que el marxismo continua debatiendo, tales como la economía en la época de transición al comunismo o la teoría del valor. De esta manera, el capitalismo -que también vivió frustraciones y fracasos en su origen- se erige hoy como único referente en el planeta, aun cuando no haya superado ninguna de sus limitaciones (ni ideológicas ni teóricas) y nos muestre únicamente un reguero de destrucción natural, social y de pensamiento como prueba de su triunfo.

En la actualidad, el principal arma del capitalismo es que se desarrolla más allá de lo que podríamos denominar como “internacional”, puesto que cuenta con elementos esenciales para su funcionamiento que se encuentran fuera del mapa político, dentro de lo que podríamos considerar como el terreno de lo “supranacional”. Entre estos elementos se encuentra, fundamentalmente, el capital, el cual no se encuentra sujeto a ninguna frontera y cuya limitación territorial -a través de bloqueos o aranceles- es únicamente un instrumento para boicotear el capital competidor. Se trata de un flujo planetario sin una única lógica global, cuyo movimiento es impredecible relativamente incluso para los que poseen mayor control del mismo, y que permanece desconocido para la inmensa mayoría de la población mundial, la cual sufre no obstante las consecuencias de sus vaivenes. De esta manera, podemos encontrar incluso que el país más endeudado del planeta pueda convertir su propia deuda en la deuda de los habitantes de sus países vasallos y sus neo-colonias. Pues no podemos olvidar que parte de nuestro trabajo diario acaba, indirectamente, en el pago de la inconmensurable deuda de los EEUU, a la manera como las regiones invadidas por el Imperio Romano pagaban sus impuestos a los que contaban con el estatuto de ciudadanos romanos.

Pero los mecanismos de represión del imperio capitalista también podemos decir que, progresivamente, van adquiriendo carácter supranacional. Véase el aumento de ataques cibernéticos, entre los que podemos contar el reciente al núcleo energético de Venezuela. Es el sabotaje “de cuarta generación”, deslocalizado, sin autores materiales claros y, al contrario del antiguo sabotaje como arma de los débiles, una nueva arma de los ricos contra los pobres. Las telecomunicaciones se presentan, igualmente, como el futuro objetivo militar a proteger, teniendo en cuenta que incluso los cables submarinos de comunicación que unen países están ya siendo motivo de debate por su vulnerabilidad. Un solo ataque a los mismos puede dejar incomunicadas grandes regiones durante un lapso considerable de tiempo como para desestabilizar el territorio, mientras tanto, por otras vías. Por no hablar del posible ataque a satélites de comunicaciones, cuya sustitución sería, obviamente, muy complicada.

El nuevo modelo de ejército privado también puede ser considerado como una nueva estrategia supranacional. Mercenarios del mundo se reúnen en diferentes escenarios que han de ser desestabilizados, infiltrados en revoluciones de colores -y, por qué no, guarimbas-, para después pasar al campo puramente militar en el caso de guerra civil. Son ejércitos en la sombra que actúan a las órdenes de alguna potencia, pero también de grandes empresas con intereses en los países agredidos. Academi, tristemente conocida como Blackwater por sus acciones en Irak, puede ser contratada igualmente para una emboscada que para una sesión de tortura. G4S, creada por un empresario danés, es el que cuenta con el mayor número de empleados en el mundo, y ha ejercido su cometido tanto como agencia de seguridad en las Olimpiadas de Londres en 2012 como en los puestos fronterizos de Gaza. Defion Internacional recluta contratistas latinoamericanos y ha enviado a más de 3.000 de ellos a Bagdad. Además de encargarse de las cloacas de la geoestrategia, mueven más de 100.000 millones de dólares en el mundo.

