lunes, 14 de marzo de 2022

CONFERENCIA SOBRE ECONOMÍA MARXISTA, PLANIFICACIÓN Y MERCADO

El pasado día 21 de febrero tuvo lugar la conferencia sobre Economía marxista, planificación y mercado, dentro del Seminario permanente para la creación del comunismo que organiza la asociación Internacionalistas Córdoba en el Círculo Cultural Juan 23 de Córdoba. La presentación estuvo a cargo de Francisco Almansa, filósofo e investigador de la economía, la presentación de la cual ofrecemos aquí:

lunes, 21 de febrero de 2022

Charla debate sobre Internacionalismo

El pasado día 20 de enero tuvo lugar el acto de presentación de Internacionalistas Córdoba en el Círculo Cultural Juan 23 de Córdoba. La presentación estuvo a cargo de Francisco Almansa, filósofo, la presentación de la cual ofrecemos aquí:

domingo, 6 de febrero de 2022

UCRANIA Y EL MUNDO MULTIPOLAR


Reproducimos a continuación el artículo de Encarnación Almansa publicado en la revista Paradigma el 2 de febrero de 2022 en relación a la actual crisis Ucraniana (https://paradigmamedia.org/la-crisis-ucraniana-y-el-mundo-multipolar/).


El hecho de que los complejos acontecimientos que vienen sucediéndose en torno a una posible guerra en Ucrania se resuman, como de hecho está sucediendo, en la voluntad de un Putin psicópata, es una prueba más de cómo se trata de mantener a la población en general en estado de perenne infantilismo. Algunos de los políticos occidentales han participado activamente en esta simplificación insultante de los hechos (véanse las declaraciones de Biden acerca de que la guerra depende del estado de ánimo o del lado de la cama del que se levante el presidente ruso), a lo cual se han sumado descaradamente, una vez más, los medios de comunicación de masas. De la misma manera que antaño el problema era Sadam Hussein, Gadafi o Al Assad, la anulación de cualquier elemento económico como causa de los conflictos armados en los que nos vemos involucrados pasa por la creación de un malvado villano que mantiene sometida a una población paralizada o ignorante. No sería de extrañar que la reiteración de guiones similares en las películas de Hollywood (y especialmente Marvel para el público joven) constituyera una herramienta más en la estrategia de ocultar las razones mínimamente influyentes en cualquier proceso político o militar y sustituirlas por una historia de malos y buenos en la que, por supuesto, siempre pertenecemos a los segundos y nos vemos obligados a contener o eliminar a los primeros. Así, de paso, podemos sentirnos parte de alguna gesta algo más épica que la de ganar un Mundial y olvidar la mediocridad en las que nos encasilla nuestro modo de vida.


Entrenamientos en Ucrania


Lo que está sucediendo entre Ucrania, la UE, EEUU y Rusia es de todo menos simple y, para poder analizarla, en primer lugar necesitaríamos algo más (y algo menos) de información que la que aparece en los principales titulares de este país. Pero, además, es fundamental una perspectiva histórica y el conocimiento del comportamiento del sistema en el que nos encontramos más allá de la mera yuxtaposición de acontecimientos. Es decir, una investigación partiendo de la totalidad para conocer los detalles de este conflicto en particular, y no una visión parcial de determinados hechos descontextualizados que permiten llegar a conclusiones tan banales como las ansias expansionistas de un solo individuo o país.


En primer lugar, por tanto, no podemos olvidar que vivimos en un sistema que, para sobrevivir, necesita expandirse. La rueda que muele desde hace siglos culturas, naturaleza, recursos, valores y seres humanos se llama capital, el cual tiene que reproducirse ampliadamente para seguir siendo lo que es. Su parálisis significa su muerte, y su crecimiento la muerte de todo lo que le rodea. La progresiva desmaterialización del dinero es uno de los detalles que nos ayudan a olvidar que lo que tenemos de más es gracias al expolio y que este viene llevándose a cabo a través de más o menos intermediarios a nuestras espaldas para que podamos consumir hasta la extenuación sin sentimientos de culpa.


La esencia del capitalismo es, precisamente, esta. Ya lo adelantaba la precursora del internacionalismo, Rosa de Luxemburg, cuando advertía que este sistema, una vez que hubiese capitalizado todo lo existente en los países en los que se desarrollase, necesitaría devorar y capitalizar todo aquello que permanecía en su periferia. La mayor de las veces lo ha conseguido mediante la guerra, pero su astucia es tal que incluso grandes adversarios han caído en sus garras sin prácticamente violencia, como fue el caso de la URSS. En la actualidad, el mercado domina todas las facetas imaginables de nuestra existencia en todos los puntos del globo. Pero la consecuencia, también advertida por los teóricos clásicos del imperialismo, es que cuando no le quedase nada en el exterior, el capitalismo tendrá que saciar su apetito entre sus mismos rivales internos. He aquí lo que se está denominando como “mundo multipolar”, con connotaciones positivas entre los enemigos históricos de la última superpotencia, localizada sobre el suelo expoliado a los indígenas americanos y consolidada con los recursos del mundo dolarizado.


