miércoles, 23 de noviembre de 2022

EL LARGO DECLIVE DE LA IZQUIERDA: UN DIAGNÓSTICO

Transcribimos a continuación el artículo de Francisco Almansa, filósofo y Presidente de esta asociación, que aparece con el título "El largo declive hacia la izquierda: un diagnóstico" en la revista Canarias semanal en el siguiente enlace: https://canarias-semanal.org/art/33527/el-largo-declive-de-la-izquierda-un-diagnostico


Hace tiempo que, en diversos foros y encuentros, debatimos y tratamos de reflexionar acerca de los orígenes y circunstancias del declive actual de la izquierda, así como sobre sus posibilidades de superación. Nuestra postura es que la principal causa de su actual estancamiento es que ha olvidado su propio proyecto, que no era otro que crear una nueva sociedad. No mejorar esta: crear una nueva sociedad. Sin embargo, se da la paradoja de que la clase social que construyó, en sus grandes líneas maestras, este régimen en el cual hoy vivimos instalados, que no es otro que el de 1789 —esto es, el de la Revolución Francesa, el de la burguesía—, no cree ya en su propio proyecto político: lo utiliza, le sirve de legitimación, cubre con él las apariencias, sus vergüenzas, pero ya está. 

   Sin embargo, la izquierda en general sigue creyendo en este régimen político del 89 (¡de 1789!): cree que es válido si se le proporciona un adecuado contenido social. Y ese es el objetivo general de la izquierda. Dotar de contenido social, con el fruto de las luchas de clases habidas desde 1789 hasta hoy, un régimen político que nació de la mano de la burguesía, fundamentalmente por y para la burguesía. Es un sistema político que no solo nace unido a una concepción muy determinada de la persona: la persona como individuo abstracto o aislado, esto es, desligada de los lazos sociales que le conforman como tal persona; sino que, como todo sistema político, no es independiente de una determinada economía. En este caso, el sistema político democrático nacía inextricablemente unido a una forma de economía vinculada a una forma de propiedad donde una parte posee lo necesario para la vida de todos los demás. Es verdad que esto no era nuevo, que solo había hecho, entonces, tomar nuevas formas, si cabe, más descarnadas en muchos aspectos que las anteriores. Pero en esto consistía —y sigue consistiendo— el poder efectivo de una sociedad; y este es el poder real que el Estado continúa velando para que se mantenga. En esto, al parecer, somos todos nosotros muy conservadores: mantenemos un sistema político vinculado a uno económico que es, en aspectos esenciales, igual desde hace 5.000 años. Parece que hemos dado por sentado que esto no se puede o no se debe cambiar. De esto ya ni siquiera se puede hablar.

    No vamos a negar que se han realizado progresos desde la Revolución Francesa, pero no nos engañemos: esos no son méritos atribuibles a la burguesía, ni a su sistema político; son aspiraciones que nos pertenecen en tanto que seres humanos, y que, por tanto, podemos encontrar en sociedades muy distintas. Y son, además, logros y conquistas que, las más de las veces, se han realizado a pesar de la propia burguesía, cuyas reales aspiraciones de igualdad fueron, salvo unas pocas excepciones, limitadas. Hay, pues, quién lo duda, aspectos universales, y por tanto aprovechables, en el régimen democrático. Pero no debemos caer en el error de atribuirlas al propio régimen político, sino al desarrollo de nuestra propia humanidad. Recordemos, a este respecto, que Platón, ya en la antigüedad, reivindicó en algunos aspectos la igualdad de la mujer. Aspiraciones de igualdad se han dado en grupos disidentes desde siempre. Recordemos, en cambio, que hasta 1971 las mujeres no tuvieron en Suiza derecho al voto, cuando, sin embargo, sí lo adquirieron ya en la República Democrática de Azerbaiyán en 1918. ¡Qué paradojas!

    Ahora mismo queda claro que las llamadas reglas de juego democráticas se utilizan, y si hacen falta regresiones, se hacen. Y esto no está ocurriendo solo en España. Se está haciendo en todo el mundo, porque las actuales reglas políticas ya no les sirven, y no les sirven porque su economía no funciona. Nos encontramos, pues, con unas fuerzas políticas que pertenecen cada vez más al pasado: formas de expresión política, de opresión política, que no nos resultan ya tan posmodernas”. Que huelen cada vez más a rancio.


    No debemos pensar, sin embargo, que el problema consiste en que los que están al frente del poder político o económico no son lo suficientemente honrados; esto es, que basta más honradez para que las cosas funcionen como deben funcionar. Además, existe una idea, muy extendida entre la izquierda, de que la única responsable de la actual situación es una élite financiero-bancaria. Ella sería, junto con una “casta” política, también reducida, la responsable de todos los desastres que padecemos. Sin embargo, puede afirmarse que todo aquel que posee un determinado nivel de bienes que es necesario para la vida de los otros es ya parte del sistema. Y estos son unos cuantos, sí: unos cuantos millones, que están interesados, de una u otra manera, en el mantenimiento del sistema. En un artículo sobre la influencia de la clase media alta en la vida política estadounidense, Richard V. Reeves afirmaba que «con frecuencia, los detractores más vehementes del pequeño club encaramado a la cumbre de la pirámide pertenecen a las clases sociales más próximas a este: más de una tercera parte de los manifestantes que acudieron el 1 de mayo de 2012 al llamamiento del movimiento Occupy Wall Street disponía de unos ingresos anuales superiores a 100 000 dólares.» No seamos, pues, ingenuos: no se trata de “cuatro sinvergüenzas”. Si así fuera, no existirían tantas resistencias al cambio. 

