viernes, 17 de marzo de 2023

La soledad: receta del sistema

Por Oleg Yasinsky 


Publicado:16 mar 2023 11:11 GMT 

Uno de los principales objetivos del proyecto neoliberal, que además es su método, es la atomización del ser social –humano– en mil esquirlas esquizofrénicas de pseudolibertades y pseudoindependencias personales

Podemos buscar los ejemplos más burdos. No hemos visto nunca ningún comercial o publicidad de ningún negocio promocionando algo colectivo, intangible, locamente desapegado del fetiche material, aunque sea disfrazado con mil promesas espirituales. No. El asunto es bastante más sencillo. Desde muy temprana edad, nos enseñan a distinguir el mundo de nuestras fantasías del "mundo real" y este mundo real suele ser explicado como una carrera, una competencia hacia una meta llamada "éxito", y en este mapa que nos presentan y obligan a seguir, hay muchos continentes intencionalmente omitidos, tales como la vejez o la muerte, que siguen siendo tabúes en la civilización occidental. 

Parece que todo está hecho para que evitemos hacernos algunas preguntas. Para que no descubramos que los momentos de felicidad más grandes en nuestras vidas poco o nada tenían que ver con nuestra situación económica de entonces. Prefieren tenernos siempre en pequeñas metas materiales con el gran vacío esperando después de lograrlas

Es interesante analizar estos procesos en el ámbito laboral. La enorme mayoría de los mortales trabajamos para satisfacer nuestras necesidades económicas, algunos pasando por realidades muy crudas y apremiantes. Varias veces, más allá de la indemnización o de los resultados económicos de un negocio propio, nos sentimos satisfechos con algo que hicimos bien hecho, lo que nos da la felicidad de saber que la motivación material no es la única. Y también, a veces, nos pasa como a mí ahora, esta sensación de inspiración viva, cuando les escribo estas palabras. Me siento de regreso a Latinoamérica, donde pasé la mayor parte de mi vida, o con un pedacito de Latinoamérica en algún lugar de mi mundo en Moscú, con las personas que conozco y quiero. Sin prisa y con una total confianza, conversamos de tantas cosas que vamos descubriendo en este camino. 

Sé que alguien verá en estas palabras "la propaganda de Putin". Otros, los más estudiosos, encontrarán una falta total de rigor científico y un caos mental imperdonable para el periodismo serio. Algunos en sus críticas tendrán una u otra razón. Pero lo importante es que juntos estamos construyendo este espacio de compartir y sentirnos muy cerca, mucho más allá de no vernos físicamente, de no estar siempre de acuerdo en todo y de no exigirnos perfecciones inexistentes. Pero este placer de la conexión humana siempre es la fuente inspiradora de mis palabras. 

Nos enseñan a no confiar en los demás ni en nosotros mismos, y si seguimos haciéndolo, entonces es que no hemos entendido los principios básicos de las nuevas reglas de la modernidad. La falta de principios es declarada "flexibilidad", el oportunismo es "la capacidad de adaptarse a las nuevas condiciones" y la falta de sentimientos de asco y responsabilidad es nombrada "hedonismo". 

Todo parece ser una evasión. Mil tareas importantes desde el momento de despertar, las emergencias más urgentes, todo para no tener que mirarse al espejo antes de salir al mundo

Parece que la idea de lo "individual" fue una trampa mental para convertirnos en una masa de soledades incapaces de conectarnos con mundos que llevamos dentro. Cuando "el librepensador" del siglo antepasado abandonaba su iglesia, su familia, su sindicato o su partido para construir su "mirada independiente", en su ingenuidad, él seguramente no podía ver que para nuestra naturaleza de seres sociales, el único verdadero desarrollo personal posible es mejorando y profundizando nuestras interrelaciones con los otros seres humanos, que sin el espejo del otro simplemente no tenemos cómo vernos y que para descubrir y cumplir nuestra misión en este mundo, debemos junto con otros aprender a construir relaciones de interdependencia, complicidad y armonía. Como la felicidad humana siempre es un mal negocio para el sistema, ahora nos mantienen en masa la gran parte de nuestras vidas mirando las pantallas de los dispositivos electrónicos, para que ojalá no veamos el de al lado y, en lo ideal, ni recordemos de nuestra existencia. 