Una de las principales argucias del capitalismo ha sido la de crear un modo de vida sustentado por una clase media que se ha convertido en el prototipo a imitar entre todos los habitantes de la Tierra. Dicha clase media, constituida como eslabón entre la clase poseedora de los medios y recursos necesarios para la vida y aquellos que se ven obligados a venderse sin condiciones para sobrevivir, es la encargada de neutralizar la insurgencia de estos últimos a través de la ilusión de la mejora de determinadas condiciones laborales. Hoy todo el orbe suspira por alcanzar el modo de vida de la clase media occidental. Incluso nosotros, miembros de la misma, llegamos a considerar que tienen derecho a ello. Como si fuera posible mantener este derroche una vez que se extienda a los antiguos países expoliados.


Lo cierto es que el resurgir de China, India (no olvidemos que durante siglos fueron grandes potencias) o de Rusia se cimenta en la creación y consolidación de este segmento social, clave en lo que se refiere a consumo. Y ello no hace sino incrementar la competencia para la acaparación de recursos exclusivamente en manos de EEUU desde la Segunda Guerra Mundial. Ignorar este elemento fundamental, es decir, no hablar de gas o de petróleo cuando tratamos sobre Ucrania es caer en la simplificación imperdonable a la que nos referíamos al principio.


A partir de estas premisas los acontecimientos pueden parecernos algo más coherentes. En primer lugar podemos comprobar cómo el gran beneficiado de una guerra en Europa sería EEUU, puesto que se convertiría en un proveedor esencial en el caso de que Rusia cortase el suministro de gas hacia occidente. De hecho, España ya depende en gran medida del gas estadounidense, incluso más que del argelino, a pesar de que su traslado encarece enormemente el precio final1. Imaginémonos el escenario en el caso de conflicto armado con el Este, teniendo en cuenta los actuales precios que ya va alcanzando la factura de la luz.


En segundo lugar, es de apreciar que la UE no se encuentra tan unida como parece en relación a la escalada ucraniana. Alemania ha bloqueado el envío de artillería al país supuestamente en riesgo de ser invadido2, sustituyéndolo por la entrega de 5.000 cascos que ha sido considerada bastante humillante por parte del gobierno ucraniano3. Este también manifestó su enojo frente a las declaraciones del Jefe de la Armada alemana (que tuvo que dimitir) en relación a la entrada de Ucrania en la OTAN y a la anexión rusa de Crimea en 20144. La discordancia alemana puede encontrarse relacionada con la retardada apertura del gaseoducto Nord Stream 2, nuevamente puesta en peligro por la actual crisis. Dicho gaseoducto permitiría el autoabastecimiento de este país y el suministro a parte de Europa, obviando el anterior paso natural por Ucrania, cuyo PIB depende en un porcentaje considerable (3,8%) de esta función de mediadora del gas. Asimismo, la construcción del Nord Stream 2 provocó una violenta oposición estadounidense desde el principio, llegando incluso a imponer sanciones a las empresas involucradas en el proyecto5.


El affair del gaseoducto en el Báltico y la respuesta por parte del gobierno germano en torno a la reivindicación de su independencia respecto a los intereses norteamericanos ha encontrado posteriores resonancias en la extrema derecha europea, que, por desgracia, parece convertirse en la protagonista cuando se trata de reclamar la soberanía del viejo continente. Marie Le Pen lo ha dejado bien claro6 cuando ha acusado a EEUU de instigar la crisis ucraniana y ha exigido que Europa defienda sus propios intereses. El presidente de Croacia también ha mostrado más coraje que algunos de los gobiernos socialdemócratas europeos declarando que retirará sus tropas de la OTAN si EEUU mantiene esta escalada de tensión. Pero la principal prueba de esta división podemos encontrarla en las reuniones que se están llevando a cabo por el denominado Cuarteto de Normandía, formado por Alemania, Francia, Ucrania y Rusia, del cual nacieron los acuerdos de Minsk con los que se pretendía poner fin a la guerra en el Donbass ucraniano, y ahora resucitado por el presidente galo. No olvidemos que Macron también ha manifestado en ocasiones su malestar con la política exterior norteamericana y que, recientemente, se han vivido momentos de gran tensión entre estos dos países a raíz del acuerdo firmado entre EEUU, Reino Unido y Australia para su expansión por el área indopacífica 7que relegaba el anterior rol poscolonial francés y que, además, implicó la cancelación de importantes compras de submarinos nucleares galos por parte de Camberra8.


Con esta perspectiva ya podemos afirmar que esta guerra sería (como no podía ser de otro modo) una guerra económica. El declive de la hegemonía estadounidense ha provocado cierto envalentonamiento en las antiguas potencias de la semiperiferia del imperio, entre las que se encuentran las europeas, y que se enfrentan a una anunciadísima escasez de materias primas y energía. A pesar de ello, los gobiernos no parecen atreverse a dar el paso definitivo hacia un ejército europeo, dada la dependencia total hacia la economía de los EEUU. No olvidemos tampoco que la OTAN ha nutrido su fuerza, precisamente, gracias a la cesión de la soberanía europea a sus bases, lo cual ha permitido la colocación de misiles norteamericanos en frontera occidental de Rusia, cuya retirada constituye una de las exigencias de Putin, y que sitúa a Europa, una vez más, en el centro del campo de batalla lejos de las mansiones de los capos de la Alianza Atlántica. En el “bando contrario” encontramos a la élite de países que hace poco se encontraban en la periferia del sistema y cuya unión (especialmente bajo el paraguas de una China convertida prácticamente en primera potencia mundial) permite llevar un pulso a la OTAN en su reclamación de una parte del pastel de un planeta que, en realidad, debería ser de toda la humanidad y no de una determinada clase social.