Pero el principal elemento represor supranacional dentro del capitalismo es, sin duda, su dominación ideológica. Se trata de un largo proceso de represión que ha vulnerado gravemente nuestra voluntad, nuestro pensamiento y nuestras emociones a través de elementos mucho más sutiles que los de la mera prohibición: la desmitificación a través del cine y la televisión de los grandes valores universales, por medio de protagonistas “antihéroes” que son modelo para niños y adolescentes, inmaduros, triviales, sin capacidad de sacrificio y actuando únicamente por intereses muy particulares; la consideración de cualquier utopía como irrealizable, cayendo no obstante en la utopía de que este sistema puede ser eterno por ser el mejor de los posibles; la incapacidad para el esfuerzo intelectual, por medio de la simplificación de cualquier contenido a un mínimo de caracteres o a la sucesión rápida de imágenes que eliminan incluso las respiraciones entre frases de los youtubers para que no nos aburramos; el olvido, sin duda intencionado, de los grandes logros de los intentos revolucionarios del siglo XX, de los cuales únicamente queda el mantra de que fueron totalitarios, escondiendo que ya en ellos se logró de forma natural la integración de nacionalidades y la igualdad no únicamente formal de la mujer. Todo ello va provocando una filtración invisible en nuestras emociones, de manera que ya nos encontramos encadenados al capitalismo no únicamente por nuestras convicciones, sino también por elementos mucho más difíciles de controlar: la insatisfacción por la alienación en el trabajo que ha de ser satisfecha a través del consumo, del viajar a bajo costo, de ser felices los fines de semana a cualquier precio; el miedo a ser diferentes, a imaginar escenarios más humanos; la convicción de que estamos solos y que nuestra pertenencia a una comunidad no puede ir más allá de la afición a un equipo de fútbol.

Mientras tanto, el internacionalismo que nació de la identificación con una clase proletaria se ve reducido a una colaboración de resistencia, especialmente económica, para encajar los embites del imperio. Ya no son “los pueblos del mundo” los que se ayudan a través de la movilización masiva y el levantamiento, alimentados por el deseo de luchar juntos contra el imperiarismo capitalista. Ahora, los gobiernos rebeldes luchan por sobrevivir en organismos internacionales del mismo sistema capitalista, exigiendo el cumplimiento de las leyes internacionales también del sistema. Y las nuevas potencias emergentes se enfrentan a la antigua hegemonía estadounidense a través de su propio lenguaje económico, tratando de abrirse camino por medio de la compra de deuda, de las fluctuaciones en el valor de las monedas, de la oferta y la demanda de las materias primas, de la producción a bajo coste.

No obstante, el sentimiento de clase puede decirse que fue un elemento supranacional anterior a los que ahora nos presenta el sistema. El hermanamiento internacional fue mucho más allá del mero sentimiento patrio, ahora tan necesario frente a las agresiones como las que sufre Venezuela. Por ello, la actual emergencia nacional no puede dejar de teñirse de internacionalismo e, incluso, de algo de ese supranacionalismo que ahora nos ha arrebatado el capitalismo. La defensa de Venezuela es la defensa de la dignidad más allá de sus fronteras, de la idea de que, o socialismo, o barbarie.


Encarnación Almansa Pérez es miembro del Frente Antiimperialista Internacionalista y de la Asociación Aletheia de Córdoba.

Foto de cabecera: Caracas, desde Palo Verde el pasado 12 de marzo. @llegolahoraya.

Artículo publicado en la Revista Paradigma el 18 de marzo de 2019.

viernes, 15 de marzo de 2019

CAUSAS DEL ACTUAL ESTANCAMIENTO DE LA IZQUIERDA Y PROPUESTAS PARA SU SUPERACIÓN

Debate celebrado en el Círculo Cultural Juan XXIII el 13 de abril de 2018, dentro del ciclo: “Una mirada hacia la izquierda”. Intervinieron: Carola Reinjes (Casa Bien Ser), Francisco Molina (Ganemos), Luzmarina Dorado (Podemos), Pascual Campos (PCA), Rosa Mª Almansa Pérz (Asociación Aletheia) y Miguel Ángel Peña (Izquierda Unida).
 

jueves, 8 de noviembre de 2018

TEORÍA Y PRAXIS EN EL INTERNACIONALISMO



En 1845, Marx escribió una de sus frases más célebres, recogida como la tesis XI en las Tesis sobre Feuerbach. Rezaba así: “Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo”.

Lo cierto es que, anteriormente a la redacción de esta afirmación, encontramos en los escritos de este autor las pruebas de un exhaustivo estudio de la filosofía idealista alemana y, especialmente, de Hegel. La dificultad que entraña dicho estudio creo que no es necesario reseñarlo. Y, aunque podamos considerar que la labor de Marx fue esencialmente la de la elaboración teórica, gigantes de la praxis como Lenin inciden en que el marxismo es “el sucesor natural de lo mejor que la humanidad creó en el siglo XIX: la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés”. Bien sabemos cómo los revolucionarios del siglo XX insistieron en la importancia de acontecimientos tales como la Comuna de París y, no obstante, vemos que el autor ruso también encumbra dos corrientes de pensamiento. Sin duda Lenin sabe perfectamente que todos los intentos revolucionarios bebieron de ellas. 