No es cierto que detrás del impenetrable y oscuro manto de la historia anterior no haya habido momentos de luz. En algún momento, nuestros ancestros aprendieron a compartir y ponerse de acuerdo. Sin esto, habrían sido devorados por bestias prehistóricas y nunca habríamos abandonado las cuevas. Tal vez en este caminar de las cuevas, muchos hacia las chozas y algunos pocos hacia los palacios, se produjo el primer desvío que la prensa y los políticos con los años supieron explicar y justificar utilizando los conceptos sobre la "naturaleza humana", muy convenientes al poder para eternizar su cómodo statu quo. 

El sistema anula la base de la sociedad humana: la antigua búsqueda de un acuerdo social, que emana de los valores, los principios y las ideas acerca del bien común. El triunfo de las utopías individualistas que se nos inculca desde el momento de nuestro nacer en la sociedad capitalista es justamente el "fin de la historia" buscado por el poder, para condenar a los humanos a una muerte de soledad y vacío. 

El factor político clave para resolver el problema es el amor. Después de tantas telenovelas, historietas, cómics y mil cátedras de hipocresías de todo tipo, que todos conocemos muy bien, esta palabra suena tal vez incluso peor que las palabras "democracia", "libertad", "justicia" o "derechos humanos". Lo sé. Pero coincidamos que la pobre palabra no tiene la culpa y que no nos queda otra que seguir abusando de ella, mientras no encontremos alguna mejor (o si el amor llegara a ser una norma de las relaciones humanas, tal vez, desaparecería por innecesaria). Y entonces… los que saben algo del amor dicen que no existen amores ni grandes ni pequeños, ni románticos, ni infelices, ni ardientes, ni malditos. Dicen que existe solo el amor como algo completo, absoluto, íntegro, que no aguanta los adjetivos, ni necesita la literatura. 

En una sociedad emocionalmente fracasada, que es un paraíso para los sicólogos y guionistas de teleseries, no se puede hablar de casi nada en serio. Nunca he sabido cómo explicar por qué el amor no "se hace", no "se busca" ni mucho menos "se reclama", pues son conceptos profundamente ofensivos y equivocados. Tratando de evocarlo, hablo de otra cosa. Debe ser como una manera de ubicarse en el mundo, sin piel, uniendo todo lo que llevamos dentro con el infinito que nos rodea, buscando las palabras, las miradas y los silencios que son abrazos, y unidos con los de otros son una revolución. 

El sistema hace todo por desintegrarnos y fragmentarnos. Cada vez le sobramos más. Las extrañas enfermedades, los remedios peores que las enfermedades y las armas de destrucción masiva cumplen la misma función que los plasmas que nos ofrecen soledad y vacío. Nuestro deber es volver a relacionarnos como humanos y recuperar nuestra esencia colectiva, algo sin lo cual simplemente no tendremos hacia dónde avanzar.

domingo, 15 de enero de 2023

TERTULIA: ¿POR QUÉ NO SE UNE LA IZQUIERDA?

 Próximo viernes 20 de enero a las 19.30 en el Círculo Cultural Juan 23. Presenta: Francisco Almansa, filósofo y autor del libro La economía de la vida.



miércoles, 23 de noviembre de 2022

EL LARGO DECLIVE DE LA IZQUIERDA: UN DIAGNÓSTICO

Transcribimos a continuación el artículo de Francisco Almansa, filósofo y Presidente de esta asociación, que aparece con el título "El largo declive hacia la izquierda: un diagnóstico" en la revista Canarias semanal en el siguiente enlace: https://canarias-semanal.org/art/33527/el-largo-declive-de-la-izquierda-un-diagnostico


Hace tiempo que, en diversos foros y encuentros, debatimos y tratamos de reflexionar acerca de los orígenes y circunstancias del declive actual de la izquierda, así como sobre sus posibilidades de superación. Nuestra postura es que la principal causa de su actual estancamiento es que ha olvidado su propio proyecto, que no era otro que crear una nueva sociedad. No mejorar esta: crear una nueva sociedad. Sin embargo, se da la paradoja de que la clase social que construyó, en sus grandes líneas maestras, este régimen en el cual hoy vivimos instalados, que no es otro que el de 1789 —esto es, el de la Revolución Francesa, el de la burguesía—, no cree ya en su propio proyecto político: lo utiliza, le sirve de legitimación, cubre con él las apariencias, sus vergüenzas, pero ya está. 