Por último, hemos de recordar que la creciente presencia rusa y china en África puede constituir un nuevo escenario de guerra, igualmente, por unos recursos cada vez más escasos. Y es en este contexto de creciente tensión entre potencias (capitalistas todas ellas, no lo olvidemos) donde decimos NO A LA GUERRA. Además de las irremediables pérdidas humanas en juego, consideramos que se trataría de una guerra que tendría como objetivo el adquirir medios necesarios, en la mayor parte de los casos, para el derroche de una clase adicta a un determinado modo de vida inviable y que condena a la mayor parte de la humanidad a abandonar la esperanza de tener un futuro propio.

1https://www.lainformacion.com/espana/eeuu-relega-argelia-primer-suministrador-gas-espana/6558784/

2https://www.defensa.com/otan-y-europa/alemania-bloquea-entrega-artilleria-ucrania

3https://www.abc.es/internacional/abci-ucrania-considera-decepcionante-entrega-5000-cascos-como-toda-ayuda-alemania-202201261946_noticia.html

4https://www.lavanguardia.com/internacional/20220123/8005817/jefe-marina-alemana-dimite-afirmar-rusia-piensa-invadir-ucrania.html

5https://www.newtral.es/suministro-gas-europa-conflicto-rusia-ucrania/20220121/

6https://actualidad.rt.com/actualidad/view/129863-le-pen-europa-eeuu-ucrania

7https://www.france24.com/es/francia/20210918-francia-embajador-australia-submarinos-acuerdo

8https://www.publico.es/internacional/pasado-eeuu-y-francia-venta-submarinos-australia-desata-inesperada-tension-internacional.html

sábado, 15 de enero de 2022

CHARLA COLOQUIO: INTERNACIONALISMO


Os invitamos a la charla coloquio que hemos organizado para el próximo jueves, día 20 de enero, a las 19:30, en la sede del Círculo Cultural Juan 23 de Córdoba (C/ La Palma 2), organizada por la asociación Internacionalistas de Córdoba, con el fin de profundizar en la idea del internacionalismo comunista. Pretende, a su vez, ser inicio de un ciclo de charlas-coloquio que permitan, mediante reflexiones en común, iluminar un nuevo camino para la construcción del comunismo.

Francisco Almansa es filósofo, conferenciante, editor del portal web Aletheia y escritor.

 

sábado, 22 de agosto de 2020

¿POR QUÉ HA RESURGIDO EL POPULISMO DE EXTREMA DERECHA?

Entrevista a Rosa María Almansa, profesora de Historia Contemporánea, por REDIB (Red Iberoamericana de Innovación y Conocimiento Científico), a raíz de su artículo:

El populismo de extrema derecha en los Estados Unidos de la era Trump: De la democracia “sin rostro” a la reacción identitaria

Acceso al artículo: https://revistaseug.ugr.es/index.php/acfs/article/view/7947 


lunes, 17 de febrero de 2020

IRÁN Y EL PUEBLO ESTADOUNIDENSE

Compartimos el siguiente artículo aparecido en la revista paradigmamedia.com en el siguiente enlace: https://paradigmamedia.org/la-voz-de-la-ciudadania-iran-y-el-pueblo-estadounidense/