Por tanto, la famosa tesis de Marx no debe interpretarse, tal y como se ha venido haciendo en multitud de ocasiones, como una subordinación de la teoría a la praxis, sino más bien como el resultado de una reelaboración teórica de la filosofía anterior en una nueva praxis teórica que incorporara la posibilidad de transformación del mundo. Un intelectual de la talla de Marx no hubiera afirmado tan tajantemente el fin de la filosofía y la sustitución de ésta por una trasformación ciega por múltiples razones. En primer lugar, porque consideraba que en toda acción subyace una visión de la sociedad que, por desgracia, suele ser la de la clase dominante, por lo que es imprescindible un trabajo concienzudo que desentrañe sus claves (las cuales, por lo que parece, aún nos dominan). En segundo lugar, porque su admiración por Hegel no podía concluir en una simple patada a la filosofía, sino en el inicio de una nueva, aunque embrionaria. 

La tesis anteriormente citada, por tanto, debería considerarse como el esbozo de un planteamiento teórico en el cual se incluye una visión global de la historia y del devenir humano aunque, a diferencia de Hegel, ahora el ser humano comienza a valorarse como el sujeto histórico -en concreto a través de su liberación del trabajo alienado y, por tanto, encarnado en el proletariado-. No obstante, dicha liberación no se realizaría únicamente a través de un levantamiento de las clases oprimidas, sino que Marx apunta una nueva teoría para fundamentarlo: la dialéctica (reducirla a materialismo dialéctico sería quizá dogmatizarla). Esta filosofía, por desgracia, no pudo desarrollarse de forma clara en sus escritos pero sí vertebra su producción e inspira todo el movimiento revolucionario del siglo XX. 

No obstante, la dialéctica presentó desde sus orígenes una ambigüedad entre teoría y método que no permitió que se definiera ni como éste último ni como filosofía. Los marxistas la adoptaron mayoritariamente como método aunque, como pudo verse en filósofos de la talla de Sartre (Crítica de la Razón Dialéctica), presuponía una concepción filosófica que, aunque no aparecía explícita en sus orígenes, sí podía considerarse una filosofía, puesto que buscaba su propio fundamento a través del análisis de las categorías que desarrolló. 

Sería un error imperdonable olvidar que la fuerza de todo movimiento internacionalista en el siglo XX surge de las luchas del proletariado pero también de la dialéctica, tanto en lo que se refiere a la riqueza del debate teórico entre los grandes políticos e intelectuales revolucionarios como por el convencimiento de gran parte de la izquierda europea del momento de que la historia tiene un sentido y se dirige, precisamente, al comunismo. Por tanto, gracias a ella se vivió un fructífero renacimiento del marco utópico de los movimientos revolucionarios, el cual enlaza al joven Marx con autores como Erns Bloch y su Principio de Esperanza. He aquí una prueba de que la teoría no mata la utopía ni el impulso transformador. No obstante, este aliento utópico fue arrebatado, sin duda, por la idea del consumo generalizado a todas las capas sociales, adoptada por la izquierda pero nacida de las entrañas del capitalismo. 

Y es que el pensamiento filosófico de la izquierda derivó, especialmente a partir de las corrientes del 68, hacia nuevos planteamientos que, por un lado, tachaban de estéril la elaboración teórica y la reducía a un mero “relato” y, por otro, conmutaban la práctica revolucionaria por una “conciencia ciudadana” que cristaliza periódicamente en los procesos electorales. Todo ello no podía tener como consecuencia sino el derrumbe del internacionalismo por varias razones. 