   Sin embargo, la izquierda en general sigue creyendo en este régimen político del 89 (¡de 1789!): cree que es válido si se le proporciona un adecuado contenido social. Y ese es el objetivo general de la izquierda. Dotar de contenido social, con el fruto de las luchas de clases habidas desde 1789 hasta hoy, un régimen político que nació de la mano de la burguesía, fundamentalmente por y para la burguesía. Es un sistema político que no solo nace unido a una concepción muy determinada de la persona: la persona como individuo abstracto o aislado, esto es, desligada de los lazos sociales que le conforman como tal persona; sino que, como todo sistema político, no es independiente de una determinada economía. En este caso, el sistema político democrático nacía inextricablemente unido a una forma de economía vinculada a una forma de propiedad donde una parte posee lo necesario para la vida de todos los demás. Es verdad que esto no era nuevo, que solo había hecho, entonces, tomar nuevas formas, si cabe, más descarnadas en muchos aspectos que las anteriores. Pero en esto consistía —y sigue consistiendo— el poder efectivo de una sociedad; y este es el poder real que el Estado continúa velando para que se mantenga. En esto, al parecer, somos todos nosotros muy conservadores: mantenemos un sistema político vinculado a uno económico que es, en aspectos esenciales, igual desde hace 5.000 años. Parece que hemos dado por sentado que esto no se puede o no se debe cambiar. De esto ya ni siquiera se puede hablar.

    No vamos a negar que se han realizado progresos desde la Revolución Francesa, pero no nos engañemos: esos no son méritos atribuibles a la burguesía, ni a su sistema político; son aspiraciones que nos pertenecen en tanto que seres humanos, y que, por tanto, podemos encontrar en sociedades muy distintas. Y son, además, logros y conquistas que, las más de las veces, se han realizado a pesar de la propia burguesía, cuyas reales aspiraciones de igualdad fueron, salvo unas pocas excepciones, limitadas. Hay, pues, quién lo duda, aspectos universales, y por tanto aprovechables, en el régimen democrático. Pero no debemos caer en el error de atribuirlas al propio régimen político, sino al desarrollo de nuestra propia humanidad. Recordemos, a este respecto, que Platón, ya en la antigüedad, reivindicó en algunos aspectos la igualdad de la mujer. Aspiraciones de igualdad se han dado en grupos disidentes desde siempre. Recordemos, en cambio, que hasta 1971 las mujeres no tuvieron en Suiza derecho al voto, cuando, sin embargo, sí lo adquirieron ya en la República Democrática de Azerbaiyán en 1918. ¡Qué paradojas!

    Ahora mismo queda claro que las llamadas reglas de juego democráticas se utilizan, y si hacen falta regresiones, se hacen. Y esto no está ocurriendo solo en España. Se está haciendo en todo el mundo, porque las actuales reglas políticas ya no les sirven, y no les sirven porque su economía no funciona. Nos encontramos, pues, con unas fuerzas políticas que pertenecen cada vez más al pasado: formas de expresión política, de opresión política, que no nos resultan ya tan posmodernas”. Que huelen cada vez más a rancio.


    No debemos pensar, sin embargo, que el problema consiste en que los que están al frente del poder político o económico no son lo suficientemente honrados; esto es, que basta más honradez para que las cosas funcionen como deben funcionar. Además, existe una idea, muy extendida entre la izquierda, de que la única responsable de la actual situación es una élite financiero-bancaria. Ella sería, junto con una “casta” política, también reducida, la responsable de todos los desastres que padecemos. Sin embargo, puede afirmarse que todo aquel que posee un determinado nivel de bienes que es necesario para la vida de los otros es ya parte del sistema. Y estos son unos cuantos, sí: unos cuantos millones, que están interesados, de una u otra manera, en el mantenimiento del sistema. En un artículo sobre la influencia de la clase media alta en la vida política estadounidense, Richard V. Reeves afirmaba que «con frecuencia, los detractores más vehementes del pequeño club encaramado a la cumbre de la pirámide pertenecen a las clases sociales más próximas a este: más de una tercera parte de los manifestantes que acudieron el 1 de mayo de 2012 al llamamiento del movimiento Occupy Wall Street disponía de unos ingresos anuales superiores a 100 000 dólares.» No seamos, pues, ingenuos: no se trata de “cuatro sinvergüenzas”. Si así fuera, no existirían tantas resistencias al cambio. 