Mucho se está conjeturando acerca del asesinato terrorista, por parte del gobierno de los EE.UU, del general iraní Soleimani, comandante de Quds -fuerza élite de la Guardia Revolucionaria- y una de las figuras con mayor liderazgo en la lucha contra el yihadismo en Iraq y Siria. Podemos encontrar, según numerosos artículos, indicios de colaboración israelí e, igualmente, evidencias de una presión por parte de este país para llevar a cabo el atentado. Igualmente, se vincula a una intención de debilitar una creciente influencia de Irán en todo el devastado Oriente Medio, con el fin de mantener el libre saqueo de sus recursos por parte de la potencia norteamericana y su más fiel aliado sionista. Asimismo, encontramos referencias a una amenaza frente al acercamiento entre Irán y China -llevado a cabo a través de recientes acuerdos comerciales sobre el crudo iraní y su traslado a través de la Ruta de la Seda que, poco a poco, va tejiendo el gigante asiático a lo largo de los cinco continentes-. Rusia tampoco queda al margen en este complicado entramado por su cercanía geográfica y sus comunes intereses económicos y geoestratégicos, de la misma manera que la UE -a pesar del aparente apoyo rotundo de París- no puede sino temer un enfrentamiento abierto entre EE.UU. e Irán que eleve el precio del crudo y dificulte todavía más los acuerdos comerciales que mantienen con los persas.
Todo este tablero de ajedrez nos proporciona, una vez más, un escenario que evidencia una situación en la que todos pueden ser aliados y, al mismo tiempo, enemigos; donde los frentes de lucha están totalmente diluidos y las alianzas se tienden en función del momento o del espacio geográfico. De hecho, el mismo Soleimani -nada sospechoso de ser amigo de los norteamericanos-se desplazaba incluso por territorio controlado por los EE.UU. hasta poco antes de su asesinato, a pesar de que el embargo y las sanciones a Irán, así como la estrategia militar estadounidense en Oriente Medio, dejan claro una política hostil hacia su país.
Aun así, y dentro de todo este espacio de conjeturas en la que nos encontramos, hemos podido escuchar una que, a mi parecer, es la más estremecedora. Se trata de la que vincula el atentado con el calendario electoral de los EE.UU. y, según la cual, la proximidad de las elecciones obliga a iniciar una contienda en territorio extranjero para mejorar los resultados en los comicios. Esta “campaña en torno a la bandera” ha venido siendo una estrategia ya enunciada frecuentemente cada vez que el gobierno de turno comienza o aumenta una agresión bélica y, a pesar de que se comenta únicamente como parte del juego entre candidatos presidenciales, no puede sino mostrarnos un escenario absolutamente terrorífico: el hecho de que el enemigo, en este caso, no sea el gobierno de un país imperialista, sino el pueblo que lo vota y que pide sangre para ello. De hecho, si muchos de los representantes demócratas se presentan en estos momentos como contrarios a iniciar una guerra con Irán cuando, anteriormente, se mostraron enormemente beligerantes y aceptaron pruebas irrisorias para comenzar invasiones como la de Afganistán, esto no nos hace pensar sino que la actual oposición interna no es sino una estrategia electoral más .
En este sentido, podemos incluso escuchar comentarios en torno a la táctica más acertada que debería llevar Trump, a partir de ahora, para beneficiarse electoralmente de este ajusticiamiento extrajudicial en suelo extranjero. La mayor parte de los análisis al respecto no hacen mención a que el método es más propio de un matón (cobarde, por añadidura, por cuanto se realiza desde la distancia) que de un Estado de Derecho al que dicen pertenecer, y que anula por completo cualquier garantía de justicia en gran parte del planeta por la presencia de sus bases y, por tanto, de una pista de despegue de sus drones. Tampoco se plantea, ni mucho menos, que Trump tenga que responder ante un tribunal internacional si, de hecho, este acto de guerra ha sido cometido sin más justificación que el interés partidista. Por lo visto, la mayoría del pueblo estadounidense acepta sin reparos que cualquiera que pueda ser sospechoso de constituir una amenaza para su país, se encuentre donde se encuentre e independientemente de su sometimiento a un juicio justo, puede ser inmediatamente aniquilado. Esto, si no fuera porque se trata del pueblo de los EE.UU., tan ensalzado por Hollywood en nuestras pantallas y tal elogiado por nuestros intelectuales como el que nos tiene que dar lecciones de democracia, sería considerado como propio de un estado enfermo, decadente y sanguinario. Yo diría, más bien, de una población reprimida, pues la ausencia del sentimiento fraternal que nos caracteriza como seres humanos es una de las peores represiones y, a la vez, de las más enmascaradas que lleva a cabo este sistema.
 
Manifestación en Iran el 3 de enero por el asesinato de Qasem Soleimani. Autor: Fars Fotógrafos
Ante esta situación, independientemente del país donde tenga lugar tal estado de opinión, no podemos dejar de plantearnos si se puede legitimar sin más una decisión electoral que pide violencia sobradamente injustificada y que está llevada a cabo, de forma evidente, bajo tal estado de alienación, simplemente porque se tata de la “decisión” del pueblo. Y es que tenemos que tener en cuenta que dicho pueblo se encuentra, por añadidura, en una situación de vulnerabilidad que obliga al 15% de la población a vivir de los bonos de alimentos, con un salario mínimo congelado desde hace 10 años que asciende a 7,25 dólares la hora y, según un informe de la ONU, con una masa de 40 millones de pobres (de los cuales 18,5 viven en pobreza extrema y más de 5,3 en condiciones extremas propias del Tercer Mundo). Está claro que no son precisamente estas bocas las que claman por una guerra, sino una clase media temerosa de perder su nivel de vida ante tal panorama, pero lo cierto es que, se exija lo que se exija, cualquier cosa parece poder presentarse ante una campaña electoral sin que nos cause más allá de una cierta perplejidad.
Esta situación no implica otra cosa que el hecho de que, para detener la máquina bélica de la principal potencia imperialista, es necesario un verdadero giro ideológico y de sentimientos en la población del que viene siendo el país con más guerras a sus espaldas. De hecho, podríamos decir que esta manera de conseguir la victoria electoral no es ni siquiera la más cómoda para la élite estadounidense, auténtica culpable de esta política imperialista -puesto que la clase media, en definitiva, no aspira sino a emular a una clase alta y, en concreto, a su insostenible modo de vida-. Para dicha élite sería mucho más efectivo -y barato- que el ejército de los EE.UU. pudiera actuar a sus anchas en función de las necesidades que tuviera en cada momento para defender sus intereses, sin tener que sobreactuar en función al estado de opinión. Pero el voto obliga, y la constante estrategia del miedo ejercida sobre la población, con el fin de conservar una “cohesión social” que deje las manos libres para aumentar lo máximo posible el capital a cualquier precio, ha convertido en necesario presentar un bombardeo en horario de máxima audiencia, o bien una serie de muertos que garanticen la seguridad de su modo de vida. Y es que lo anterior no esconde, por desgracia, sino un sentimiento más o menos consciente de que sus vidas requieren del esfuerzo y sacrificio de la inmensa mayoría de la población mundial. Véase, si no, el paradigmático discurso, en octubre de 2001, del secretario de Defensa Donald Rumsfeld a las tripulaciones de un grupo de bombarderos: “Tenemos dos opciones. O cambiamos la forma en que vivimos o cambiamos la forma en la que viven los otros. Hemos escogido esta última opción. Y sois vosotros los que nos ayudaréis a alcanzar este objetivo”1. En esto, y no en otra cosa, ha consistido el “modo de vida americano” -y también, por cierto, el “Estado de Bienestar” en general, tan defendido por la socialdemocracia, el cual igualmente ignoraba la falta de bienestar en otros países-.
Por tanto, podríamos decir que la resistencia y la lucha antiimperialista se encuentra ante un enemigo que, en muchos casos, no sabe realmente que lo es, pues se trata de una población que vive enfrascada en el mantenimiento de un modo de vida totalmente alienado de su naturaleza fraternal, insostenible ecológicamente y socialmente injusto. Ello nos da una pista de que el próximo campo de batalla no será únicamente militar sino, fundamentalmente, de ideas y sentimientos. ¿Cómo, si no, acceder a esta clase media que no se siente responsable en absoluto de lo que vota, cuando sus decisiones provocan guerras y hambre?
Encarnación Almansa es miembro de la Asociación Aletheia y del Frente Antiimperialista Internacionalista.
1Citado por J. Fontana en su libro Por el bien del imperio.