    Estamos, pues, lidiando —y también sustentando— con toda una clase social que ya no cree en su propio sistema. Es por ello que, cuando hace falta, se alía con quien sea. En Chile, Salvador Allende quiso respetar las reglas del juego. ¿Qué le pasó? Que lo echaron, a pesar de que fue impecable: escrupuloso con las reglas de juego del sistema. Porque esas reglas de juego no pueden cambiarse, no nos engañemos, desde dentro del sistema mismo, utilizando esas mismas reglas: están indefectiblemente trucadas. El historiador británico Mark Curtis lo ha mostrado en un libro en el que pone al descubierto la total connivencia del gobierno y los empresarios británicos con la sangrienta Junta Militar chilena que aplastó el gobierno de Unidad Popular elegido democráticamente. El cinismo que muestran es tal que todavía nos pone los pelos de punta. El entonces ministro británico de asuntos exteriores afirmó, por ejemplo:

   «“Para los intereses británicos [...] no hay duda de que Chile bajo las órdenes de la Junta ofrece mejores perspectivas que el caótico camino de Allende hacia el socialismo; nuestras inversiones deberían mejorar, nuestros préstamos se podrán reprogramar satisfactoriamente y los créditos a la exportación se podrán retomar más adelante, y el estratosférico precio del cobre (importante para nosotros) debería caer cuando se restablezca la producción chilena”.»

     Y continúa el autor: «Todo esto se hizo en un contexto en el que los estrategas británicos reconocían inequívocamente que “la tortura continúa en Chile” y que “los nuevos líderes al parecer tienen tendencias cuasi fascistas”.» Y ellos mismos concluían que una de las desventajas del éxito del golpe militar iba a ser que se desconfiaría de las vías democráticas para lograr un cambio social en Latinoamérica. Sin embargo, a pesar de sus propias confesiones, nosotros seguimos ciegamente confiando en sus propias reglas de juego.

   Más ejemplos: Ya en 1823, la propia Inglaterra ayudó a financiar a los Cien Mil Hijos de San Luis para acabar con una experiencia liberal en España y restablecer el absolutismo, que entonces le era más propicio. Gran Bretaña, como Holanda, Bélgica o Francia han sido sostenes de imperios coloniales donde nunca se concibió conceder derechos democráticos a las naciones sometidas. Mucho más adelante, los países democráticos contribuyeron a sostener el régimen del apartheid en Sudáfrica, y solo cuando cayó el “otro régimen”, a partir de 1989, y ya que habían disminuido significativamente los riesgos de verdadero cambio social, se empezó a negociar el cambio de sistema, esta vez creando una elite negra privilegiada y enriquecida que ayudara a mantener un sistema crónico de desigualdades. Estados Unidos, paradigma del régimen democrático occidental, ha contribuido a mantener e imponer más dictaduras y sistemas corruptos y sanguinarios que ningún otro país de la historia. ¿Por qué no vinculamos un sistema político con los resultados que produce?

    Y aquí aparece a su vez otra paradoja: quien más ha negado la existencia de formas sociales eternas, que no ha sido otra que la izquierda, es la que más ha afirmado como eternas, precisamente, las formas políticas nacidas en 1789. Si tanto decimos que todo cambia, ¿por qué afirmamos que un determinado orden político es válido para todos los cambios? En otras palabras: nos hemos vuelto conservadores, y parece que todo es relativo menos lo que nos interesa. 

    Podemos afirmar, por tanto, que la izquierda hoy no tiene proyecto propio, sino que ha tomado el de la burguesía; porque su proyecto social no hace mucho era bien diferente: el referente de transformación no era el individuo abstracto, sino los trabajadores y trabajadoras y el Trabajo mismo. Un trabajador colectivo que debe ser, además, el máximo exponente de la realización en el trabajo: esto es, no nos vale cualquier trabajo. Nos falta, pues, el proyecto político propio de la sociedad del trabajo libre y creador. Ese debe ser nuestro propio proyecto político. Parece que hemos renunciado a él porque esta economía produce mucho, dejándonos, así, limitar por una economía que produce guerras. Efectivamente, vivimos en una economía de guerra permanente, que no ha hecho sino producirlas desde su creación, incluyendo las dos grandes guerras mundiales, que fueron hijas suyas. 

   Si el modelo de la izquierda actual supone hacer más justicia social dentro del modelo político del régimen del 89 y del modelo económico que le es propio, es que le falta su propio modelo social. Corremos el peligro de querer vivificar una momia, y hemos olvidado, además, que Estado del bienestar que tanto defendemos no fue sino el resultado de un pacto interclasista que nace de la crisis del 29, de la Segunda Guerra Mundial y de la amenaza del comunismo. Desde el momento en que la alternativa al capitalismo se debilitó, a partir de los años 70, el Estado del bienestar empezó a aparecer como un estorbo sobre todo para la clase propietaria, y empezó a denunciarse porque significaba detraer recursos para la inversión.

