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domingo, 15 de enero de 2023

TERTULIA: ¿POR QUÉ NO SE UNE LA IZQUIERDA?

 Próximo viernes 20 de enero a las 19.30 en el Círculo Cultural Juan 23. Presenta: Francisco Almansa, filósofo y autor del libro La economía de la vida.



miércoles, 23 de noviembre de 2022

EL LARGO DECLIVE DE LA IZQUIERDA: UN DIAGNÓSTICO

Transcribimos a continuación el artículo de Francisco Almansa, filósofo y Presidente de esta asociación, que aparece con el título "El largo declive hacia la izquierda: un diagnóstico" en la revista Canarias semanal en el siguiente enlace: https://canarias-semanal.org/art/33527/el-largo-declive-de-la-izquierda-un-diagnostico


Hace tiempo que, en diversos foros y encuentros, debatimos y tratamos de reflexionar acerca de los orígenes y circunstancias del declive actual de la izquierda, así como sobre sus posibilidades de superación. Nuestra postura es que la principal causa de su actual estancamiento es que ha olvidado su propio proyecto, que no era otro que crear una nueva sociedad. No mejorar esta: crear una nueva sociedad. Sin embargo, se da la paradoja de que la clase social que construyó, en sus grandes líneas maestras, este régimen en el cual hoy vivimos instalados, que no es otro que el de 1789 —esto es, el de la Revolución Francesa, el de la burguesía—, no cree ya en su propio proyecto político: lo utiliza, le sirve de legitimación, cubre con él las apariencias, sus vergüenzas, pero ya está. 

   Sin embargo, la izquierda en general sigue creyendo en este régimen político del 89 (¡de 1789!): cree que es válido si se le proporciona un adecuado contenido social. Y ese es el objetivo general de la izquierda. Dotar de contenido social, con el fruto de las luchas de clases habidas desde 1789 hasta hoy, un régimen político que nació de la mano de la burguesía, fundamentalmente por y para la burguesía. Es un sistema político que no solo nace unido a una concepción muy determinada de la persona: la persona como individuo abstracto o aislado, esto es, desligada de los lazos sociales que le conforman como tal persona; sino que, como todo sistema político, no es independiente de una determinada economía. En este caso, el sistema político democrático nacía inextricablemente unido a una forma de economía vinculada a una forma de propiedad donde una parte posee lo necesario para la vida de todos los demás. Es verdad que esto no era nuevo, que solo había hecho, entonces, tomar nuevas formas, si cabe, más descarnadas en muchos aspectos que las anteriores. Pero en esto consistía —y sigue consistiendo— el poder efectivo de una sociedad; y este es el poder real que el Estado continúa velando para que se mantenga. En esto, al parecer, somos todos nosotros muy conservadores: mantenemos un sistema político vinculado a uno económico que es, en aspectos esenciales, igual desde hace 5.000 años. Parece que hemos dado por sentado que esto no se puede o no se debe cambiar. De esto ya ni siquiera se puede hablar.

    No vamos a negar que se han realizado progresos desde la Revolución Francesa, pero no nos engañemos: esos no son méritos atribuibles a la burguesía, ni a su sistema político; son aspiraciones que nos pertenecen en tanto que seres humanos, y que, por tanto, podemos encontrar en sociedades muy distintas. Y son, además, logros y conquistas que, las más de las veces, se han realizado a pesar de la propia burguesía, cuyas reales aspiraciones de igualdad fueron, salvo unas pocas excepciones, limitadas. Hay, pues, quién lo duda, aspectos universales, y por tanto aprovechables, en el régimen democrático. Pero no debemos caer en el error de atribuirlas al propio régimen político, sino al desarrollo de nuestra propia humanidad. Recordemos, a este respecto, que Platón, ya en la antigüedad, reivindicó en algunos aspectos la igualdad de la mujer. Aspiraciones de igualdad se han dado en grupos disidentes desde siempre. Recordemos, en cambio, que hasta 1971 las mujeres no tuvieron en Suiza derecho al voto, cuando, sin embargo, sí lo adquirieron ya en la República Democrática de Azerbaiyán en 1918. ¡Qué paradojas!

    Ahora mismo queda claro que las llamadas reglas de juego democráticas se utilizan, y si hacen falta regresiones, se hacen. Y esto no está ocurriendo solo en España. Se está haciendo en todo el mundo, porque las actuales reglas políticas ya no les sirven, y no les sirven porque su economía no funciona. Nos encontramos, pues, con unas fuerzas políticas que pertenecen cada vez más al pasado: formas de expresión política, de opresión política, que no nos resultan ya tan “posmodernas”. Que huelen cada vez más a rancio.


    No debemos pensar, sin embargo, que el problema consiste en que los que están al frente del poder político o económico no son lo suficientemente honrados; esto es, que basta más honradez para que las cosas funcionen como deben funcionar. Además, existe una idea, muy extendida entre la izquierda, de que la única responsable de la actual situación es una élite financiero-bancaria. Ella sería, junto con una “casta” política, también reducida, la responsable de todos los desastres que padecemos. Sin embargo, puede afirmarse que todo aquel que posee un determinado nivel de bienes que es necesario para la vida de los otros es ya parte del sistema. Y estos son unos cuantos, sí: unos cuantos millones, que están interesados, de una u otra manera, en el mantenimiento del sistema. En un artículo sobre la influencia de la clase media alta en la vida política estadounidense, Richard V. Reeves afirmaba que «con frecuencia, los detractores más vehementes del pequeño club encaramado a la cumbre de la pirámide pertenecen a las clases sociales más próximas a este: más de una tercera parte de los manifestantes que acudieron el 1 de mayo de 2012 al llamamiento del movimiento Occupy Wall Street disponía de unos ingresos anuales superiores a 100 000 dólares.» No seamos, pues, ingenuos: no se trata de “cuatro sinvergüenzas”. Si así fuera, no existirían tantas resistencias al cambio. 

    Estamos, pues, lidiando —y también sustentando— con toda una clase social que ya no cree en su propio sistema. Es por ello que, cuando hace falta, se alía con quien sea. En Chile, Salvador Allende quiso respetar las reglas del juego. ¿Qué le pasó? Que lo echaron, a pesar de que fue impecable: escrupuloso con las reglas de juego del sistema. Porque esas reglas de juego no pueden cambiarse, no nos engañemos, desde dentro del sistema mismo, utilizando esas mismas reglas: están indefectiblemente trucadas. El historiador británico Mark Curtis lo ha mostrado en un libro en el que pone al descubierto la total connivencia del gobierno y los empresarios británicos con la sangrienta Junta Militar chilena que aplastó el gobierno de Unidad Popular elegido democráticamente. El cinismo que muestran es tal que todavía nos pone los pelos de punta. El entonces ministro británico de asuntos exteriores afirmó, por ejemplo:

   «“Para los intereses británicos [...] no hay duda de que Chile bajo las órdenes de la Junta ofrece mejores perspectivas que el caótico camino de Allende hacia el socialismo; nuestras inversiones deberían mejorar, nuestros préstamos se podrán reprogramar satisfactoriamente y los créditos a la exportación se podrán retomar más adelante, y el estratosférico precio del cobre (importante para nosotros) debería caer cuando se restablezca la producción chilena”.»