jueves, 23 de mayo de 2019

EL CAPITALISMO SE DEVORA A SÍ MISMO


Transcribimos el artículo de nuestra compañera Encarnación Almansa publicado en la revista Paradigma el 9 de mayo de 2019 (https://paradigmamedia.org/el-capitalismo-se-devora-a-si-mismo/)

El 28 de abril de 1965, las tropas de EEUU entraron en Santo Domingo (República Dominicana), dentro de la denominada Operación Power Pack, para apoyar a los golpistas que, dos años antes, habían instaurado un nuevo régimen de terror tras un brevísimo paréntesis democrático que había sucedido a la dictadura de Trujillo. Sin disimulo, Lyndon B. Johnson declararía que no iba a permitir una nueva Cuba en el Caribe. Dos días después de la intervención norteamericana, en una reunión de la OEA en Washington, se aprobó que las tropas estadounidenses allí destinadas iban a pasar a considerarse como “interamericanas”. Tras una solución “negociada” (si puede considerarse una negociación en tal situación de diferencia de poder), se estableció un gobierno títere elegido en unas elecciones, con lo que la operación del imperio quedó limpiamente cerrada y legitimada por las normas internacionales del sistema.

El 20 de diciembre de 1989, unos 26.000 soldados norteamericanos entraron en Panamá, según el presidente George Bush para defender a los ciudadanos norteamericanos, llevar al general Noriega frente a la justicia norteamericana por narcotráfico e instaurar en el país un régimen democrático. En esta ocasión la operación recibió el nombre nada menos que de Causa Justa. Hace poco vio la luz un Memorandum secreto-sensitivo del Consejo de Seguridad Nacional redactado en abril de ese año, en el que se incluía otra motivación menos confesable: acabar con las negociaciones entre Noriega y Japón en relación a la ampliación del Canal de Panamá. Las cifras de muertos de la operación oscilan según las fuentes, pero la mayoría la sitúa entre los 3000 y los 6000. La ocupación estadounidense se prolongó durante dos años y, de hecho, el presidente electo tras unas elecciones tomó posesión de su cargo en una base estadounidense.

Ejemplos como estos podemos encontrarlos en África, en la práctica totalidad del territorio de Centroamérica y Sudamérica y, en la actualidad, en el devastado Oriente Medio. Incluso Europa ha vivido una situación similar en la antigua Yugoslavia con la intervención de la OTAN en la Guerra de los Balcanes. No obstante, tras la situación con el último fallido golpe en Venezuela, parece que no son tan fáciles ya las impunes invasiones militares estadounidenses en Latinoamérica para ordenar el territorio a su antojo. Si bien es cierto que mantiene el control político de gran parte del continente Sur americano a través de vías electorales (no olvidemos que el imperio no necesita siempre la opción militar para mantener sus tentáculos, pues, en muchos casos, es la misma ciudadanía la que lo vota) y que la amenaza de invasión militar parece mantenerse sobre la mesa cuando el resultado electoral no satisface a la Casa Blanca, parece que sus estrategias desestabilizadoras no acaban de cuajar, en parte por no contar con el apoyo esperado y en parte, también, por chapuceras. Ya se pudo ver algo en Turquía (hay sospechas de que el fallido golpe de estado de 2016 contra Erdogán partió de una base estadounidense) y, ahora, tras las fracasadas maniobras desestabilizadoras en Nicaragua, nos encontramos con el esperpéntico personaje de Guaidó como instrumento para destruir algo tan sólido como es el movimiento bolivariano en Venezuela.

Esto no significa que la amenaza sea menor, ni mucho menos, sino que nos encontramos frente a un imperio en decadencia que trata de mantener su hegemonía de forma cada vez más infructuosa, aunque no por ello menos agresiva. Tras dejar Oriente Medio en estado de devastación absoluta pero sin haber conseguido dominar el territorio, dirigen ahora su mirada de nuevo a su patio trasero con métodos quizá menos tajantes (a día de hoy, pues es plausible una intervención en un futuro próximo) pero igualmente evidentes. Sin embargo, podemos comprobar cómo EEUU ya no cuenta con el mismo apoyo incondicional de la comunidad política internacional, y ello se manifiesta en la incapacidad para controlar las situaciones tal y como venía haciéndolo, es decir, instaurando a su antojo dictaduras o democracias serviles en los países que osaban desafiar en lo más mínimo sus intereses. Por supuesto que en la historia de la hegemonía estadounidense ha habido territorios inconquistables, tales como Cuba o como fue Vietnam, pero ahora parece que el Pentágono cosecha más fracasos que victorias. Y una de las principales causas de ello, además de la pérdida de poder en el balance de la economía mundial por el surgimiento de potencias rivales, es la fractura dentro del bloque capitalista, perceptible ya incluso a nivel político (por supuesto, con intereses económicos contrapuestos como telón de fondo).