    Estamos, pues, lidiando —y también sustentando— con toda una clase social que ya no cree en su propio sistema. Es por ello que, cuando hace falta, se alía con quien sea. En Chile, Salvador Allende quiso respetar las reglas del juego. ¿Qué le pasó? Que lo echaron, a pesar de que fue impecable: escrupuloso con las reglas de juego del sistema. Porque esas reglas de juego no pueden cambiarse, no nos engañemos, desde dentro del sistema mismo, utilizando esas mismas reglas: están indefectiblemente trucadas. El historiador británico Mark Curtis lo ha mostrado en un libro en el que pone al descubierto la total connivencia del gobierno y los empresarios británicos con la sangrienta Junta Militar chilena que aplastó el gobierno de Unidad Popular elegido democráticamente. El cinismo que muestran es tal que todavía nos pone los pelos de punta. El entonces ministro británico de asuntos exteriores afirmó, por ejemplo:

   «“Para los intereses británicos [...] no hay duda de que Chile bajo las órdenes de la Junta ofrece mejores perspectivas que el caótico camino de Allende hacia el socialismo; nuestras inversiones deberían mejorar, nuestros préstamos se podrán reprogramar satisfactoriamente y los créditos a la exportación se podrán retomar más adelante, y el estratosférico precio del cobre (importante para nosotros) debería caer cuando se restablezca la producción chilena”.»

     Y continúa el autor: «Todo esto se hizo en un contexto en el que los estrategas británicos reconocían inequívocamente que “la tortura continúa en Chile” y que “los nuevos líderes al parecer tienen tendencias cuasi fascistas”.» Y ellos mismos concluían que una de las desventajas del éxito del golpe militar iba a ser que se desconfiaría de las vías democráticas para lograr un cambio social en Latinoamérica. Sin embargo, a pesar de sus propias confesiones, nosotros seguimos ciegamente confiando en sus propias reglas de juego.

   Más ejemplos: Ya en 1823, la propia Inglaterra ayudó a financiar a los Cien Mil Hijos de San Luis para acabar con una experiencia liberal en España y restablecer el absolutismo, que entonces le era más propicio. Gran Bretaña, como Holanda, Bélgica o Francia han sido sostenes de imperios coloniales donde nunca se concibió conceder derechos democráticos a las naciones sometidas. Mucho más adelante, los países democráticos contribuyeron a sostener el régimen del apartheid en Sudáfrica, y solo cuando cayó el “otro régimen”, a partir de 1989, y ya que habían disminuido significativamente los riesgos de verdadero cambio social, se empezó a negociar el cambio de sistema, esta vez creando una elite negra privilegiada y enriquecida que ayudara a mantener un sistema crónico de desigualdades. Estados Unidos, paradigma del régimen democrático occidental, ha contribuido a mantener e imponer más dictaduras y sistemas corruptos y sanguinarios que ningún otro país de la historia. ¿Por qué no vinculamos un sistema político con los resultados que produce?

    Y aquí aparece a su vez otra paradoja: quien más ha negado la existencia de formas sociales eternas, que no ha sido otra que la izquierda, es la que más ha afirmado como eternas, precisamente, las formas políticas nacidas en 1789. Si tanto decimos que todo cambia, ¿por qué afirmamos que un determinado orden político es válido para todos los cambios? En otras palabras: nos hemos vuelto conservadores, y parece que todo es relativo menos lo que nos interesa. 

    Podemos afirmar, por tanto, que la izquierda hoy no tiene proyecto propio, sino que ha tomado el de la burguesía; porque su proyecto social no hace mucho era bien diferente: el referente de transformación no era el individuo abstracto, sino los trabajadores y trabajadoras y el Trabajo mismo. Un trabajador colectivo que debe ser, además, el máximo exponente de la realización en el trabajo: esto es, no nos vale cualquier trabajo. Nos falta, pues, el proyecto político propio de la sociedad del trabajo libre y creador. Ese debe ser nuestro propio proyecto político. Parece que hemos renunciado a él porque esta economía produce mucho, dejándonos, así, limitar por una economía que produce guerras. Efectivamente, vivimos en una economía de guerra permanente, que no ha hecho sino producirlas desde su creación, incluyendo las dos grandes guerras mundiales, que fueron hijas suyas. 