   Así pues, desde que nació el sistema político democrático estamos viendo su subordinación a la economía: no se trata, pues, de un rasgo característico propio de la etapa neoliberal, sino del sistema capitalístico-democrático mismo. En un determinado momento de su historia, al capitalismo le vienen, como anillo al dedo, unas formas políticas democráticas, y la economía capitalista las ha venido utilizando desde hace al menos dos siglos como su mejor forma de legitimación. Sin embargo, cuando no ha interesado, no se han exportado esas formas políticas, sino solo las económicas, porque siempre, a corto y a medio plazo, las formas políticas están al servicio de las económicas. Por eso lo que hemos venido llamando el “mundo libre”, que anda siempre rasgándose las vestiduras, apoya, por ejemplo, la dictadura de Al-Sisi en Egipto, o ha financiado y continúa financiando al yihadismo —en Afganistán, en Libia, en Siria…—. Hemos destruidos regímenes laicos (supuestamente más cercanos a nuestra sensibilidad democrática), siempre que nos ha hecho falta. Y por ello también toda América Latina, durante décadas, ha sido frustrada en el desarrollo de su organización política, porque se trata de un sistema de intereses económicos de clase, vinculados a los políticos. Y todo esto no ha sido gracias únicamente a cuatro políticos: sino a una base social muy amplia, con mucho poder, interesada en que esto sea así. Convendría no olvidarlo si no queremos caer en un populismo fácil que se ponga una venda en los ojos ante los “intereses reales” de mucha gente. Con ello seguiremos posponiendo nuestro proyecto real: la construcción de una sociedad nueva, sin privilegios, sin clases, en la que no tenga que mendigarse por lo que es nuestro en tanto que seres humanos: el trabajo que nos corresponde para construir un mundo que, verdaderamente, nos pertenezca.



miércoles, 13 de julio de 2022

LA "IZQUIERDA" POSMODERNA Y EL NUEVO CONCEPTO ESTRATÉGICO DE LA OTAN

A continuación reproducimos el artículo de Encarnación Almansa publicado por Canarias Semanal en el siguiente enlace: https://canarias-semanal.org/art/32962/la-izquierda-postmoderna-y-el-nuevo-concepto-estrategico-de-la-otan

Desde los años 70 del siglo XX, una de las principales consignas en Europa y EEUU dentro de los círculos de la izquierda fue la de la eliminación de las definiciones como elementos descriptivos de la esencia de las cosas o los fenómenos, tanto materiales como de carácter intelectual, espiritual o científico. El predominio de las corrientes posmodernas en las universidades y en la intelectualidad progresista tuvo como consecuencia la relativización de los valores, la historia o, en definitiva, todo aquello que se consideraba como verdadero. La historia se convirtió en un relato, la justicia en una convención, la psicología en comportamiento reactivo, la espiritualidad en una elección limitada al ámbito privado, etc. 




Como viene sucediendo a lo largo de nuestro cambiante mundo occidental, la población más alejada de los movimientos intelectuales (lo que se ha denominado clase trabajadora desde el marxismo) ha ido impregnándose de estos elementos ideológicos sin tomar conciencia de ello, sin darse cuenta de que iba asimilando axiomas posmodernos (porque el posmodernismo también tiene axiomas, aunque repudie lo incuestionable) tales como la idea de que la utopía es solo un horizonte o que los derechos humanos son el resultado de un consenso. No obstante, la falta de criterio filosófico impedía la percepción de la evidente contradicción de que, simultáneamente, se establecían principios irrenunciables y completamente alejados del relativismo: la igualdad entre razas y entre el hombre y la mujer, el derecho a la participación en la política de todas las clases sociales, el rechazo a los denominados totalitarismos, la lucha contra la violencia machista, el respeto a la naturaleza, etc.

 Finalmente, como máxima expresión de esta asunción inconsciente de los principios posmodernos, entre todos los géneros, razas, clases o corrientes políticas se instaló un axioma -o verdad absoluta- que se ha extendido como tópico vestido de sabiduría a través de la sentencia de que “todo es relativo”. Por supuesto sin el más mínimo cuestionamiento de lo que significa y de lo que implica, así como de que nunca lo ponemos en práctica con todas sus consecuencias. Con ello, la izquierda occidental destruyó piedra a piedra todas sus murallas defensivas repudiando la defensa de los grandes valores propiamente humanos y la construcción de un mundo acorde con los mismos. La más mínima definición de una nueva sociedad diferente a la capitalista fue considerada como sospechosa de totalitaria o, como mucho, quedó limitada a la vuelta a un pasado idealizado (el pasado reciente del Estado del Bienestar en los EEUU y Europa o el vinculado a las comunidades originarias de Latinoamérica o África). 