En realidad, el capitalismo ha permanecido unido solo en parte durante la Guerra Fría. Fue la amenaza de un contagio del socialismo en el bloque capitalista lo que obligó a enterrar las contradicciones entre potencias para dirigir sus fuerzas a neutralizar o destruir el temido “efecto dominó”. No podemos olvidar que, a pesar de la enorme inyección de dinero que supuso el Plan Marshall en Europa tras la Segunda Guerra Mundial y el generoso tratamiento de la deuda de la RFA, la RDA mantuvo desde 1965 hasta los años 80 un crecimiento del PIB mayor que el de su vecino occidental. El 32% del parlamento era femenino y la participación de la mujer en la vida laboral llegó incluso a ser mayor que el masculino, algo impensable en muchos países capitalistas. Tampoco podemos olvidar que hasta 1989, ningún país del Este tenía necesidad de establecer prestaciones por desempleo. Hungría fue el primer país en necesitarlo en ese año; a mediados de los 90, ya contaba con un nivel de más del 12% de desempleados, alcanzando el 25% en algunas regiones. 

Los logros sociales y el crecimiento económico de algunos países del Este provocaron que Europa occidental y EEUU tuvieran que desarrollar lo que después vino a denominarse como “Estado de Bienestar”, de tal manera que, convirtiendo a la clase trabajadora de estos países en consumidores, neutralizaron los movimientos obreros aspirantes a un cambio de sistema. El Estado del Bienestar ha sido presentado históricamente como un triunfo de la socialdemocracia y de la economía keynesiana, de ahí que sus herederos insistan en volver a estas políticas, escondiendo que se basaron fundamentalmente en un consumo y un desarrollo productivo insostenible e irracional, así como en el apoyo incondicional a las políticas militaristas e imperialistas que suministraron mano de obra y materias primas a bajo precio a las clases medias de occidente. Podríamos decir que su verdadero logro fue permitir esconder y postergar las contradicciones inevitables del capitalismo, así como que su corta vida fue la cara amable de la hipertrofia de la gran superpotencia que aspiraba a acabar con cualquier iniciativa disidente.

Con la caída del muro, muchos intelectuales conservadores y “progresistas” consideraron que viviríamos el triunfo definitivo del capitalismo en todo el planeta. No obstante, tras la desaparición del enemigo, además de vivir una de las más agresivas y duraderas crisis económicas del sistema, las tensiones en su seno no han hecho más que crecer, de manera que en la actualidad nos encontramos, paradójicamente, en una situación que recuerda a la previa a las dos guerras mundiales, donde no se sufrió un enfrentamiento entre el capitalismo y los aspirantes al comunismo, sino entre las mismas potencias capitalistas.

En primer lugar, nos encontramos una guerra económica de consecuencias todavía impredecibles. China y Rusia, como potencias económicas capitalistas que son en la actualidad, han empleando muchos de los subterfugios económicos anteriormente utilizados por sus enemigos occidentales: mano de obra barata, cambio de valor de las monedas, paraísos fiscales, compra y venta de deuda, mecanismos propios de transacción internacional, etc. No obstante, podemos decir que, de momento, no emplean la vía militar para conseguir sus objetivos y que China, conservando gran parte de control estatal en sus empresas, nos va presentando un sistema económico de deriva desconocida todavía. Estas dos nuevas potencias han ido creando zonas de expansión económica que han provocado, a su vez, movimientos militares por parte de EEUU para tratar de mantener el control de zonas anteriormente al servicio de sus intereses. Esto está siendo evidente en África, donde gran cantidad de recursos han pasado a manos chinas tras acuerdos con países como Nigeria o Sudán. La Ruta de la Seda avanza silenciosa pero implacablemente incluso por Europa y es muy dudoso que esta situación sea pacíficamente aceptada por los magnates estadounidenses de forma indefinida.

Pero las más paradójicas tensiones se están viviendo, en la actualidad, entre los mismos miembros de la OTAN. La amenaza de aranceles se encuentra constantemente sobre la mesa, a la vez que la UE se ha atrevido a multas históricas a grandes multinacionales estadounidenses por violación de la ley antimonopolio. Alemania, por su parte, ha apostado por abastecerse del gas ruso y no acepta las críticas del gobierno de Trump, apelando a su soberanía económica y provocando la ira, incluso, de países potencialmente socios en territorios cercanos, como Polonia o Ucrania (fieles vasallos de EEUU en Europa). El gasoducto Nordstream 2, cuyo proyecto fue iniciado por el excanciller alemán Schröder (actualmente presidente de una petrolera estatal rusa…) evitará su paso por los países del Este de Europa y se construye por el Mar Báltico.

Por su parte, Turquía se enfrenta de forma cada vez más evidente a EEUU dentro y fuera del territorio sirio. El gobierno estadounidense se apoya en las YPG kurdas (escindidas del PKK), las cuales, junto a otros grupos rebeldes, forman las Fuerzas Democráticas Sirias, algo que no es admitido por Turquía. En junio de 2018, ambas potencias tuvieron que alcanzar un acuerdo en Alemania, donde EEUU ordenó a las YPG que se retiraran de la recién conquistada ciudad de Manjib para que fuera nuevamente tomada por las fuerzas turcas. En enero de 2019, Trump amenazó con devastar económicamente Turquía si atacaba a los kurdos (a los kurdos de Siria, por supuesto, ya que los que viven en territorio turco han sido y siguen siendo invisibles para la comunidad internacional), y la reciente compra de sistemas de defensa antiaéreos rusos por parte del país asiático ha creado una nueva escalada de tensión diplomática de derroteros inciertos.