     Y continúa el autor: «Todo esto se hizo en un contexto en el que los estrategas británicos reconocían inequívocamente que “la tortura continúa en Chile” y que “los nuevos líderes al parecer tienen tendencias cuasi fascistas”.» Y ellos mismos concluían que una de las desventajas del éxito del golpe militar iba a ser que se desconfiaría de las vías democráticas para lograr un cambio social en Latinoamérica. Sin embargo, a pesar de sus propias confesiones, nosotros seguimos ciegamente confiando en sus propias reglas de juego.

   Más ejemplos: Ya en 1823, la propia Inglaterra ayudó a financiar a los Cien Mil Hijos de San Luis para acabar con una experiencia liberal en España y restablecer el absolutismo, que entonces le era más propicio. Gran Bretaña, como Holanda, Bélgica o Francia han sido sostenes de imperios coloniales donde nunca se concibió conceder derechos democráticos a las naciones sometidas. Mucho más adelante, los países democráticos contribuyeron a sostener el régimen del apartheid en Sudáfrica, y solo cuando cayó el “otro régimen”, a partir de 1989, y ya que habían disminuido significativamente los riesgos de verdadero cambio social, se empezó a negociar el cambio de sistema, esta vez creando una elite negra privilegiada y enriquecida que ayudara a mantener un sistema crónico de desigualdades. Estados Unidos, paradigma del régimen democrático occidental, ha contribuido a mantener e imponer más dictaduras y sistemas corruptos y sanguinarios que ningún otro país de la historia. ¿Por qué no vinculamos un sistema político con los resultados que produce?

    Y aquí aparece a su vez otra paradoja: quien más ha negado la existencia de formas sociales eternas, que no ha sido otra que la izquierda, es la que más ha afirmado como eternas, precisamente, las formas políticas nacidas en 1789. Si tanto decimos que todo cambia, ¿por qué afirmamos que un determinado orden político es válido para todos los cambios? En otras palabras: nos hemos vuelto conservadores, y parece que todo es relativo menos lo que nos interesa. 

    Podemos afirmar, por tanto, que la izquierda hoy no tiene proyecto propio, sino que ha tomado el de la burguesía; porque su proyecto social no hace mucho era bien diferente: el referente de transformación no era el individuo abstracto, sino los trabajadores y trabajadoras y el Trabajo mismo. Un trabajador colectivo que debe ser, además, el máximo exponente de la realización en el trabajo: esto es, no nos vale cualquier trabajo. Nos falta, pues, el proyecto político propio de la sociedad del trabajo libre y creador. Ese debe ser nuestro propio proyecto político. Parece que hemos renunciado a él porque esta economía produce mucho, dejándonos, así, limitar por una economía que produce guerras. Efectivamente, vivimos en una economía de guerra permanente, que no ha hecho sino producirlas desde su creación, incluyendo las dos grandes guerras mundiales, que fueron hijas suyas. 

   Si el modelo de la izquierda actual supone hacer más justicia social dentro del modelo político del régimen del 89 y del modelo económico que le es propio, es que le falta su propio modelo social. Corremos el peligro de querer vivificar una momia, y hemos olvidado, además, que Estado del bienestar que tanto defendemos no fue sino el resultado de un pacto interclasista que nace de la crisis del 29, de la Segunda Guerra Mundial y de la amenaza del comunismo. Desde el momento en que la alternativa al capitalismo se debilitó, a partir de los años 70, el Estado del bienestar empezó a aparecer como un estorbo sobre todo para la clase propietaria, y empezó a denunciarse porque significaba detraer recursos para la inversión.

   Así pues, desde que nació el sistema político democrático estamos viendo su subordinación a la economía: no se trata, pues, de un rasgo característico propio de la etapa neoliberal, sino del sistema capitalístico-democrático mismo. En un determinado momento de su historia, al capitalismo le vienen, como anillo al dedo, unas formas políticas democráticas, y la economía capitalista las ha venido utilizando desde hace al menos dos siglos como su mejor forma de legitimación. Sin embargo, cuando no ha interesado, no se han exportado esas formas políticas, sino solo las económicas, porque siempre, a corto y a medio plazo, las formas políticas están al servicio de las económicas. Por eso lo que hemos venido llamando el “mundo libre”, que anda siempre rasgándose las vestiduras, apoya, por ejemplo, la dictadura de Al-Sisi en Egipto, o ha financiado y continúa financiando al yihadismo —en Afganistán, en Libia, en Siria…—. Hemos destruidos regímenes laicos (supuestamente más cercanos a nuestra sensibilidad democrática), siempre que nos ha hecho falta. Y por ello también toda América Latina, durante décadas, ha sido frustrada en el desarrollo de su organización política, porque se trata de un sistema de intereses económicos de clase, vinculados a los políticos. Y todo esto no ha sido gracias únicamente a cuatro políticos: sino a una base social muy amplia, con mucho poder, interesada en que esto sea así. Convendría no olvidarlo si no queremos caer en un populismo fácil que se ponga una venda en los ojos ante los “intereses reales” de mucha gente. Con ello seguiremos posponiendo nuestro proyecto real: la construcción de una sociedad nueva, sin privilegios, sin clases, en la que no tenga que mendigarse por lo que es nuestro en tanto que seres humanos: el trabajo que nos corresponde para construir un mundo que, verdaderamente, nos pertenezca.



miércoles, 13 de julio de 2022

LA "IZQUIERDA" POSMODERNA Y EL NUEVO CONCEPTO ESTRATÉGICO DE LA OTAN

A continuación reproducimos el artículo de Encarnación Almansa publicado por Canarias Semanal en el siguiente enlace: https://canarias-semanal.org/art/32962/la-izquierda-postmoderna-y-el-nuevo-concepto-estrategico-de-la-otan

Desde los años 70 del siglo XX, una de las principales consignas en Europa y EEUU dentro de los círculos de la izquierda fue la de la eliminación de las definiciones como elementos descriptivos de la esencia de las cosas o los fenómenos, tanto materiales como de carácter intelectual, espiritual o científico. El predominio de las corrientes posmodernas en las universidades y en la intelectualidad progresista tuvo como consecuencia la relativización de los valores, la historia o, en definitiva, todo aquello que se consideraba como verdadero. La historia se convirtió en un relato, la justicia en una convención, la psicología en comportamiento reactivo, la espiritualidad en una elección limitada al ámbito privado, etc. 