Mientras tanto, las élites capitalistas se frotaban las manos contemplando cómo cualquier intento de transformación se disolvía en el mundo líquido, entre interminables discusiones que nada tenían que envidiar a las de la escolástica. Puesto que no hay nada definitivo, la reivindicación de justicia se transformó en la aplicación de las justicias (nacionales o internacionales), la praxis revolucionaria en participación asamblearia de barrio, el establecimiento de una calidad de vida universal e igualitaria en reivindicaciones culturales.

El dominio ideológico del posmodernismo ha tenido como consecuencia, además, la inclusión del individualismo burgués en todos los antiguos conceptos propios de la izquierda revolucionaria. Como consecuencia, la fraternidad se ha eliminado de su discurso, de tal manera que la soberanía se ha convertido en la capacidad de un país de competir con los demás sin injerencias externas y en la reivindicación de las fronteras políticas, la lucha de clases en la posibilidad de ascender socialmente, la revolución en la creación de una clase media con capacidad de consumo como paso imprescindible al socialismo, el internacionalismo en la protesta únicamente por el peligro que nos supone la presencia de bases en territorio nacional. Ahora, como último giro de guion, los autoproclamados legítimos representantes de esta corriente convierten la seguridad en militarismo, alegando como único inconveniente cuestiones puramente presupuestarias. 

En definitiva, a la vez que la izquierda ha repudiado cualquier concepto, hemos venido viviendo la inclusión en los movimientos progresistas, de forma cada vez más acelerada e incluso agresiva, de los conceptos que el capitalismo ha considerado más adecuados para su reproducción. Ya no solo aceptamos como parte de nuestro vocabulario más común “mercado laboral”, “salario mínimo'' o “capital humano”, sino que, como manifestación evidente de esta vergonzosa genuflexión al pensamiento capitalista, ahora incluimos el de guerra preventiva y concepto estratégico. 

Muchos de aquellos que enviaban a la hoguera a los que proponían la delimitación de un concepto para avanzar hacia una praxis transformadora, ahora aplauden el nuevo lema. Mientras, la izquierda se mantiene en su círculo vicioso de puntuales protestas y rabietas de impotencia, aunque sin ofrecer la necesaria ofensiva que necesitan las bases para ilusionarse e implicarse en un proyecto político transformador y superador. De forma similar a como un pensamiento obsesivo y destructivo mantiene en la inacción a la víctima de una neurosis o un complejo de culpa, cualquier proposición constructiva se enfrenta a la acusación de utópica, idealista o totalitaria, así como al imperativo de que la única solución es salir a la calle a protestar y exigir. Pero el exigir a las élites las legitima como tales, y así nos va. 

Por tanto, es necesario tomar conciencia de que la solución no pasa por un frente en el que se sume de tal manera que cada cual mantenga su bandera y su exigencia particular, unificada con el fin de aunar el voto, sino por la elaboración de un programa común de oposición frontal que se apoye en los valores universales humanos y naturales, extrayendo de ellos una praxis consecuente con los mismos y rechazando de pleno los compromisos electoralistas. Es lo que ansiamos los que nos mantenemos observadores, expectantes y deseosos de un discurso sin miedo a los conceptos claros.

lunes, 14 de marzo de 2022

CONFERENCIA SOBRE ECONOMÍA MARXISTA, PLANIFICACIÓN Y MERCADO

El pasado día 21 de febrero tuvo lugar la conferencia sobre Economía marxista, planificación y mercado, dentro del Seminario permanente para la creación del comunismo que organiza la asociación Internacionalistas Córdoba en el Círculo Cultural Juan 23 de Córdoba. La presentación estuvo a cargo de Francisco Almansa, filósofo e investigador de la economía, la presentación de la cual ofrecemos aquí:

lunes, 21 de febrero de 2022

Charla debate sobre Internacionalismo

El pasado día 20 de enero tuvo lugar el acto de presentación de Internacionalistas Córdoba en el Círculo Cultural Juan 23 de Córdoba. La presentación estuvo a cargo de Francisco Almansa, filósofo, la presentación de la cual ofrecemos aquí:

domingo, 6 de febrero de 2022

UCRANIA Y EL MUNDO MULTIPOLAR


Reproducimos a continuación el artículo de Encarnación Almansa publicado en la revista Paradigma el 2 de febrero de 2022 en relación a la actual crisis Ucraniana (https://paradigmamedia.org/la-crisis-ucraniana-y-el-mundo-multipolar/).


El hecho de que los complejos acontecimientos que vienen sucediéndose en torno a una posible guerra en Ucrania se resuman, como de hecho está sucediendo, en la voluntad de un Putin psicópata, es una prueba más de cómo se trata de mantener a la población en general en estado de perenne infantilismo. Algunos de los políticos occidentales han participado activamente en esta simplificación insultante de los hechos (véanse las declaraciones de Biden acerca de que la guerra depende del estado de ánimo o del lado de la cama del que se levante el presidente ruso), a lo cual se han sumado descaradamente, una vez más, los medios de comunicación de masas. De la misma manera que antaño el problema era Sadam Hussein, Gadafi o Al Assad, la anulación de cualquier elemento económico como causa de los conflictos armados en los que nos vemos involucrados pasa por la creación de un malvado villano que mantiene sometida a una población paralizada o ignorante. No sería de extrañar que la reiteración de guiones similares en las películas de Hollywood (y especialmente Marvel para el público joven) constituyera una herramienta más en la estrategia de ocultar las razones mínimamente influyentes en cualquier proceso político o militar y sustituirlas por una historia de malos y buenos en la que, por supuesto, siempre pertenecemos a los segundos y nos vemos obligados a contener o eliminar a los primeros. Así, de paso, podemos sentirnos parte de alguna gesta algo más épica que la de ganar un Mundial y olvidar la mediocridad en las que nos encasilla nuestro modo de vida.