Por su parte, en Libia no se dirime únicamente una lucha entre fuerzas locales, tal y como nos quieren hacer creer, sino que también se enfrentan intereses de EEUU y algunos países europeos. El gobierno de Trípoli es reconocido por la ONU y por países como EEUU e Italia, junto con Turquía y Qatar, por su implicación en tratar de evitar la salida de los refugiados del país, mientras que el gobierno de Haftar (que controla la mayor parte del país y que actualmente lucha por el control de Trípoli) cuenta con el apoyo de Arabia Saudí, EAU y Egipto por su oposición a los Hermanos Musulmanes, pero también de Francia y Rusia, los cuales quieren recuperar los lazos comerciales que tenía con Gadafi. Es decir, que en estos momentos, en Trípoli, luchan indirectamente nada menos de EEUU contra Francia.

Toda esta creciente tensión internacional en el seno del capitalismo se implementa con una crisis sin precedentes de las instituciones propias del sistema. No solo se cuestiona la democracia representativa, que ha sido considerada como el sistema universal e incuestionable por la izquierda y por la derecha, sino que los organismos internacionales han perdido la poca credibilidad con la que contaban.

Una decadencia de estas dimensiones es enormemente peligrosa, pues sabemos que el capitalismo derrocha agresividad a todos los niveles: laboral, social, psicológico, militar… Por tanto, el enemigo no es externo. Ni nunca lo fue.



jueves, 4 de abril de 2019

IMPERIALISMO 4G



Venezuela acaba de superar uno de los más peligrosos ataques de su historia. Sumida en la oscuridad durante días, los venezolanos se han enfrentado de manera ejemplar a la falta de agua, de suministro eléctrico y, en definitiva, a la paralización en cuestión de segundos de los principales factores para el funcionamiento de la mayoría del país. Una situación de estas características, con la imposibilidad de conservar alimentos, pagar con tarjeta de crédito o, especialmente, mantener activos hospitales y fuerzas de seguridad, se ha mostrado como un avance de lo que se prevee como la guerra del futuro. Está claro que los bloqueos requieren demasiado tiempo para vencer a una población mayoritariamente convencida de que no quiere caer en manos del imperio estadounidense, lo cual se demostró ya anteriormente en países que han sufrido esta violencia de lesa humanidad, como Cuba, Corea del Norte o Irak (finalmente devastada por vía militar). La maquinaria arrasadora que pretende saquear los recursos de países ricos en materias primas, necesarias para el despilfarro del sistema, no puede esperar tanto, aunque siga empleando este método para socavar la voluntad antes de la definitiva violación.
Imperialismo 4G
Podríamos decir que el capitalismo, tras la caída del bloque del llamado “socialismo real”, ha ido extendiendo sus tentáculos a prácticamente todo el globo. En la actualidad no existe ningún rincón del planeta en el cual no haga presencia su economía. Es cierto que nunca llegó a desarrollarse una economía socialista, pero sí pudimos encontrar gérmenes de la misma en la URSS, a través un intento de extensión progresiva de la planificación desde campo industrial al resto de los sectores económicos. Esto no fue posible por la necesidad de mantener una política defensiva que deformaba desde el principio cualquier intento de planificación, así como por limitaciones ideológicas y teóricas con las que el marxismo continua debatiendo, tales como la economía en la época de transición al comunismo o la teoría del valor. De esta manera, el capitalismo -que también vivió frustraciones y fracasos en su origen- se erige hoy como único referente en el planeta, aun cuando no haya superado ninguna de sus limitaciones (ni ideológicas ni teóricas) y nos muestre únicamente un reguero de destrucción natural, social y de pensamiento como prueba de su triunfo.

En la actualidad, el principal arma del capitalismo es que se desarrolla más allá de lo que podríamos denominar como “internacional”, puesto que cuenta con elementos esenciales para su funcionamiento que se encuentran fuera del mapa político, dentro de lo que podríamos considerar como el terreno de lo “supranacional”. Entre estos elementos se encuentra, fundamentalmente, el capital, el cual no se encuentra sujeto a ninguna frontera y cuya limitación territorial -a través de bloqueos o aranceles- es únicamente un instrumento para boicotear el capital competidor. Se trata de un flujo planetario sin una única lógica global, cuyo movimiento es impredecible relativamente incluso para los que poseen mayor control del mismo, y que permanece desconocido para la inmensa mayoría de la población mundial, la cual sufre no obstante las consecuencias de sus vaivenes. De esta manera, podemos encontrar incluso que el país más endeudado del planeta pueda convertir su propia deuda en la deuda de los habitantes de sus países vasallos y sus neo-colonias. Pues no podemos olvidar que parte de nuestro trabajo diario acaba, indirectamente, en el pago de la inconmensurable deuda de los EEUU, a la manera como las regiones invadidas por el Imperio Romano pagaban sus impuestos a los que contaban con el estatuto de ciudadanos romanos.