Como viene sucediendo a lo largo de nuestro cambiante mundo occidental, la población más alejada de los movimientos intelectuales (lo que se ha denominado clase trabajadora desde el marxismo) ha ido impregnándose de estos elementos ideológicos sin tomar conciencia de ello, sin darse cuenta de que iba asimilando axiomas posmodernos (porque el posmodernismo también tiene axiomas, aunque repudie lo incuestionable) tales como la idea de que la utopía es solo un horizonte o que los derechos humanos son el resultado de un consenso. No obstante, la falta de criterio filosófico impedía la percepción de la evidente contradicción de que, simultáneamente, se establecían principios irrenunciables y completamente alejados del relativismo: la igualdad entre razas y entre el hombre y la mujer, el derecho a la participación en la política de todas las clases sociales, el rechazo a los denominados totalitarismos, la lucha contra la violencia machista, el respeto a la naturaleza, etc.

 Finalmente, como máxima expresión de esta asunción inconsciente de los principios posmodernos, entre todos los géneros, razas, clases o corrientes políticas se instaló un axioma -o verdad absoluta- que se ha extendido como tópico vestido de sabiduría a través de la sentencia de que “todo es relativo”. Por supuesto sin el más mínimo cuestionamiento de lo que significa y de lo que implica, así como de que nunca lo ponemos en práctica con todas sus consecuencias. Con ello, la izquierda occidental destruyó piedra a piedra todas sus murallas defensivas repudiando la defensa de los grandes valores propiamente humanos y la construcción de un mundo acorde con los mismos. La más mínima definición de una nueva sociedad diferente a la capitalista fue considerada como sospechosa de totalitaria o, como mucho, quedó limitada a la vuelta a un pasado idealizado (el pasado reciente del Estado del Bienestar en los EEUU y Europa o el vinculado a las comunidades originarias de Latinoamérica o África). 

Mientras tanto, las élites capitalistas se frotaban las manos contemplando cómo cualquier intento de transformación se disolvía en el mundo líquido, entre interminables discusiones que nada tenían que envidiar a las de la escolástica. Puesto que no hay nada definitivo, la reivindicación de justicia se transformó en la aplicación de las justicias (nacionales o internacionales), la praxis revolucionaria en participación asamblearia de barrio, el establecimiento de una calidad de vida universal e igualitaria en reivindicaciones culturales.

El dominio ideológico del posmodernismo ha tenido como consecuencia, además, la inclusión del individualismo burgués en todos los antiguos conceptos propios de la izquierda revolucionaria. Como consecuencia, la fraternidad se ha eliminado de su discurso, de tal manera que la soberanía se ha convertido en la capacidad de un país de competir con los demás sin injerencias externas y en la reivindicación de las fronteras políticas, la lucha de clases en la posibilidad de ascender socialmente, la revolución en la creación de una clase media con capacidad de consumo como paso imprescindible al socialismo, el internacionalismo en la protesta únicamente por el peligro que nos supone la presencia de bases en territorio nacional. Ahora, como último giro de guion, los autoproclamados legítimos representantes de esta corriente convierten la seguridad en militarismo, alegando como único inconveniente cuestiones puramente presupuestarias. 

En definitiva, a la vez que la izquierda ha repudiado cualquier concepto, hemos venido viviendo la inclusión en los movimientos progresistas, de forma cada vez más acelerada e incluso agresiva, de los conceptos que el capitalismo ha considerado más adecuados para su reproducción. Ya no solo aceptamos como parte de nuestro vocabulario más común “mercado laboral”, “salario mínimo'' o “capital humano”, sino que, como manifestación evidente de esta vergonzosa genuflexión al pensamiento capitalista, ahora incluimos el de guerra preventiva y concepto estratégico. 

Muchos de aquellos que enviaban a la hoguera a los que proponían la delimitación de un concepto para avanzar hacia una praxis transformadora, ahora aplauden el nuevo lema. Mientras, la izquierda se mantiene en su círculo vicioso de puntuales protestas y rabietas de impotencia, aunque sin ofrecer la necesaria ofensiva que necesitan las bases para ilusionarse e implicarse en un proyecto político transformador y superador. De forma similar a como un pensamiento obsesivo y destructivo mantiene en la inacción a la víctima de una neurosis o un complejo de culpa, cualquier proposición constructiva se enfrenta a la acusación de utópica, idealista o totalitaria, así como al imperativo de que la única solución es salir a la calle a protestar y exigir. Pero el exigir a las élites las legitima como tales, y así nos va. 

Por tanto, es necesario tomar conciencia de que la solución no pasa por un frente en el que se sume de tal manera que cada cual mantenga su bandera y su exigencia particular, unificada con el fin de aunar el voto, sino por la elaboración de un programa común de oposición frontal que se apoye en los valores universales humanos y naturales, extrayendo de ellos una praxis consecuente con los mismos y rechazando de pleno los compromisos electoralistas. Es lo que ansiamos los que nos mantenemos observadores, expectantes y deseosos de un discurso sin miedo a los conceptos claros.

lunes, 14 de marzo de 2022

CONFERENCIA SOBRE ECONOMÍA MARXISTA, PLANIFICACIÓN Y MERCADO

El pasado día 21 de febrero tuvo lugar la conferencia sobre Economía marxista, planificación y mercado, dentro del Seminario permanente para la creación del comunismo que organiza la asociación Internacionalistas Córdoba en el Círculo Cultural Juan 23 de Córdoba. La presentación estuvo a cargo de Francisco Almansa, filósofo e investigador de la economía, la presentación de la cual ofrecemos aquí:

lunes, 21 de febrero de 2022

Charla debate sobre Internacionalismo

El pasado día 20 de enero tuvo lugar el acto de presentación de Internacionalistas Córdoba en el Círculo Cultural Juan 23 de Córdoba. La presentación estuvo a cargo de Francisco Almansa, filósofo, la presentación de la cual ofrecemos aquí:

lunes, 17 de febrero de 2020

IRÁN Y EL PUEBLO ESTADOUNIDENSE

Compartimos el siguiente artículo aparecido en la revista paradigmamedia.com en el siguiente enlace: https://paradigmamedia.org/la-voz-de-la-ciudadania-iran-y-el-pueblo-estadounidense/. 