Entrenamientos en Ucrania


Lo que está sucediendo entre Ucrania, la UE, EEUU y Rusia es de todo menos simple y, para poder analizarla, en primer lugar necesitaríamos algo más (y algo menos) de información que la que aparece en los principales titulares de este país. Pero, además, es fundamental una perspectiva histórica y el conocimiento del comportamiento del sistema en el que nos encontramos más allá de la mera yuxtaposición de acontecimientos. Es decir, una investigación partiendo de la totalidad para conocer los detalles de este conflicto en particular, y no una visión parcial de determinados hechos descontextualizados que permiten llegar a conclusiones tan banales como las ansias expansionistas de un solo individuo o país.


En primer lugar, por tanto, no podemos olvidar que vivimos en un sistema que, para sobrevivir, necesita expandirse. La rueda que muele desde hace siglos culturas, naturaleza, recursos, valores y seres humanos se llama capital, el cual tiene que reproducirse ampliadamente para seguir siendo lo que es. Su parálisis significa su muerte, y su crecimiento la muerte de todo lo que le rodea. La progresiva desmaterialización del dinero es uno de los detalles que nos ayudan a olvidar que lo que tenemos de más es gracias al expolio y que este viene llevándose a cabo a través de más o menos intermediarios a nuestras espaldas para que podamos consumir hasta la extenuación sin sentimientos de culpa.


La esencia del capitalismo es, precisamente, esta. Ya lo adelantaba la precursora del internacionalismo, Rosa de Luxemburg, cuando advertía que este sistema, una vez que hubiese capitalizado todo lo existente en los países en los que se desarrollase, necesitaría devorar y capitalizar todo aquello que permanecía en su periferia. La mayor de las veces lo ha conseguido mediante la guerra, pero su astucia es tal que incluso grandes adversarios han caído en sus garras sin prácticamente violencia, como fue el caso de la URSS. En la actualidad, el mercado domina todas las facetas imaginables de nuestra existencia en todos los puntos del globo. Pero la consecuencia, también advertida por los teóricos clásicos del imperialismo, es que cuando no le quedase nada en el exterior, el capitalismo tendrá que saciar su apetito entre sus mismos rivales internos. He aquí lo que se está denominando como “mundo multipolar”, con connotaciones positivas entre los enemigos históricos de la última superpotencia, localizada sobre el suelo expoliado a los indígenas americanos y consolidada con los recursos del mundo dolarizado.


Una de las principales argucias del capitalismo ha sido la de crear un modo de vida sustentado por una clase media que se ha convertido en el prototipo a imitar entre todos los habitantes de la Tierra. Dicha clase media, constituida como eslabón entre la clase poseedora de los medios y recursos necesarios para la vida y aquellos que se ven obligados a venderse sin condiciones para sobrevivir, es la encargada de neutralizar la insurgencia de estos últimos a través de la ilusión de la mejora de determinadas condiciones laborales. Hoy todo el orbe suspira por alcanzar el modo de vida de la clase media occidental. Incluso nosotros, miembros de la misma, llegamos a considerar que tienen derecho a ello. Como si fuera posible mantener este derroche una vez que se extienda a los antiguos países expoliados.


Lo cierto es que el resurgir de China, India (no olvidemos que durante siglos fueron grandes potencias) o de Rusia se cimenta en la creación y consolidación de este segmento social, clave en lo que se refiere a consumo. Y ello no hace sino incrementar la competencia para la acaparación de recursos exclusivamente en manos de EEUU desde la Segunda Guerra Mundial. Ignorar este elemento fundamental, es decir, no hablar de gas o de petróleo cuando tratamos sobre Ucrania es caer en la simplificación imperdonable a la que nos referíamos al principio.


A partir de estas premisas los acontecimientos pueden parecernos algo más coherentes. En primer lugar podemos comprobar cómo el gran beneficiado de una guerra en Europa sería EEUU, puesto que se convertiría en un proveedor esencial en el caso de que Rusia cortase el suministro de gas hacia occidente. De hecho, España ya depende en gran medida del gas estadounidense, incluso más que del argelino, a pesar de que su traslado encarece enormemente el precio final1. Imaginémonos el escenario en el caso de conflicto armado con el Este, teniendo en cuenta los actuales precios que ya va alcanzando la factura de la luz.