   Si el modelo de la izquierda actual supone hacer más justicia social dentro del modelo político del régimen del 89 y del modelo económico que le es propio, es que le falta su propio modelo social. Corremos el peligro de querer vivificar una momia, y hemos olvidado, además, que Estado del bienestar que tanto defendemos no fue sino el resultado de un pacto interclasista que nace de la crisis del 29, de la Segunda Guerra Mundial y de la amenaza del comunismo. Desde el momento en que la alternativa al capitalismo se debilitó, a partir de los años 70, el Estado del bienestar empezó a aparecer como un estorbo sobre todo para la clase propietaria, y empezó a denunciarse porque significaba detraer recursos para la inversión.

   Así pues, desde que nació el sistema político democrático estamos viendo su subordinación a la economía: no se trata, pues, de un rasgo característico propio de la etapa neoliberal, sino del sistema capitalístico-democrático mismo. En un determinado momento de su historia, al capitalismo le vienen, como anillo al dedo, unas formas políticas democráticas, y la economía capitalista las ha venido utilizando desde hace al menos dos siglos como su mejor forma de legitimación. Sin embargo, cuando no ha interesado, no se han exportado esas formas políticas, sino solo las económicas, porque siempre, a corto y a medio plazo, las formas políticas están al servicio de las económicas. Por eso lo que hemos venido llamando el “mundo libre”, que anda siempre rasgándose las vestiduras, apoya, por ejemplo, la dictadura de Al-Sisi en Egipto, o ha financiado y continúa financiando al yihadismo —en Afganistán, en Libia, en Siria…—. Hemos destruidos regímenes laicos (supuestamente más cercanos a nuestra sensibilidad democrática), siempre que nos ha hecho falta. Y por ello también toda América Latina, durante décadas, ha sido frustrada en el desarrollo de su organización política, porque se trata de un sistema de intereses económicos de clase, vinculados a los políticos. Y todo esto no ha sido gracias únicamente a cuatro políticos: sino a una base social muy amplia, con mucho poder, interesada en que esto sea así. Convendría no olvidarlo si no queremos caer en un populismo fácil que se ponga una venda en los ojos ante los “intereses reales” de mucha gente. Con ello seguiremos posponiendo nuestro proyecto real: la construcción de una sociedad nueva, sin privilegios, sin clases, en la que no tenga que mendigarse por lo que es nuestro en tanto que seres humanos: el trabajo que nos corresponde para construir un mundo que, verdaderamente, nos pertenezca.



miércoles, 13 de julio de 2022

LA "IZQUIERDA" POSMODERNA Y EL NUEVO CONCEPTO ESTRATÉGICO DE LA OTAN

A continuación reproducimos el artículo de Encarnación Almansa publicado por Canarias Semanal en el siguiente enlace: https://canarias-semanal.org/art/32962/la-izquierda-postmoderna-y-el-nuevo-concepto-estrategico-de-la-otan

Desde los años 70 del siglo XX, una de las principales consignas en Europa y EEUU dentro de los círculos de la izquierda fue la de la eliminación de las definiciones como elementos descriptivos de la esencia de las cosas o los fenómenos, tanto materiales como de carácter intelectual, espiritual o científico. El predominio de las corrientes posmodernas en las universidades y en la intelectualidad progresista tuvo como consecuencia la relativización de los valores, la historia o, en definitiva, todo aquello que se consideraba como verdadero. La historia se convirtió en un relato, la justicia en una convención, la psicología en comportamiento reactivo, la espiritualidad en una elección limitada al ámbito privado, etc. 




Como viene sucediendo a lo largo de nuestro cambiante mundo occidental, la población más alejada de los movimientos intelectuales (lo que se ha denominado clase trabajadora desde el marxismo) ha ido impregnándose de estos elementos ideológicos sin tomar conciencia de ello, sin darse cuenta de que iba asimilando axiomas posmodernos (porque el posmodernismo también tiene axiomas, aunque repudie lo incuestionable) tales como la idea de que la utopía es solo un horizonte o que los derechos humanos son el resultado de un consenso. No obstante, la falta de criterio filosófico impedía la percepción de la evidente contradicción de que, simultáneamente, se establecían principios irrenunciables y completamente alejados del relativismo: la igualdad entre razas y entre el hombre y la mujer, el derecho a la participación en la política de todas las clases sociales, el rechazo a los denominados totalitarismos, la lucha contra la violencia machista, el respeto a la naturaleza, etc.