En primer lugar, porque toda elaboración teórica requiere una visión de la totalidad. Incluso el posmodernismo, que huye absolutamente -aunque lo niegue- de cualquier absoluto como de un apestado, crea una conciencia de totalidad que elimina la unidad del todo, sustituyéndola por un proceso absoluto de cambio sin ningún sentido. De esta manera, si el internacionalismo del siglo XIX y principios del XX partía de la unidad de una clase de todos los proletarios de la Tierra para, a partir de dicha unidad, afirmar las diferencias nacionales, el pensamiento de izquierda heredero (consciente o inconscientemente) del posmodernismo pretende alcanzar una unidad siempre provisional -en función de las situaciones cambiantes del imperialismo- a partir de las diferencias, algo que ni aún así se ha conseguido. 

En segundo lugar, porque la izquierda ha huído de los conceptos que vertebraron su pensamiento y de la idea de necesidad y sentido en la historia. La idea de justicia social movió a los grandes revolucionarios del siglo XX -véase el Ché- porque se encontraba clara y concretamente definida en un proyecto histórico en el cual había de participar un sujeto social que asumía una responsabilidad igualmente histórica. El marxismo, a través de la dialéctica, nos había presentado un sentido al tratar de hacer transparentes las relaciones sociales entre los seres humanos, es decir, eliminando el fetichismo -en este caso- de la mercancía. Por tanto, este sentido nos permite luchar por la construcción de nuevas relaciones sociales conforme a lo que realmente somos, eliminando lo que constituye una especie de subconsciente colectivo a través de su clara identificación. Y he aquí precisamente como, a su vez, la dialéctica permitió un fructífero acercamiento a algunas corrientes de la psicología (especialmente el psicoanálisis), la sociología, la pedagogía o la estética para desentrañar el imperialismo ideológico y cultural del capitalismo del siglo XX. 

En la actualidad es difícil encontrar un debate en la izquierda en torno a la dialéctica o a la vertiente transformadora de la filosofía de la que hablaba Marx en su famosa tesis. Pero, si no se encuentra presente en la intelectualidad internacionalista, ¿desde qué fundamento filosófico hablamos? Marx partió de una concepción claramente filosófica para desarrollar su teoría política y económica y, no obstante, hoy pretendemos forjar un nuevo internacionalismo sin una reflexión profunda de los conceptos que empleamos en ello. Esto podría considerarse urgente, ya que toda praxis implica una anticipación necesaria y, por tanto, evitaría que la izquierda continúe a la zaga limitándose a protestar. 

Para el internacionalismo del siglo XIX y principios del XX, el socialismo nunca fue definido como una “alternativa” al capitalismo. Socialismo o barbarie era la única alternativa pero, puesto que la barbarie no se contempla como sistema social consistente, el socialismo era la única posibilidad y, por tanto, una necesidad. En la actualidad, buscamos alternativas desde una perspectiva totalmente posmoderna, considerando que una amalgama de posibilidades en las zonas resistentes al dominio mundial total serán las que se unan para hacer frente a la embestida salvaje de un capitalismo decadente y permitirá hacer crecer en su seno, poco a poco, un sistema nuevo, no definido a priori en sus términos esenciales y más bien sincrético entre las diferencias de las que surgió. Demasiadas posibilidades abiertas para no oprimirnos por un concepto más o menos cerrado de socialismo y, de ahí, una unidad imposible. 

Mientras tanto, el capitalismo no habla de alternativas. El sistema de propiedad en el que se basa, con apropiación de los recursos necesarios para la vida, no es para el capitalista una posibilidad entre muchas sino un sistema “natural” que ha tenido alternativas únicamente según su diferentes manifestaciones históricas, aunque manteniendo su esencia en todas ellas. Es decir, que ha admitido exclusivamente las diferencias propias de su propia evolución y decadencia, cosa que los capitalistas de rostro humano -autodenominados “izquierda” en muchos casos- no quieren darse por enterados. Este tipo de propiedad supone un detrimento claro en la realización plena del que no la posee y, por tanto, en relación a ello, la izquierda internacionalista reivindicó su abolición puesto que suponía una opresión, directa o indirecta, sobre la vida de los demás. Desde el punto de vista del antiimperialismo, la propiedad privada de los medios necesarios para la vida podría considerarse como un determinado tipo de relación entre el poder de los propietarios y los trabajadores que se refleja en la relación de dominación entre países. Esto quiere decir que el imperialismo hunde sus raíces en la colonización del trabajo, ya sea en el interior o en el exterior del país en cuestión. Dicha colonización ha sido llevada a cabo por la propiedad y convierte al trabajador en una variable dependiente del capital, el cual se convierte en variable independiente en torno a la que sobrevivimos compitiendo, tal y como nos ha enseñado el sistema. Se trataría, por tanto, de una extorsión y de un chantaje que se perpetúa gracias a todos los ingredientes ideológicos de legitimación. Y, por cierto, ¿es posible un replanteamiento de la legitimidad sin presupuestos filosóficos? Mientras huyamos de ello, el capitalismo continuará tomando decisiones en nuestro lugar. 