En segundo lugar, es de apreciar que la UE no se encuentra tan unida como parece en relación a la escalada ucraniana. Alemania ha bloqueado el envío de artillería al país supuestamente en riesgo de ser invadido2, sustituyéndolo por la entrega de 5.000 cascos que ha sido considerada bastante humillante por parte del gobierno ucraniano3. Este también manifestó su enojo frente a las declaraciones del Jefe de la Armada alemana (que tuvo que dimitir) en relación a la entrada de Ucrania en la OTAN y a la anexión rusa de Crimea en 20144. La discordancia alemana puede encontrarse relacionada con la retardada apertura del gaseoducto Nord Stream 2, nuevamente puesta en peligro por la actual crisis. Dicho gaseoducto permitiría el autoabastecimiento de este país y el suministro a parte de Europa, obviando el anterior paso natural por Ucrania, cuyo PIB depende en un porcentaje considerable (3,8%) de esta función de mediadora del gas. Asimismo, la construcción del Nord Stream 2 provocó una violenta oposición estadounidense desde el principio, llegando incluso a imponer sanciones a las empresas involucradas en el proyecto5.


El affair del gaseoducto en el Báltico y la respuesta por parte del gobierno germano en torno a la reivindicación de su independencia respecto a los intereses norteamericanos ha encontrado posteriores resonancias en la extrema derecha europea, que, por desgracia, parece convertirse en la protagonista cuando se trata de reclamar la soberanía del viejo continente. Marie Le Pen lo ha dejado bien claro6 cuando ha acusado a EEUU de instigar la crisis ucraniana y ha exigido que Europa defienda sus propios intereses. El presidente de Croacia también ha mostrado más coraje que algunos de los gobiernos socialdemócratas europeos declarando que retirará sus tropas de la OTAN si EEUU mantiene esta escalada de tensión. Pero la principal prueba de esta división podemos encontrarla en las reuniones que se están llevando a cabo por el denominado Cuarteto de Normandía, formado por Alemania, Francia, Ucrania y Rusia, del cual nacieron los acuerdos de Minsk con los que se pretendía poner fin a la guerra en el Donbass ucraniano, y ahora resucitado por el presidente galo. No olvidemos que Macron también ha manifestado en ocasiones su malestar con la política exterior norteamericana y que, recientemente, se han vivido momentos de gran tensión entre estos dos países a raíz del acuerdo firmado entre EEUU, Reino Unido y Australia para su expansión por el área indopacífica 7que relegaba el anterior rol poscolonial francés y que, además, implicó la cancelación de importantes compras de submarinos nucleares galos por parte de Camberra8.


Con esta perspectiva ya podemos afirmar que esta guerra sería (como no podía ser de otro modo) una guerra económica. El declive de la hegemonía estadounidense ha provocado cierto envalentonamiento en las antiguas potencias de la semiperiferia del imperio, entre las que se encuentran las europeas, y que se enfrentan a una anunciadísima escasez de materias primas y energía. A pesar de ello, los gobiernos no parecen atreverse a dar el paso definitivo hacia un ejército europeo, dada la dependencia total hacia la economía de los EEUU. No olvidemos tampoco que la OTAN ha nutrido su fuerza, precisamente, gracias a la cesión de la soberanía europea a sus bases, lo cual ha permitido la colocación de misiles norteamericanos en frontera occidental de Rusia, cuya retirada constituye una de las exigencias de Putin, y que sitúa a Europa, una vez más, en el centro del campo de batalla lejos de las mansiones de los capos de la Alianza Atlántica. En el “bando contrario” encontramos a la élite de países que hace poco se encontraban en la periferia del sistema y cuya unión (especialmente bajo el paraguas de una China convertida prácticamente en primera potencia mundial) permite llevar un pulso a la OTAN en su reclamación de una parte del pastel de un planeta que, en realidad, debería ser de toda la humanidad y no de una determinada clase social.


Por último, hemos de recordar que la creciente presencia rusa y china en África puede constituir un nuevo escenario de guerra, igualmente, por unos recursos cada vez más escasos. Y es en este contexto de creciente tensión entre potencias (capitalistas todas ellas, no lo olvidemos) donde decimos NO A LA GUERRA. Además de las irremediables pérdidas humanas en juego, consideramos que se trataría de una guerra que tendría como objetivo el adquirir medios necesarios, en la mayor parte de los casos, para el derroche de una clase adicta a un determinado modo de vida inviable y que condena a la mayor parte de la humanidad a abandonar la esperanza de tener un futuro propio.

1https://www.lainformacion.com/espana/eeuu-relega-argelia-primer-suministrador-gas-espana/6558784/

2https://www.defensa.com/otan-y-europa/alemania-bloquea-entrega-artilleria-ucrania

3https://www.abc.es/internacional/abci-ucrania-considera-decepcionante-entrega-5000-cascos-como-toda-ayuda-alemania-202201261946_noticia.html

4https://www.lavanguardia.com/internacional/20220123/8005817/jefe-marina-alemana-dimite-afirmar-rusia-piensa-invadir-ucrania.html

5https://www.newtral.es/suministro-gas-europa-conflicto-rusia-ucrania/20220121/

6https://actualidad.rt.com/actualidad/view/129863-le-pen-europa-eeuu-ucrania

7https://www.france24.com/es/francia/20210918-francia-embajador-australia-submarinos-acuerdo

8https://www.publico.es/internacional/pasado-eeuu-y-francia-venta-submarinos-australia-desata-inesperada-tension-internacional.html

sábado, 15 de enero de 2022

CHARLA COLOQUIO: INTERNACIONALISMO


Os invitamos a la charla coloquio que hemos organizado para el próximo jueves, día 20 de enero, a las 19:30, en la sede del Círculo Cultural Juan 23 de Córdoba (C/ La Palma 2), organizada por la asociación Internacionalistas de Córdoba, con el fin de profundizar en la idea del internacionalismo comunista. Pretende, a su vez, ser inicio de un ciclo de charlas-coloquio que permitan, mediante reflexiones en común, iluminar un nuevo camino para la construcción del comunismo.