Mucho se está conjeturando acerca del asesinato terrorista, por parte del gobierno de los EE.UU, del general iraní Soleimani, comandante de Quds -fuerza élite de la Guardia Revolucionaria- y una de las figuras con mayor liderazgo en la lucha contra el yihadismo en Iraq y Siria. Podemos encontrar, según numerosos artículos, indicios de colaboración israelí e, igualmente, evidencias de una presión por parte de este país para llevar a cabo el atentado. Igualmente, se vincula a una intención de debilitar una creciente influencia de Irán en todo el devastado Oriente Medio, con el fin de mantener el libre saqueo de sus recursos por parte de la potencia norteamericana y su más fiel aliado sionista. Asimismo, encontramos referencias a una amenaza frente al acercamiento entre Irán y China -llevado a cabo a través de recientes acuerdos comerciales sobre el crudo iraní y su traslado a través de la Ruta de la Seda que, poco a poco, va tejiendo el gigante asiático a lo largo de los cinco continentes-. Rusia tampoco queda al margen en este complicado entramado por su cercanía geográfica y sus comunes intereses económicos y geoestratégicos, de la misma manera que la UE -a pesar del aparente apoyo rotundo de París- no puede sino temer un enfrentamiento abierto entre EE.UU. e Irán que eleve el precio del crudo y dificulte todavía más los acuerdos comerciales que mantienen con los persas.
Todo este tablero de ajedrez nos proporciona, una vez más, un escenario que evidencia una situación en la que todos pueden ser aliados y, al mismo tiempo, enemigos; donde los frentes de lucha están totalmente diluidos y las alianzas se tienden en función del momento o del espacio geográfico. De hecho, el mismo Soleimani -nada sospechoso de ser amigo de los norteamericanos-se desplazaba incluso por territorio controlado por los EE.UU. hasta poco antes de su asesinato, a pesar de que el embargo y las sanciones a Irán, así como la estrategia militar estadounidense en Oriente Medio, dejan claro una política hostil hacia su país.
Aun así, y dentro de todo este espacio de conjeturas en la que nos encontramos, hemos podido escuchar una que, a mi parecer, es la más estremecedora. Se trata de la que vincula el atentado con el calendario electoral de los EE.UU. y, según la cual, la proximidad de las elecciones obliga a iniciar una contienda en territorio extranjero para mejorar los resultados en los comicios. Esta “campaña en torno a la bandera” ha venido siendo una estrategia ya enunciada frecuentemente cada vez que el gobierno de turno comienza o aumenta una agresión bélica y, a pesar de que se comenta únicamente como parte del juego entre candidatos presidenciales, no puede sino mostrarnos un escenario absolutamente terrorífico: el hecho de que el enemigo, en este caso, no sea el gobierno de un país imperialista, sino el pueblo que lo vota y que pide sangre para ello. De hecho, si muchos de los representantes demócratas se presentan en estos momentos como contrarios a iniciar una guerra con Irán cuando, anteriormente, se mostraron enormemente beligerantes y aceptaron pruebas irrisorias para comenzar invasiones como la de Afganistán, esto no nos hace pensar sino que la actual oposición interna no es sino una estrategia electoral más .
En este sentido, podemos incluso escuchar comentarios en torno a la táctica más acertada que debería llevar Trump, a partir de ahora, para beneficiarse electoralmente de este ajusticiamiento extrajudicial en suelo extranjero. La mayor parte de los análisis al respecto no hacen mención a que el método es más propio de un matón (cobarde, por añadidura, por cuanto se realiza desde la distancia) que de un Estado de Derecho al que dicen pertenecer, y que anula por completo cualquier garantía de justicia en gran parte del planeta por la presencia de sus bases y, por tanto, de una pista de despegue de sus drones. Tampoco se plantea, ni mucho menos, que Trump tenga que responder ante un tribunal internacional si, de hecho, este acto de guerra ha sido cometido sin más justificación que el interés partidista. Por lo visto, la mayoría del pueblo estadounidense acepta sin reparos que cualquiera que pueda ser sospechoso de constituir una amenaza para su país, se encuentre donde se encuentre e independientemente de su sometimiento a un juicio justo, puede ser inmediatamente aniquilado. Esto, si no fuera porque se trata del pueblo de los EE.UU., tan ensalzado por Hollywood en nuestras pantallas y tal elogiado por nuestros intelectuales como el que nos tiene que dar lecciones de democracia, sería considerado como propio de un estado enfermo, decadente y sanguinario. Yo diría, más bien, de una población reprimida, pues la ausencia del sentimiento fraternal que nos caracteriza como seres humanos es una de las peores represiones y, a la vez, de las más enmascaradas que lleva a cabo este sistema.
 
Manifestación en Iran el 3 de enero por el asesinato de Qasem Soleimani. Autor: Fars Fotógrafos
Ante esta situación, independientemente del país donde tenga lugar tal estado de opinión, no podemos dejar de plantearnos si se puede legitimar sin más una decisión electoral que pide violencia sobradamente injustificada y que está llevada a cabo, de forma evidente, bajo tal estado de alienación, simplemente porque se tata de la “decisión” del pueblo. Y es que tenemos que tener en cuenta que dicho pueblo se encuentra, por añadidura, en una situación de vulnerabilidad que obliga al 15% de la población a vivir de los bonos de alimentos, con un salario mínimo congelado desde hace 10 años que asciende a 7,25 dólares la hora y, según un informe de la ONU, con una masa de 40 millones de pobres (de los cuales 18,5 viven en pobreza extrema y más de 5,3 en condiciones extremas propias del Tercer Mundo). Está claro que no son precisamente estas bocas las que claman por una guerra, sino una clase media temerosa de perder su nivel de vida ante tal panorama, pero lo cierto es que, se exija lo que se exija, cualquier cosa parece poder presentarse ante una campaña electoral sin que nos cause más allá de una cierta perplejidad.
Esta situación no implica otra cosa que el hecho de que, para detener la máquina bélica de la principal potencia imperialista, es necesario un verdadero giro ideológico y de sentimientos en la población del que viene siendo el país con más guerras a sus espaldas. De hecho, podríamos decir que esta manera de conseguir la victoria electoral no es ni siquiera la más cómoda para la élite estadounidense, auténtica culpable de esta política imperialista -puesto que la clase media, en definitiva, no aspira sino a emular a una clase alta y, en concreto, a su insostenible modo de vida-. Para dicha élite sería mucho más efectivo -y barato- que el ejército de los EE.UU. pudiera actuar a sus anchas en función de las necesidades que tuviera en cada momento para defender sus intereses, sin tener que sobreactuar en función al estado de opinión. Pero el voto obliga, y la constante estrategia del miedo ejercida sobre la población, con el fin de conservar una “cohesión social” que deje las manos libres para aumentar lo máximo posible el capital a cualquier precio, ha convertido en necesario presentar un bombardeo en horario de máxima audiencia, o bien una serie de muertos que garanticen la seguridad de su modo de vida. Y es que lo anterior no esconde, por desgracia, sino un sentimiento más o menos consciente de que sus vidas requieren del esfuerzo y sacrificio de la inmensa mayoría de la población mundial. Véase, si no, el paradigmático discurso, en octubre de 2001, del secretario de Defensa Donald Rumsfeld a las tripulaciones de un grupo de bombarderos: “Tenemos dos opciones. O cambiamos la forma en que vivimos o cambiamos la forma en la que viven los otros. Hemos escogido esta última opción. Y sois vosotros los que nos ayudaréis a alcanzar este objetivo”1. En esto, y no en otra cosa, ha consistido el “modo de vida americano” -y también, por cierto, el “Estado de Bienestar” en general, tan defendido por la socialdemocracia, el cual igualmente ignoraba la falta de bienestar en otros países-.
Por tanto, podríamos decir que la resistencia y la lucha antiimperialista se encuentra ante un enemigo que, en muchos casos, no sabe realmente que lo es, pues se trata de una población que vive enfrascada en el mantenimiento de un modo de vida totalmente alienado de su naturaleza fraternal, insostenible ecológicamente y socialmente injusto. Ello nos da una pista de que el próximo campo de batalla no será únicamente militar sino, fundamentalmente, de ideas y sentimientos. ¿Cómo, si no, acceder a esta clase media que no se siente responsable en absoluto de lo que vota, cuando sus decisiones provocan guerras y hambre?
Encarnación Almansa es miembro de la Asociación Aletheia y del Frente Antiimperialista Internacionalista.
1Citado por J. Fontana en su libro Por el bien del imperio.