Por supuesto que el antiimperialismo requiere de una adaptación a las situaciones históricas y económicas en las que se desenvuelve y, en consecuencia, el establecimiento de estrategias concretas. No obstante, debería darse cuenta de que, a pesar de que recurre una y otra vez a la teoría económica y política de Marx, ésta se fundamenta en unas categorías implícitas que la trascienden y que, por tanto, es necesario actualizar lo que constituyó únicamente una reflexión embrionaria. Esto sería posible por medio de nuevos conceptos que superen las limitaciones anteriores. En concreto, un internacionalismo vertebrado a través de un concepto de fraternidad que nos corresponde llenar de contenido en el terreno económico o social y que excluya, sin lugar a dudas, la solidaridad propia de la buena conciencia de los fuertes sobre los débiles. 


Encarnación Almansa, miembro de Aletheia y del Frente Aintiimperialista e Internacionalista.

jueves, 26 de abril de 2018

INTRODUCCIÓN A LA MESA REDONDA "CAUSAS DEL ESTANCAMIENTO DE LA IZQUIERDA Y PROPUESTAS PARA SU SUPERACIÓN"


 

El pasado día 13 de abril tuvo lugar la mesa redonda organizada por la Asociación Aletheia e IU de Códoba-distrito centro con el título "Causas del actual estancamiento de la izquierda y propuestas para su solución". Reproducimos a continuación la introducción de Rosa Mª Almansa, representante de Aletheia en esta mesa:



"Se nos ha invitado aquí para reflexionar y debatir conjuntamente acerca de las causas del declive actual de la izquierda y sus posibilidades de superación. Nuestra postura es que la principal causa de dicho se produce porque ésta ha olvidado su propio proyecto, que no era otro que crear una nueva sociedad. No mejorar esta, insistimos, sino crear una nueva sociedad. Sin embargo, se da la paradoja de que la clase social que construyó, en sus grandes líneas maestras, este régimen en el cual hoy vivimos instalados, esto es, el de la Revolución Francesa de 1789, el de la burguesía, no cree ya en su propio proyecto político: lo utiliza, le sirve de legitimación, cubre con él las apariencias, sus vergüenzas, pero ya está.
Sin embargo, la izquierda en general sigue creyendo en este régimen político del 89 (¡de 1789!): cree que es válido si se le proporciona un adecuado contenido social. Y ese es el objetivo general de la izquierda. Dotar de contenido social, con el fruto de las luchas de clases habidas desde 1789 hasta hoy, un régimen político que nació de la mano de la burguesía y, por tanto, por y para la burguesía. Pero se trata de un sistema que no solo nace unido a una concepción muy determinada de la persona -la persona como individuo abstracto o aislado, esto es, desligada de los lazos sociales que le conforman como tal persona-, sino que, como todo sistema político, no es independiente a una determinada economía. En este caso, el sistema político democrático nacía inextricablemente unido a una forma de economía vinculada a una forma de propiedad donde una parte posee lo necesario para la vida de todos los demás. Es verdad que esto no era nuevo; que solo había hecho, entonces, tomar nuevas formas, si cabe, más descarnadas en muchos aspectos que las anteriores. Pero en esto consistía -y sigue consistiendo- el poder efectivo de una sociedad; y este es el poder real que el Estado continúa velando para que se mantenga. Por tanto, al parecer, somos todos nosotros muy conservadores: mantenemos un sistema político vinculado a uno económico que es, en aspectos esenciales, igual desde hace 5.000 años. Parece que hemos dado por sentado que esto no se puede o no se debe cambiar. De esto ya, ni siquiera, hablamos.
No vamos a negar se que hayan realizado progresos desde entonces, desde la Revolución Francesa, pero no nos engañemos: esos no son méritos atribuibles a la burguesía como clase fundadora de esta etapa, ni a su sistema político; son aspiraciones que nos pertenecen en tanto que seres humanos, y que, por tanto, podemos encontrar en sociedades muy distintas. Y son, además, logros y conquistas que, las más de las veces, se han realizado a pesar de la propia burguesía, cuyas reales aspiraciones de igualdad fueron, salvo unas pocas excepciones, limitadas. Hay, pues, quién lo duda, aspectos universales, y por tanto aprovechables, en el régimen democrático. Pero no debemos caer en el error de atribuirlas al propio régimen político, sino al desarrollo de nuestra propia humanidad. Recordemos, a este respecto, que Platón, ya en la antigüedad, reivindicó en algunos aspectos la igualdad de la mujer. Aspiraciones de igualdad se han dado en grupos disidentes desde siempre. En cambio, hasta 1971 la mujer no tuvo en Suiza derecho al voto, cuando, sin embargo, sí lo adquirió ya en la República Democrática de Azerbaiyán en 1918. ¡Qué paradojas!
Ahora mismo queda claro que las llamadas reglas de juego democráticas se utilizan, y si hacen falta regresiones, se hacen. Y esto no está ocurriendo solo en España. Se está haciendo en todo el mundo, porque las actuales reglas políticas ya no les sirven, y no les sirven porque su economía no funciona. Nos encontramos, pues, con unas fuerzas políticas que pertenecen cada vez más al pasado: formas de expresión política, de opresión política, que no nos resultan ya tan “postmodernas”. Que huelen cada vez más a rancio.
No podemos, sin embargo, pensar que el problema consiste en que los que están al frente del poder político o económico no son lo suficientemente honrados; esto es, que basta más honradez para que las cosas funcionen como deben funcionar. Además, existe una idea, muy extendida entre la izquierda, de que los únicos responsables de la actual situación es una élite financiero-bancaria. Ella sería, junto con una “casta” política, también reducida, la responsable de todos los desastres que padecemos. Sin embargo, puede afirmarse que todo aquel que posee un determinado nivel de bienes que es necesario para la vida de los otros es ya parte del sistema. Y estos son unos cuantos, sí: unos cuantos millones, que están interesados, de una u otra manera, en el mantenimiento del sistema. Richard V. Reeves, en un artículo publicado en Le Monde Diplomatique de octubre de 2017 titulado «Clase sin riesgos» afirmaba que «Con frecuencia, los detractores más vehementes del pequeño club encaramado a la cumbre de la pirámide pertenecen a las clases sociales más próximas a este: más de una tercera parte de los manifestantes que acudieron el 1 de mayo de 2012 al llamamiento del movimiento Occupy Wall Street disponía de unos ingresos anuales superiores a 100 000 dólares.» No seamos, pues, ingenuos: no se trata de cuatro sinvergüenzas. Si así fuera, no existirían tantas resistencias al cambio.