Francisco Almansa es filósofo, conferenciante, editor del portal web Aletheia y escritor.

 

sábado, 22 de agosto de 2020

¿POR QUÉ HA RESURGIDO EL POPULISMO DE EXTREMA DERECHA?

Entrevista a Rosa María Almansa, profesora de Historia Contemporánea, por REDIB (Red Iberoamericana de Innovación y Conocimiento Científico), a raíz de su artículo:

El populismo de extrema derecha en los Estados Unidos de la era Trump: De la democracia “sin rostro” a la reacción identitaria

Acceso al artículo: https://revistaseug.ugr.es/index.php/acfs/article/view/7947 


lunes, 17 de febrero de 2020

IRÁN Y EL PUEBLO ESTADOUNIDENSE

Compartimos el siguiente artículo aparecido en la revista paradigmamedia.com en el siguiente enlace: https://paradigmamedia.org/la-voz-de-la-ciudadania-iran-y-el-pueblo-estadounidense/

Mucho se está conjeturando acerca del asesinato terrorista, por parte del gobierno de los EE.UU, del general iraní Soleimani, comandante de Quds -fuerza élite de la Guardia Revolucionaria- y una de las figuras con mayor liderazgo en la lucha contra el yihadismo en Iraq y Siria. Podemos encontrar, según numerosos artículos, indicios de colaboración israelí e, igualmente, evidencias de una presión por parte de este país para llevar a cabo el atentado. Igualmente, se vincula a una intención de debilitar una creciente influencia de Irán en todo el devastado Oriente Medio, con el fin de mantener el libre saqueo de sus recursos por parte de la potencia norteamericana y su más fiel aliado sionista. Asimismo, encontramos referencias a una amenaza frente al acercamiento entre Irán y China -llevado a cabo a través de recientes acuerdos comerciales sobre el crudo iraní y su traslado a través de la Ruta de la Seda que, poco a poco, va tejiendo el gigante asiático a lo largo de los cinco continentes-. Rusia tampoco queda al margen en este complicado entramado por su cercanía geográfica y sus comunes intereses económicos y geoestratégicos, de la misma manera que la UE -a pesar del aparente apoyo rotundo de París- no puede sino temer un enfrentamiento abierto entre EE.UU. e Irán que eleve el precio del crudo y dificulte todavía más los acuerdos comerciales que mantienen con los persas.
Todo este tablero de ajedrez nos proporciona, una vez más, un escenario que evidencia una situación en la que todos pueden ser aliados y, al mismo tiempo, enemigos; donde los frentes de lucha están totalmente diluidos y las alianzas se tienden en función del momento o del espacio geográfico. De hecho, el mismo Soleimani -nada sospechoso de ser amigo de los norteamericanos-se desplazaba incluso por territorio controlado por los EE.UU. hasta poco antes de su asesinato, a pesar de que el embargo y las sanciones a Irán, así como la estrategia militar estadounidense en Oriente Medio, dejan claro una política hostil hacia su país.
Aun así, y dentro de todo este espacio de conjeturas en la que nos encontramos, hemos podido escuchar una que, a mi parecer, es la más estremecedora. Se trata de la que vincula el atentado con el calendario electoral de los EE.UU. y, según la cual, la proximidad de las elecciones obliga a iniciar una contienda en territorio extranjero para mejorar los resultados en los comicios. Esta “campaña en torno a la bandera” ha venido siendo una estrategia ya enunciada frecuentemente cada vez que el gobierno de turno comienza o aumenta una agresión bélica y, a pesar de que se comenta únicamente como parte del juego entre candidatos presidenciales, no puede sino mostrarnos un escenario absolutamente terrorífico: el hecho de que el enemigo, en este caso, no sea el gobierno de un país imperialista, sino el pueblo que lo vota y que pide sangre para ello. De hecho, si muchos de los representantes demócratas se presentan en estos momentos como contrarios a iniciar una guerra con Irán cuando, anteriormente, se mostraron enormemente beligerantes y aceptaron pruebas irrisorias para comenzar invasiones como la de Afganistán, esto no nos hace pensar sino que la actual oposición interna no es sino una estrategia electoral más .
En este sentido, podemos incluso escuchar comentarios en torno a la táctica más acertada que debería llevar Trump, a partir de ahora, para beneficiarse electoralmente de este ajusticiamiento extrajudicial en suelo extranjero. La mayor parte de los análisis al respecto no hacen mención a que el método es más propio de un matón (cobarde, por añadidura, por cuanto se realiza desde la distancia) que de un Estado de Derecho al que dicen pertenecer, y que anula por completo cualquier garantía de justicia en gran parte del planeta por la presencia de sus bases y, por tanto, de una pista de despegue de sus drones. Tampoco se plantea, ni mucho menos, que Trump tenga que responder ante un tribunal internacional si, de hecho, este acto de guerra ha sido cometido sin más justificación que el interés partidista. Por lo visto, la mayoría del pueblo estadounidense acepta sin reparos que cualquiera que pueda ser sospechoso de constituir una amenaza para su país, se encuentre donde se encuentre e independientemente de su sometimiento a un juicio justo, puede ser inmediatamente aniquilado. Esto, si no fuera porque se trata del pueblo de los EE.UU., tan ensalzado por Hollywood en nuestras pantallas y tal elogiado por nuestros intelectuales como el que nos tiene que dar lecciones de democracia, sería considerado como propio de un estado enfermo, decadente y sanguinario. Yo diría, más bien, de una población reprimida, pues la ausencia del sentimiento fraternal que nos caracteriza como seres humanos es una de las peores represiones y, a la vez, de las más enmascaradas que lleva a cabo este sistema.
 