 Finalmente, como máxima expresión de esta asunción inconsciente de los principios posmodernos, entre todos los géneros, razas, clases o corrientes políticas se instaló un axioma -o verdad absoluta- que se ha extendido como tópico vestido de sabiduría a través de la sentencia de que “todo es relativo”. Por supuesto sin el más mínimo cuestionamiento de lo que significa y de lo que implica, así como de que nunca lo ponemos en práctica con todas sus consecuencias. Con ello, la izquierda occidental destruyó piedra a piedra todas sus murallas defensivas repudiando la defensa de los grandes valores propiamente humanos y la construcción de un mundo acorde con los mismos. La más mínima definición de una nueva sociedad diferente a la capitalista fue considerada como sospechosa de totalitaria o, como mucho, quedó limitada a la vuelta a un pasado idealizado (el pasado reciente del Estado del Bienestar en los EEUU y Europa o el vinculado a las comunidades originarias de Latinoamérica o África). 

Mientras tanto, las élites capitalistas se frotaban las manos contemplando cómo cualquier intento de transformación se disolvía en el mundo líquido, entre interminables discusiones que nada tenían que envidiar a las de la escolástica. Puesto que no hay nada definitivo, la reivindicación de justicia se transformó en la aplicación de las justicias (nacionales o internacionales), la praxis revolucionaria en participación asamblearia de barrio, el establecimiento de una calidad de vida universal e igualitaria en reivindicaciones culturales.

El dominio ideológico del posmodernismo ha tenido como consecuencia, además, la inclusión del individualismo burgués en todos los antiguos conceptos propios de la izquierda revolucionaria. Como consecuencia, la fraternidad se ha eliminado de su discurso, de tal manera que la soberanía se ha convertido en la capacidad de un país de competir con los demás sin injerencias externas y en la reivindicación de las fronteras políticas, la lucha de clases en la posibilidad de ascender socialmente, la revolución en la creación de una clase media con capacidad de consumo como paso imprescindible al socialismo, el internacionalismo en la protesta únicamente por el peligro que nos supone la presencia de bases en territorio nacional. Ahora, como último giro de guion, los autoproclamados legítimos representantes de esta corriente convierten la seguridad en militarismo, alegando como único inconveniente cuestiones puramente presupuestarias. 

En definitiva, a la vez que la izquierda ha repudiado cualquier concepto, hemos venido viviendo la inclusión en los movimientos progresistas, de forma cada vez más acelerada e incluso agresiva, de los conceptos que el capitalismo ha considerado más adecuados para su reproducción. Ya no solo aceptamos como parte de nuestro vocabulario más común “mercado laboral”, “salario mínimo'' o “capital humano”, sino que, como manifestación evidente de esta vergonzosa genuflexión al pensamiento capitalista, ahora incluimos el de guerra preventiva y concepto estratégico. 

Muchos de aquellos que enviaban a la hoguera a los que proponían la delimitación de un concepto para avanzar hacia una praxis transformadora, ahora aplauden el nuevo lema. Mientras, la izquierda se mantiene en su círculo vicioso de puntuales protestas y rabietas de impotencia, aunque sin ofrecer la necesaria ofensiva que necesitan las bases para ilusionarse e implicarse en un proyecto político transformador y superador. De forma similar a como un pensamiento obsesivo y destructivo mantiene en la inacción a la víctima de una neurosis o un complejo de culpa, cualquier proposición constructiva se enfrenta a la acusación de utópica, idealista o totalitaria, así como al imperativo de que la única solución es salir a la calle a protestar y exigir. Pero el exigir a las élites las legitima como tales, y así nos va. 

Por tanto, es necesario tomar conciencia de que la solución no pasa por un frente en el que se sume de tal manera que cada cual mantenga su bandera y su exigencia particular, unificada con el fin de aunar el voto, sino por la elaboración de un programa común de oposición frontal que se apoye en los valores universales humanos y naturales, extrayendo de ellos una praxis consecuente con los mismos y rechazando de pleno los compromisos electoralistas. Es lo que ansiamos los que nos mantenemos observadores, expectantes y deseosos de un discurso sin miedo a los conceptos claros.

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