Estamos, pues, lidiando con -y también sustentando- toda una clase social que ya no cree en su propio sistema: es por ello que, cuando hace falta, se alía con quien sea. Salvador Allende, en Chile, quiso respetar las reglas del juego. ¿Qué le pasó? Que lo echaron, a pesar de que fue impecable: escrupuloso con las reglas de juego del sistema. Porque esas reglas de juego no pueden cambiarse, no nos engañemos, desde dentro del sistema mismo, utilizando esas mismas reglas: están indefectiblemente trucadas. El historiador británico Mark Curtis lo ha mostrado recientemente en un libro en el que pone al descubierto la total connivencia del gobierno y los empresarios británicos con la sangrienta Junta Militar chilena que aplastó el gobierno elegido democráticamente de Allende. El cinismo que muestran es tal que todavía nos pone los pelos de punta. El ministro británico de asuntos exteriores entonces dijo, por ejemplo: “Para los intereses británicos … no hay duda de que Chile bajo las órdenes de la Junta ofrece mejores perspectivas que el caótico camino de Allende hacia el socialismo; nuestras inversiones deberían mejorar, nuestros préstamos se podrán reprogramar satisfactoriamente y los créditos a la exportación se podrán retomar más adelante, y el estratosférico precio del cobre (importante para nosotros) debería caer cuando se restablezca la producción chilena”. «Todo esto se hizo en un contexto en el que los estrategas británicos reconocían inequívocamente que “la tortura continúa en Chile” y que “los nuevos líderes al parecer tienen tendencias cuasi fascistas”.» Y ellos mismos concluían que una de las desventajas del éxito del golpe militar iba a ser que se desconfiaría de las vías democráticas para lograr un cambio social en Latinoamérica. Sin embargo, a pesar de sus propias confesiones, nosotros seguimos ciegamente confiando en sus propias reglas de juego.
Más ejemplos: Ya en 1823, la propia Inglaterra ayudó a financiar a los Cien Mil Hijos de San Luis para acabar con una experiencia liberal en España y restablecer el absolutismo, que entonces le era más propicio. Gran Bretaña, como Holanda, Bélgica o Francia han sido sostén de imperios coloniales donde nunca se concibió conceder derechos democráticos a las naciones sometidas. Mucho más adelante, los países democráticos contribuyeron a sostener el régimen del apartheid en Sudáfrica, y solo cuando cayó el “otro régimen”, a partir de 1989, y ya que habían disminuido significativamente los riesgos de verdadero cambio social, se empezó a negociar el cambio de sistema, esta vez creando una elite negra privilegiada y enriquecida que ayudara a mantener un sistema crónico de desigualdades. Estados Unidos, paradigma del régimen democrático occidental, ha contribuido a mantener e imponer más dictaduras y sistemas corruptos y sanguinarios que ningún otro país de la historia. ¿Por qué no vinculamos un sistema político con los resultados que produce?
Y aquí aparece a su vez otra paradoja: quien más ha negado la existencia de formas sociales eternas, que no ha sido otra que la izquierda, es la que más ha afirmado como eternas, precisamente, las formas políticas nacidas en 1789. Si tanto decimos que todo cambia, ¿por qué afirmamos que un determinado orden político es válido para todos los cambios? En otras palabras: nos hemos vuelto conservadores, y parece que todo es relativo menos lo que nos interesa.
Podemos afirmar, por tanto, que la izquierda hoy no tiene proyecto propio, sino que ha tomado el de la burguesía; porque su proyecto social no hace mucho era bien diferente: el referente de transformación no era el individuo abstracto, sino el trabajador y el Trabajo mismo. Un trabajador que debe ser, además, el máximo exponente de la realización en el trabajo: esto es, no nos vale cualquier trabajo. Nos falta, pues, el proyecto político propio de la sociedad del trabajo libre y creador. Ese debe ser nuestro propio proyecto político. Parece que hemos renunciado a él porque esta economía produce mucho, dejándonos, así, limitar por una economía que produce guerras. Efectivamente, vivimos en una economía de guerra permanente, que no ha hecho sino producirlas desde su creación, incluyendo las dos grandes guerras mundiales, que fueron hijas suyas.
Si el modelo de la izquierda actual supone hacer más justicia social dentro del modelo político del régimen del 89 y del modelo económico que le es propio, es que le falta su propio modelo social. Corremos el peligro de querer vivificar una momia, y hemos olvidado, además, que Estado del bienestar que tanto defendemos no fue sino el resultado de un pacto interclasista que nace de la crisis del 29, de la II Guerra Mundial y de la amenaza del comunismo. Desde el momento en que la alternativa al capitalismo se debilitó, a partir de los años 70, el Estado del bienestar empezó a aparecer como un estorbo sobre todo para la clase propietaria, y empezó a denunciarse porque significaba detraer recursos para la inversión.