Manifestación en Iran el 3 de enero por el asesinato de Qasem Soleimani. Autor: Fars Fotógrafos
Ante esta situación, independientemente del país donde tenga lugar tal estado de opinión, no podemos dejar de plantearnos si se puede legitimar sin más una decisión electoral que pide violencia sobradamente injustificada y que está llevada a cabo, de forma evidente, bajo tal estado de alienación, simplemente porque se tata de la “decisión” del pueblo. Y es que tenemos que tener en cuenta que dicho pueblo se encuentra, por añadidura, en una situación de vulnerabilidad que obliga al 15% de la población a vivir de los bonos de alimentos, con un salario mínimo congelado desde hace 10 años que asciende a 7,25 dólares la hora y, según un informe de la ONU, con una masa de 40 millones de pobres (de los cuales 18,5 viven en pobreza extrema y más de 5,3 en condiciones extremas propias del Tercer Mundo). Está claro que no son precisamente estas bocas las que claman por una guerra, sino una clase media temerosa de perder su nivel de vida ante tal panorama, pero lo cierto es que, se exija lo que se exija, cualquier cosa parece poder presentarse ante una campaña electoral sin que nos cause más allá de una cierta perplejidad.
Esta situación no implica otra cosa que el hecho de que, para detener la máquina bélica de la principal potencia imperialista, es necesario un verdadero giro ideológico y de sentimientos en la población del que viene siendo el país con más guerras a sus espaldas. De hecho, podríamos decir que esta manera de conseguir la victoria electoral no es ni siquiera la más cómoda para la élite estadounidense, auténtica culpable de esta política imperialista -puesto que la clase media, en definitiva, no aspira sino a emular a una clase alta y, en concreto, a su insostenible modo de vida-. Para dicha élite sería mucho más efectivo -y barato- que el ejército de los EE.UU. pudiera actuar a sus anchas en función de las necesidades que tuviera en cada momento para defender sus intereses, sin tener que sobreactuar en función al estado de opinión. Pero el voto obliga, y la constante estrategia del miedo ejercida sobre la población, con el fin de conservar una “cohesión social” que deje las manos libres para aumentar lo máximo posible el capital a cualquier precio, ha convertido en necesario presentar un bombardeo en horario de máxima audiencia, o bien una serie de muertos que garanticen la seguridad de su modo de vida. Y es que lo anterior no esconde, por desgracia, sino un sentimiento más o menos consciente de que sus vidas requieren del esfuerzo y sacrificio de la inmensa mayoría de la población mundial. Véase, si no, el paradigmático discurso, en octubre de 2001, del secretario de Defensa Donald Rumsfeld a las tripulaciones de un grupo de bombarderos: “Tenemos dos opciones. O cambiamos la forma en que vivimos o cambiamos la forma en la que viven los otros. Hemos escogido esta última opción. Y sois vosotros los que nos ayudaréis a alcanzar este objetivo”1. En esto, y no en otra cosa, ha consistido el “modo de vida americano” -y también, por cierto, el “Estado de Bienestar” en general, tan defendido por la socialdemocracia, el cual igualmente ignoraba la falta de bienestar en otros países-.
Por tanto, podríamos decir que la resistencia y la lucha antiimperialista se encuentra ante un enemigo que, en muchos casos, no sabe realmente que lo es, pues se trata de una población que vive enfrascada en el mantenimiento de un modo de vida totalmente alienado de su naturaleza fraternal, insostenible ecológicamente y socialmente injusto. Ello nos da una pista de que el próximo campo de batalla no será únicamente militar sino, fundamentalmente, de ideas y sentimientos. ¿Cómo, si no, acceder a esta clase media que no se siente responsable en absoluto de lo que vota, cuando sus decisiones provocan guerras y hambre?
Encarnación Almansa es miembro de la Asociación Aletheia y del Frente Antiimperialista Internacionalista.
1Citado por J. Fontana en su libro Por el bien del imperio.
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