jueves, 23 de mayo de 2019

EL CAPITALISMO SE DEVORA A SÍ MISMO


Transcribimos el artículo de nuestra compañera Encarnación Almansa publicado en la revista Paradigma el 9 de mayo de 2019 (https://paradigmamedia.org/el-capitalismo-se-devora-a-si-mismo/)

El 28 de abril de 1965, las tropas de EEUU entraron en Santo Domingo (República Dominicana), dentro de la denominada Operación Power Pack, para apoyar a los golpistas que, dos años antes, habían instaurado un nuevo régimen de terror tras un brevísimo paréntesis democrático que había sucedido a la dictadura de Trujillo. Sin disimulo, Lyndon B. Johnson declararía que no iba a permitir una nueva Cuba en el Caribe. Dos días después de la intervención norteamericana, en una reunión de la OEA en Washington, se aprobó que las tropas estadounidenses allí destinadas iban a pasar a considerarse como “interamericanas”. Tras una solución “negociada” (si puede considerarse una negociación en tal situación de diferencia de poder), se estableció un gobierno títere elegido en unas elecciones, con lo que la operación del imperio quedó limpiamente cerrada y legitimada por las normas internacionales del sistema.

El 20 de diciembre de 1989, unos 26.000 soldados norteamericanos entraron en Panamá, según el presidente George Bush para defender a los ciudadanos norteamericanos, llevar al general Noriega frente a la justicia norteamericana por narcotráfico e instaurar en el país un régimen democrático. En esta ocasión la operación recibió el nombre nada menos que de Causa Justa. Hace poco vio la luz un Memorandum secreto-sensitivo del Consejo de Seguridad Nacional redactado en abril de ese año, en el que se incluía otra motivación menos confesable: acabar con las negociaciones entre Noriega y Japón en relación a la ampliación del Canal de Panamá. Las cifras de muertos de la operación oscilan según las fuentes, pero la mayoría la sitúa entre los 3000 y los 6000. La ocupación estadounidense se prolongó durante dos años y, de hecho, el presidente electo tras unas elecciones tomó posesión de su cargo en una base estadounidense.

Ejemplos como estos podemos encontrarlos en África, en la práctica totalidad del territorio de Centroamérica y Sudamérica y, en la actualidad, en el devastado Oriente Medio. Incluso Europa ha vivido una situación similar en la antigua Yugoslavia con la intervención de la OTAN en la Guerra de los Balcanes. No obstante, tras la situación con el último fallido golpe en Venezuela, parece que no son tan fáciles ya las impunes invasiones militares estadounidenses en Latinoamérica para ordenar el territorio a su antojo. Si bien es cierto que mantiene el control político de gran parte del continente Sur americano a través de vías electorales (no olvidemos que el imperio no necesita siempre la opción militar para mantener sus tentáculos, pues, en muchos casos, es la misma ciudadanía la que lo vota) y que la amenaza de invasión militar parece mantenerse sobre la mesa cuando el resultado electoral no satisface a la Casa Blanca, parece que sus estrategias desestabilizadoras no acaban de cuajar, en parte por no contar con el apoyo esperado y en parte, también, por chapuceras. Ya se pudo ver algo en Turquía (hay sospechas de que el fallido golpe de estado de 2016 contra Erdogán partió de una base estadounidense) y, ahora, tras las fracasadas maniobras desestabilizadoras en Nicaragua, nos encontramos con el esperpéntico personaje de Guaidó como instrumento para destruir algo tan sólido como es el movimiento bolivariano en Venezuela.

Esto no significa que la amenaza sea menor, ni mucho menos, sino que nos encontramos frente a un imperio en decadencia que trata de mantener su hegemonía de forma cada vez más infructuosa, aunque no por ello menos agresiva. Tras dejar Oriente Medio en estado de devastación absoluta pero sin haber conseguido dominar el territorio, dirigen ahora su mirada de nuevo a su patio trasero con métodos quizá menos tajantes (a día de hoy, pues es plausible una intervención en un futuro próximo) pero igualmente evidentes. Sin embargo, podemos comprobar cómo EEUU ya no cuenta con el mismo apoyo incondicional de la comunidad política internacional, y ello se manifiesta en la incapacidad para controlar las situaciones tal y como venía haciéndolo, es decir, instaurando a su antojo dictaduras o democracias serviles en los países que osaban desafiar en lo más mínimo sus intereses. Por supuesto que en la historia de la hegemonía estadounidense ha habido territorios inconquistables, tales como Cuba o como fue Vietnam, pero ahora parece que el Pentágono cosecha más fracasos que victorias. Y una de las principales causas de ello, además de la pérdida de poder en el balance de la economía mundial por el surgimiento de potencias rivales, es la fractura dentro del bloque capitalista, perceptible ya incluso a nivel político (por supuesto, con intereses económicos contrapuestos como telón de fondo).