Pero los mecanismos de represión del imperio capitalista también podemos decir que, progresivamente, van adquiriendo carácter supranacional. Véase el aumento de ataques cibernéticos, entre los que podemos contar el reciente al núcleo energético de Venezuela. Es el sabotaje “de cuarta generación”, deslocalizado, sin autores materiales claros y, al contrario del antiguo sabotaje como arma de los débiles, una nueva arma de los ricos contra los pobres. Las telecomunicaciones se presentan, igualmente, como el futuro objetivo militar a proteger, teniendo en cuenta que incluso los cables submarinos de comunicación que unen países están ya siendo motivo de debate por su vulnerabilidad. Un solo ataque a los mismos puede dejar incomunicadas grandes regiones durante un lapso considerable de tiempo como para desestabilizar el territorio, mientras tanto, por otras vías. Por no hablar del posible ataque a satélites de comunicaciones, cuya sustitución sería, obviamente, muy complicada.

El nuevo modelo de ejército privado también puede ser considerado como una nueva estrategia supranacional. Mercenarios del mundo se reúnen en diferentes escenarios que han de ser desestabilizados, infiltrados en revoluciones de colores -y, por qué no, guarimbas-, para después pasar al campo puramente militar en el caso de guerra civil. Son ejércitos en la sombra que actúan a las órdenes de alguna potencia, pero también de grandes empresas con intereses en los países agredidos. Academi, tristemente conocida como Blackwater por sus acciones en Irak, puede ser contratada igualmente para una emboscada que para una sesión de tortura. G4S, creada por un empresario danés, es el que cuenta con el mayor número de empleados en el mundo, y ha ejercido su cometido tanto como agencia de seguridad en las Olimpiadas de Londres en 2012 como en los puestos fronterizos de Gaza. Defion Internacional recluta contratistas latinoamericanos y ha enviado a más de 3.000 de ellos a Bagdad. Además de encargarse de las cloacas de la geoestrategia, mueven más de 100.000 millones de dólares en el mundo.

Pero el principal elemento represor supranacional dentro del capitalismo es, sin duda, su dominación ideológica. Se trata de un largo proceso de represión que ha vulnerado gravemente nuestra voluntad, nuestro pensamiento y nuestras emociones a través de elementos mucho más sutiles que los de la mera prohibición: la desmitificación a través del cine y la televisión de los grandes valores universales, por medio de protagonistas “antihéroes” que son modelo para niños y adolescentes, inmaduros, triviales, sin capacidad de sacrificio y actuando únicamente por intereses muy particulares; la consideración de cualquier utopía como irrealizable, cayendo no obstante en la utopía de que este sistema puede ser eterno por ser el mejor de los posibles; la incapacidad para el esfuerzo intelectual, por medio de la simplificación de cualquier contenido a un mínimo de caracteres o a la sucesión rápida de imágenes que eliminan incluso las respiraciones entre frases de los youtubers para que no nos aburramos; el olvido, sin duda intencionado, de los grandes logros de los intentos revolucionarios del siglo XX, de los cuales únicamente queda el mantra de que fueron totalitarios, escondiendo que ya en ellos se logró de forma natural la integración de nacionalidades y la igualdad no únicamente formal de la mujer. Todo ello va provocando una filtración invisible en nuestras emociones, de manera que ya nos encontramos encadenados al capitalismo no únicamente por nuestras convicciones, sino también por elementos mucho más difíciles de controlar: la insatisfacción por la alienación en el trabajo que ha de ser satisfecha a través del consumo, del viajar a bajo costo, de ser felices los fines de semana a cualquier precio; el miedo a ser diferentes, a imaginar escenarios más humanos; la convicción de que estamos solos y que nuestra pertenencia a una comunidad no puede ir más allá de la afición a un equipo de fútbol.

Mientras tanto, el internacionalismo que nació de la identificación con una clase proletaria se ve reducido a una colaboración de resistencia, especialmente económica, para encajar los embites del imperio. Ya no son “los pueblos del mundo” los que se ayudan a través de la movilización masiva y el levantamiento, alimentados por el deseo de luchar juntos contra el imperiarismo capitalista. Ahora, los gobiernos rebeldes luchan por sobrevivir en organismos internacionales del mismo sistema capitalista, exigiendo el cumplimiento de las leyes internacionales también del sistema. Y las nuevas potencias emergentes se enfrentan a la antigua hegemonía estadounidense a través de su propio lenguaje económico, tratando de abrirse camino por medio de la compra de deuda, de las fluctuaciones en el valor de las monedas, de la oferta y la demanda de las materias primas, de la producción a bajo coste.

No obstante, el sentimiento de clase puede decirse que fue un elemento supranacional anterior a los que ahora nos presenta el sistema. El hermanamiento internacional fue mucho más allá del mero sentimiento patrio, ahora tan necesario frente a las agresiones como las que sufre Venezuela. Por ello, la actual emergencia nacional no puede dejar de teñirse de internacionalismo e, incluso, de algo de ese supranacionalismo que ahora nos ha arrebatado el capitalismo. La defensa de Venezuela es la defensa de la dignidad más allá de sus fronteras, de la idea de que, o socialismo, o barbarie.


Encarnación Almansa Pérez es miembro del Frente Antiimperialista Internacionalista y de la Asociación Aletheia de Córdoba.

Foto de cabecera: Caracas, desde Palo Verde el pasado 12 de marzo. @llegolahoraya.

Artículo publicado en la Revista Paradigma el 18 de marzo de 2019.

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