Así pue, desde que nació el sistema político democrático estamos viendo su subordinación a la economía: no se trata, pues, de un rasgo característico propio de la etapa neoliberal, sino del sistema capitalísitico-democrático mismo. En un determinado momento de su historia, al capitalismo le viene, como anillo al dedo, unas formas políticas democráticas, y la economía capitalista las ha venido utilizando desde hace al menos dos siglos como su mejor forma de legitimación. Sin embargo, cuando no ha interesado, no se han exportado esas formas políticas, sino solo las económicas, porque siempre, a corto y a medio plazo, las formas políticas están al servicio de las económicas. Por eso lo que hemos venido llamando el “mundo libre”, que anda siempre rasgándose las vestiduras, apoya, por ejemplo, la dictadura de Al Sisi en Egipto, o ha financiado y continúa financiando al yihadismo -en Afganistán, en Libia, en Siria…-. Hemos destruidos regímenes laicos (supuestamente más cercanos a nuestra sensibilidad democrática), siempre que nos ha hecho falta. Y por ello también toda América Latina, durante décadas, ha sido frustrada en el desarrollo de su organización política, porque se trata de un sistema de intereses económicos de clase, vinculados a los políticos. Y todo esto no ha sido gracias únicamente de cuatro políticos: sino a una base social muy amplia, con mucho poder, interesada en que esto sea así. Convendría no olvidarlo si no queremos caer en un populismo fácil que se ponga una venda en los ojos ante los “intereses reales” de mucha gente. Con ello seguiremos posponiendo nuestro proyecto real: la construcción de una sociedad nueva, sin privilegios, sin clases, en la que no tenga que mendigarse por lo que es nuestro en tanto que seres humanos: el trabajo que nos corresponde para construir un mundo que, verdaderamente, nos pertenezca.
Pasamos ahora a las preguntas elaboradas para el debate:
·         ¿Qué es para nosotros la izquierda?
La izquierda es un planteamiento de la política desde la erradicación del privilegio. Es también la defensa de la idea de que no podemos competir por aquello que nos corresponde, que es nuestro en tanto que seres humanos, como el trabajo.
El trabajo tiene su propia racionalidad, porque la vida misma es un trabajar. Pero tenemos que ejercitar un trabajo que de verdad nos sea propio, que no entre en contradicción ni con nosotros mismos ni con el resto de la vida: no un trabajar para otros.
En economía, la izquierda es la que salva la brecha -que parece hoy insalvable- entre la economía de la empresa y la macroeconomía. Hoy la macroeconomía aparece parcializada, falta de integración, por la primacía de los intereses privados.
·         ¿Existe la izquierda?
No, mientras que no se forje realmente una sociedad nueva. Lo que hoy existe es el proyecto político de 1789, asumiendo algunos elementos logrados por las luchas de clases posteriores a esta fecha. Pero se trata de un proyecto político que nos agota, porque no es capaz de crear auténtica igualdad, ni de darnos verdadero poder, y que por tanto nos agota.
·         ¿Es útil el concepto de izquierda hoy?
Si lo que queremos es referirnos en relación (y en contra) de los intereses y valores del capital hoy, es muy útil.
·   ¿Hemos tomado miedo a determinadas palabras como “pueblo”, “clase” o “lucha de clases”?
Sí, en el mejor de los casos se han transformado en términos eufemísticos o encubridores de la existencia de las clases y sus intereses antagónicos, al reducir a las clases a grupos reducidos que mueven hilos de poder económico y político. Es el sentido de términos reintroducidos recientemente en la política, como “elites” y “castas”.
·         ¿Existen los partidos de izquierdas hoy?
Los partidos de derecha responden bastante más al nombre que llevan que los partidos de izquierda, de los que casi siempre nos quejamos porque suelen renegar de sus principios.
·         ¿Son útiles?
Para el actual sistema, utilísimos.
·         ¿Cómo nos organizamos?
Para organizarse, hay que tener previamente unos fines comunes muy definidos. Son los valores y los fines los que dan la organización, y no al contrario. El pluralismo nace de la semilla; pero de un conjunto de semillas dispares no nace una organización común.
·         ¿Qué hacemos con las instituciones?
¿Se puede pasar desde estas instituciones a otras que sean propiamente las del pueblo trabajador? O dicho de otra manera: ¿nos dejan? Y si no nos dejan, ¿no hay que decirlo?
·         ¿Es conveniente una confluencia?
No necesitamos más confluencias para ganar votos y perderlos después. Como no haya confluencia de fines a largo plazo, las confluencias son inútiles."

sábado, 14 de abril de 2018

LA PLANIFICACIÓN COMO ECONOMÍA PROPIA DEL TRABAJO

El pasado 1 de marzo, dentro del ciclo de debates "Una mirada hacia la izquierda", organizado por Izquierda Unida Córdoba (Distrito Centro) y Aletheia, tuvo lugar el primero de estos encuentros con el título "Si el mercado es la economía del capital, ¿es la planificación la economía propia del trabajo?":



A continuación compartimos la introducción al debate a cargo de Francisco Almansa, filósofo y presidente de la Asociación Aletheia:


 

https://youtu.be/kynFEQJwMoY
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