En realidad, el capitalismo ha permanecido unido solo en parte durante la Guerra Fría. Fue la amenaza de un contagio del socialismo en el bloque capitalista lo que obligó a enterrar las contradicciones entre potencias para dirigir sus fuerzas a neutralizar o destruir el temido “efecto dominó”. No podemos olvidar que, a pesar de la enorme inyección de dinero que supuso el Plan Marshall en Europa tras la Segunda Guerra Mundial y el generoso tratamiento de la deuda de la RFA, la RDA mantuvo desde 1965 hasta los años 80 un crecimiento del PIB mayor que el de su vecino occidental. El 32% del parlamento era femenino y la participación de la mujer en la vida laboral llegó incluso a ser mayor que el masculino, algo impensable en muchos países capitalistas. Tampoco podemos olvidar que hasta 1989, ningún país del Este tenía necesidad de establecer prestaciones por desempleo. Hungría fue el primer país en necesitarlo en ese año; a mediados de los 90, ya contaba con un nivel de más del 12% de desempleados, alcanzando el 25% en algunas regiones. 

Los logros sociales y el crecimiento económico de algunos países del Este provocaron que Europa occidental y EEUU tuvieran que desarrollar lo que después vino a denominarse como “Estado de Bienestar”, de tal manera que, convirtiendo a la clase trabajadora de estos países en consumidores, neutralizaron los movimientos obreros aspirantes a un cambio de sistema. El Estado del Bienestar ha sido presentado históricamente como un triunfo de la socialdemocracia y de la economía keynesiana, de ahí que sus herederos insistan en volver a estas políticas, escondiendo que se basaron fundamentalmente en un consumo y un desarrollo productivo insostenible e irracional, así como en el apoyo incondicional a las políticas militaristas e imperialistas que suministraron mano de obra y materias primas a bajo precio a las clases medias de occidente. Podríamos decir que su verdadero logro fue permitir esconder y postergar las contradicciones inevitables del capitalismo, así como que su corta vida fue la cara amable de la hipertrofia de la gran superpotencia que aspiraba a acabar con cualquier iniciativa disidente.

Con la caída del muro, muchos intelectuales conservadores y “progresistas” consideraron que viviríamos el triunfo definitivo del capitalismo en todo el planeta. No obstante, tras la desaparición del enemigo, además de vivir una de las más agresivas y duraderas crisis económicas del sistema, las tensiones en su seno no han hecho más que crecer, de manera que en la actualidad nos encontramos, paradójicamente, en una situación que recuerda a la previa a las dos guerras mundiales, donde no se sufrió un enfrentamiento entre el capitalismo y los aspirantes al comunismo, sino entre las mismas potencias capitalistas.

En primer lugar, nos encontramos una guerra económica de consecuencias todavía impredecibles. China y Rusia, como potencias económicas capitalistas que son en la actualidad, han empleando muchos de los subterfugios económicos anteriormente utilizados por sus enemigos occidentales: mano de obra barata, cambio de valor de las monedas, paraísos fiscales, compra y venta de deuda, mecanismos propios de transacción internacional, etc. No obstante, podemos decir que, de momento, no emplean la vía militar para conseguir sus objetivos y que China, conservando gran parte de control estatal en sus empresas, nos va presentando un sistema económico de deriva desconocida todavía. Estas dos nuevas potencias han ido creando zonas de expansión económica que han provocado, a su vez, movimientos militares por parte de EEUU para tratar de mantener el control de zonas anteriormente al servicio de sus intereses. Esto está siendo evidente en África, donde gran cantidad de recursos han pasado a manos chinas tras acuerdos con países como Nigeria o Sudán. La Ruta de la Seda avanza silenciosa pero implacablemente incluso por Europa y es muy dudoso que esta situación sea pacíficamente aceptada por los magnates estadounidenses de forma indefinida.

Pero las más paradójicas tensiones se están viviendo, en la actualidad, entre los mismos miembros de la OTAN. La amenaza de aranceles se encuentra constantemente sobre la mesa, a la vez que la UE se ha atrevido a multas históricas a grandes multinacionales estadounidenses por violación de la ley antimonopolio. Alemania, por su parte, ha apostado por abastecerse del gas ruso y no acepta las críticas del gobierno de Trump, apelando a su soberanía económica y provocando la ira, incluso, de países potencialmente socios en territorios cercanos, como Polonia o Ucrania (fieles vasallos de EEUU en Europa). El gasoducto Nordstream 2, cuyo proyecto fue iniciado por el excanciller alemán Schröder (actualmente presidente de una petrolera estatal rusa…) evitará su paso por los países del Este de Europa y se construye por el Mar Báltico.

Por su parte, Turquía se enfrenta de forma cada vez más evidente a EEUU dentro y fuera del territorio sirio. El gobierno estadounidense se apoya en las YPG kurdas (escindidas del PKK), las cuales, junto a otros grupos rebeldes, forman las Fuerzas Democráticas Sirias, algo que no es admitido por Turquía. En junio de 2018, ambas potencias tuvieron que alcanzar un acuerdo en Alemania, donde EEUU ordenó a las YPG que se retiraran de la recién conquistada ciudad de Manjib para que fuera nuevamente tomada por las fuerzas turcas. En enero de 2019, Trump amenazó con devastar económicamente Turquía si atacaba a los kurdos (a los kurdos de Siria, por supuesto, ya que los que viven en territorio turco han sido y siguen siendo invisibles para la comunidad internacional), y la reciente compra de sistemas de defensa antiaéreos rusos por parte del país asiático ha creado una nueva escalada de tensión diplomática de derroteros inciertos.

Por su parte, en Libia no se dirime únicamente una lucha entre fuerzas locales, tal y como nos quieren hacer creer, sino que también se enfrentan intereses de EEUU y algunos países europeos. El gobierno de Trípoli es reconocido por la ONU y por países como EEUU e Italia, junto con Turquía y Qatar, por su implicación en tratar de evitar la salida de los refugiados del país, mientras que el gobierno de Haftar (que controla la mayor parte del país y que actualmente lucha por el control de Trípoli) cuenta con el apoyo de Arabia Saudí, EAU y Egipto por su oposición a los Hermanos Musulmanes, pero también de Francia y Rusia, los cuales quieren recuperar los lazos comerciales que tenía con Gadafi. Es decir, que en estos momentos, en Trípoli, luchan indirectamente nada menos de EEUU contra Francia.

Toda esta creciente tensión internacional en el seno del capitalismo se implementa con una crisis sin precedentes de las instituciones propias del sistema. No solo se cuestiona la democracia representativa, que ha sido considerada como el sistema universal e incuestionable por la izquierda y por la derecha, sino que los organismos internacionales han perdido la poca credibilidad con la que contaban.

Una decadencia de estas dimensiones es enormemente peligrosa, pues sabemos que el capitalismo derrocha agresividad a todos los niveles: laboral, social, psicológico, militar… Por tanto, el enemigo no es externo. Ni nunca lo fue.



jueves, 4 de abril de 2019

IMPERIALISMO 4G



Venezuela acaba de superar uno de los más peligrosos ataques de su historia. Sumida en la oscuridad durante días, los venezolanos se han enfrentado de manera ejemplar a la falta de agua, de suministro eléctrico y, en definitiva, a la paralización en cuestión de segundos de los principales factores para el funcionamiento de la mayoría del país. Una situación de estas características, con la imposibilidad de conservar alimentos, pagar con tarjeta de crédito o, especialmente, mantener activos hospitales y fuerzas de seguridad, se ha mostrado como un avance de lo que se prevee como la guerra del futuro. Está claro que los bloqueos requieren demasiado tiempo para vencer a una población mayoritariamente convencida de que no quiere caer en manos del imperio estadounidense, lo cual se demostró ya anteriormente en países que han sufrido esta violencia de lesa humanidad, como Cuba, Corea del Norte o Irak (finalmente devastada por vía militar). La maquinaria arrasadora que pretende saquear los recursos de países ricos en materias primas, necesarias para el despilfarro del sistema, no puede esperar tanto, aunque siga empleando este método para socavar la voluntad antes de la definitiva violación.
Imperialismo 4G
Podríamos decir que el capitalismo, tras la caída del bloque del llamado “socialismo real”, ha ido extendiendo sus tentáculos a prácticamente todo el globo. En la actualidad no existe ningún rincón del planeta en el cual no haga presencia su economía. Es cierto que nunca llegó a desarrollarse una economía socialista, pero sí pudimos encontrar gérmenes de la misma en la URSS, a través un intento de extensión progresiva de la planificación desde campo industrial al resto de los sectores económicos. Esto no fue posible por la necesidad de mantener una política defensiva que deformaba desde el principio cualquier intento de planificación, así como por limitaciones ideológicas y teóricas con las que el marxismo continua debatiendo, tales como la economía en la época de transición al comunismo o la teoría del valor. De esta manera, el capitalismo -que también vivió frustraciones y fracasos en su origen- se erige hoy como único referente en el planeta, aun cuando no haya superado ninguna de sus limitaciones (ni ideológicas ni teóricas) y nos muestre únicamente un reguero de destrucción natural, social y de pensamiento como prueba de su triunfo.

En la actualidad, el principal arma del capitalismo es que se desarrolla más allá de lo que podríamos denominar como “internacional”, puesto que cuenta con elementos esenciales para su funcionamiento que se encuentran fuera del mapa político, dentro de lo que podríamos considerar como el terreno de lo “supranacional”. Entre estos elementos se encuentra, fundamentalmente, el capital, el cual no se encuentra sujeto a ninguna frontera y cuya limitación territorial -a través de bloqueos o aranceles- es únicamente un instrumento para boicotear el capital competidor. Se trata de un flujo planetario sin una única lógica global, cuyo movimiento es impredecible relativamente incluso para los que poseen mayor control del mismo, y que permanece desconocido para la inmensa mayoría de la población mundial, la cual sufre no obstante las consecuencias de sus vaivenes. De esta manera, podemos encontrar incluso que el país más endeudado del planeta pueda convertir su propia deuda en la deuda de los habitantes de sus países vasallos y sus neo-colonias. Pues no podemos olvidar que parte de nuestro trabajo diario acaba, indirectamente, en el pago de la inconmensurable deuda de los EEUU, a la manera como las regiones invadidas por el Imperio Romano pagaban sus impuestos a los que contaban con el estatuto de ciudadanos romanos.

Pero los mecanismos de represión del imperio capitalista también podemos decir que, progresivamente, van adquiriendo carácter supranacional. Véase el aumento de ataques cibernéticos, entre los que podemos contar el reciente al núcleo energético de Venezuela. Es el sabotaje “de cuarta generación”, deslocalizado, sin autores materiales claros y, al contrario del antiguo sabotaje como arma de los débiles, una nueva arma de los ricos contra los pobres. Las telecomunicaciones se presentan, igualmente, como el futuro objetivo militar a proteger, teniendo en cuenta que incluso los cables submarinos de comunicación que unen países están ya siendo motivo de debate por su vulnerabilidad. Un solo ataque a los mismos puede dejar incomunicadas grandes regiones durante un lapso considerable de tiempo como para desestabilizar el territorio, mientras tanto, por otras vías. Por no hablar del posible ataque a satélites de comunicaciones, cuya sustitución sería, obviamente, muy complicada.

El nuevo modelo de ejército privado también puede ser considerado como una nueva estrategia supranacional. Mercenarios del mundo se reúnen en diferentes escenarios que han de ser desestabilizados, infiltrados en revoluciones de colores -y, por qué no, guarimbas-, para después pasar al campo puramente militar en el caso de guerra civil. Son ejércitos en la sombra que actúan a las órdenes de alguna potencia, pero también de grandes empresas con intereses en los países agredidos. Academi, tristemente conocida como Blackwater por sus acciones en Irak, puede ser contratada igualmente para una emboscada que para una sesión de tortura. G4S, creada por un empresario danés, es el que cuenta con el mayor número de empleados en el mundo, y ha ejercido su cometido tanto como agencia de seguridad en las Olimpiadas de Londres en 2012 como en los puestos fronterizos de Gaza. Defion Internacional recluta contratistas latinoamericanos y ha enviado a más de 3.000 de ellos a Bagdad. Además de encargarse de las cloacas de la geoestrategia, mueven más de 100.000 millones de dólares en el mundo.

Pero el principal elemento represor supranacional dentro del capitalismo es, sin duda, su dominación ideológica. Se trata de un largo proceso de represión que ha vulnerado gravemente nuestra voluntad, nuestro pensamiento y nuestras emociones a través de elementos mucho más sutiles que los de la mera prohibición: la desmitificación a través del cine y la televisión de los grandes valores universales, por medio de protagonistas “antihéroes” que son modelo para niños y adolescentes, inmaduros, triviales, sin capacidad de sacrificio y actuando únicamente por intereses muy particulares; la consideración de cualquier utopía como irrealizable, cayendo no obstante en la utopía de que este sistema puede ser eterno por ser el mejor de los posibles; la incapacidad para el esfuerzo intelectual, por medio de la simplificación de cualquier contenido a un mínimo de caracteres o a la sucesión rápida de imágenes que eliminan incluso las respiraciones entre frases de los youtubers para que no nos aburramos; el olvido, sin duda intencionado, de los grandes logros de los intentos revolucionarios del siglo XX, de los cuales únicamente queda el mantra de que fueron totalitarios, escondiendo que ya en ellos se logró de forma natural la integración de nacionalidades y la igualdad no únicamente formal de la mujer. Todo ello va provocando una filtración invisible en nuestras emociones, de manera que ya nos encontramos encadenados al capitalismo no únicamente por nuestras convicciones, sino también por elementos mucho más difíciles de controlar: la insatisfacción por la alienación en el trabajo que ha de ser satisfecha a través del consumo, del viajar a bajo costo, de ser felices los fines de semana a cualquier precio; el miedo a ser diferentes, a imaginar escenarios más humanos; la convicción de que estamos solos y que nuestra pertenencia a una comunidad no puede ir más allá de la afición a un equipo de fútbol.

Mientras tanto, el internacionalismo que nació de la identificación con una clase proletaria se ve reducido a una colaboración de resistencia, especialmente económica, para encajar los embites del imperio. Ya no son “los pueblos del mundo” los que se ayudan a través de la movilización masiva y el levantamiento, alimentados por el deseo de luchar juntos contra el imperiarismo capitalista. Ahora, los gobiernos rebeldes luchan por sobrevivir en organismos internacionales del mismo sistema capitalista, exigiendo el cumplimiento de las leyes internacionales también del sistema. Y las nuevas potencias emergentes se enfrentan a la antigua hegemonía estadounidense a través de su propio lenguaje económico, tratando de abrirse camino por medio de la compra de deuda, de las fluctuaciones en el valor de las monedas, de la oferta y la demanda de las materias primas, de la producción a bajo coste.

No obstante, el sentimiento de clase puede decirse que fue un elemento supranacional anterior a los que ahora nos presenta el sistema. El hermanamiento internacional fue mucho más allá del mero sentimiento patrio, ahora tan necesario frente a las agresiones como las que sufre Venezuela. Por ello, la actual emergencia nacional no puede dejar de teñirse de internacionalismo e, incluso, de algo de ese supranacionalismo que ahora nos ha arrebatado el capitalismo. La defensa de Venezuela es la defensa de la dignidad más allá de sus fronteras, de la idea de que, o socialismo, o barbarie.


Encarnación Almansa Pérez es miembro del Frente Antiimperialista Internacionalista y de la Asociación Aletheia de Córdoba.

Foto de cabecera: Caracas, desde Palo Verde el pasado 12 de marzo. @llegolahoraya.

Artículo publicado en la Revista Paradigma el 18 de marzo de 2019.

sábado, 13 de febrero de 2016

WISTON CHURCHILL Y LAS "TRIBUS INCIVILIZADAS"

El que reproducimos a continuación es un texto extraído de un libro de entrevistas a Noam Chomsky: La era Obama y otros escritos sobre el imperio de la fuerza. En él aparece un notable pasaje histórico que, como él mismo dice, no aparece nunca en los libros de historia, y que vincula estrechamente la política británica con el imperialismo de naturaleza racista. Es éste:


Winston Churchill (1874-1965)


«Tomemos el ejemplo de los kurdos. ¿Qué hicieron los británicos con los kurdos? He aquí una pequeña lección de historia que no se enseña en las escuelas inglesas, pero que conocemos gracias a documentos desclasificados. El Reino Unido había sido la potencia dominante del mundo, pero la primera guerra mundial debilitó su poderío. Cuando se examinan los documentos internos secretos, se descubre que después de la guerra los británicos estuvieron debatiendo cómo iban a continuar gobernando Asia ahora que no tenían fuerzas militares suficientes para ocuparla realmente.

           La propuesta era optar por el poderío aéreo. La fuerza aérea era entonces algo incipiente, surgido a finales de la primera guerra mundial. Y la idea era usar la fuerza aérea para atacar a la población civil. Se les ocurrió que sería una buena forma de reducir costos de aplastar a los bárbaros. Winston Churchill, que entonces era ministro para las colonias, pensó que eso no era suficiente. Recibió una petición del mando de la fuerza aérea de El Cairo solicitándole autorización para usar gas venenoso, y aquí cito textualmente, "contra los árabes recalcitrantes". Los árabes recalcitrantes de los que estaban hablando eran en realidad kurdos y afganos, no árabes, pero, como sabéis, de acuerdo con las normas racistas, todo aquel a quien se quiere matar es un árabe. Así que la cuestión era: ¿Debemos usar gas venenoso? Tened presente que estamos en tiempos de la primera guerra mundial: el gas venenoso era entonces lo último en atrocidades. Era lo peor que alguien podía imaginar. 

            Pues bien, este documento circuló por el Imperio británico. El Ministerio de la India se oponía, pues consideraba que el uso de gas venenoso contra los kurdos y los afganos podía causar problemas en la India, donde ya tenían bastantes problemas. Habría levantamientos, la gente se pondría furiosa, etc. En Inglaterra no iba a importarle a nadie, por supuesto, pero en la India sí. Esto indignó a Churchill, que dijo:

No entiendo estos escrúpulos respecto al uso de gas... estoy totalmente a favor del uso de gas venenoso contra las tribus incivilizadas... No hay necesidad de usar los gases más letales; pueden emplearse gases que causen grandes inconvenientes y propaguen un terror intenso sin causar efectos permanentes graves en la mayoría de los afectados... No podemos consentir bajo ninguna circunstancia que no se utilice cualquier arma disponible para conseguir terminar con rapidez el desorden que prevalece en la frontera.
Eso salvará vidas británicas. Usaremos todos los medios que la ciencia ponga a nuestro alcance.

            Pues bien, esa es la forma de lidiar con los kurdos y los afganos cuando eres británico. ¿Qué pasó después de eso? Pues lo cierto es que no lo sabemos con exactitud. Y la razón por la que no lo sabemos con exactitud es que hace diez años el gobierno británico instituyó lo que se denominó una política de "apertura gubernamental" para hacer más transparente su funcionamiento, ya sabéis, para fomentar la democracia y que la población sepa lo que hace su gobierno. Y el primer acto de esta política de apertura gubernamental fue sacar de los Archivos Nacionales (y, posiblemente, destruir) todos los documentos relacionados con el uso de la fuerza aérea y el gas venenoso contra los árabes recalcitrantes, es decir, contra los kurdos y afganos. De modo que tenemos la fortuna de no tener que saber con exactitud cuál fue el resultado de este pequeño ejercicio churchillian.

            Los británicos, en cualquier caso, se salieron con la suya. Hubo muchos tratados de desarme en esta época. En esos años, después de la primera guerra mundial, se hicieron muchos esfuerzos para reducir la guerra y demás. Los británicos consiguieron minar todo intento de prohibir el uso del poderío aéreo contra la población civil. Los grandes estadistas británicos estaban muy satisfechos con este éxito. En 1932, en un documento interno, ese famoso y honorable estadista que fue Lloyd George elogió al gobierno por haber logrado, una vez más, bloquear cualquier límite para el uso de la fuerza aérea: "insistimos en reservarnos el derecho de bombardear a los negratas", dijo. Sí, así se hace. Y ese es el Reino Unido, la otra gran democracia.»


CHOMSKY, Noam (2011), La era Obama y otros escritos sobre el imperio de la fuerza, Pasado&Presente, Barcelona, pp. 125-127.

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