martes, 7 de febrero de 2012

LA AGUDA MIRADA DE BERTOL BRECHT


A continuación transcribimos unos fragmentos de la obra de Brecht Diálogos de refugiados que, aunque fue editada hace más de cincuenta años, describe perfectamente, en el incisivo lenguaje que le caracteriza, algunos aspectos de la política y la cultura de nuestro momento. 



ZIFFEL: He visto lo suficiente para saber qué es un país que hace florecer virtudes excelsas. Por ejemplo el autodominio. Decían [los estoicos]: quien quiera dominar a otros, deberá aprender a dominarse a sí mismo. Pero el lema debería ser: quien quiera dominar a otros, deberá enseñarles a dominarse a sí mismos. Los habitantes de este país no sólo están dominados por los terratenientes e industriales, sino también por ellos mismos, lo cual se denomina democracia.
[…]
KALLE: No podrá usted negarme que Alemania tenía un aspecto absolutamente democrático hasta el día que empezó a tener un aire fascista. (…)
ZIFFEL: (…) No entendieron lo que significa democracia, me refiero a su traducción literal: gobierno del pueblo.
KALLE: Con la palabra “pueblo” ocurre algo muy peculiar, ¿nunca le ha llamado la atención? Su sentido cambia por completo según apunte hacia fuera o hacia dentro. Hacia fuera, de cara a los demás pueblos, los grandes industriales, latifundistas, altos funcionarios, generales, obispos, etc., pertenecen todos, por supuesto, al pueblo alemán y a ningún otro. Pero hacia dentro, allí donde se trata de ejercer el poder, oirá usted a estos señores hablar siempre del pueblo como de “la masa” o “la gente humilde”, etc., a la que ellos mismos no pertenecen. Más le valdría al pueblo hablar el mismo lenguaje y decir que esos señores no forman parte de él. (…)
Los capitalistas tampoco son absolutamente libres ¿no le parece? Por ejemplo, no son tan libres como para poner de presidente a un comunista. O para fabricar tantos trajes como sean necesarios; sólo fabrican tantos como puedan venderse.
 [….]
KALLE: Fíjese en los americanos, un gran pueblo. Primero tuvieron que defenderse contra las intrusiones de los indios y ahora les han caído encima los millonarios. (…) El enemigo es astuto y cruel, y arrastra a mujeres y niños a las profundidades de las minas de carbón, o los mantiene prisioneros de las fábricas de automóviles. Los periódicos les tiendes emboscadas, y los bancos los acechan de día en plena calle. Y aunque pueden quedarse en la calle en cualquier momento, e incluso cuando los despiden, ellos luchan como locos por su libertad, para que cada cual pueda hacer lo que quiera, cosa que los millonarios ven con muy buenos ojos. (…)
Los americanos no paran de hablar de libertad. Y como ya le dije antes: es peligroso. Cuando alguien habla de libertad es que el zapato le aprieta por algún lado. (…) Me entusiasmé por Estados Unidos y quise hacerme americano, o al menos participar de esa libertad. (…) El cónsul me exigió dar cuatro vueltas a la manzana gateando, más un certificado médico de que no me habían salido callosidades. Luego tuve que declarar bajo juramento que no tenía opiniones. Lo miré a los ojos y se lo aseguré, pero él me caló y exigió que le demostrara que nunca había tenido una sola, cosa que por supuesto no pude hacer. Y por eso no he ido al país de la libertad. No estoy seguro de que mi amor por la libertad fuera suficiente para ese país.
 […]
KALLE: Descubrir en usted, un intelectual, cierta antipatía contra la obligación de pensar es algo que me interesa. Y eso que usted no tiene nada en contra de su profesión, todo lo contrario.
ZIFFEL: Salvo que sea una profesión.
KALLE: Son cosas del mercado moderno. Se ha creado toda una casta, precisamente los intelectuales, que son los encargados de pensar y reciben un entrenamiento especial para ello. Ustedes les tienen que alquilar sus cabezas a los empresarios, como nosotros les alquilamos nuestras manos. (…) Claro que también tienen la impresión de pensar para la colectividad; pero esto es como si nosotros dijéramos que fabricamos coches para la colectividad (…).
ZIFFEL: He leído que los americanos, que son un pueblo mucho más desarrollado, consideran en general las ideas como mercancías. En un periódico influyente podía leerse: “La tarea principal del presidente es venderle la guerra al congreso y al país”. Se refería a la idea de entrar en la guerra. Cuando alguien quiere expresar su acuerdo en los debates sobre problemas artísticos o científicos, dice: oiga, lo compro. El verbo convencer ha sido simplemente sustituido por vender, que es más apropiado.
 […]
ZIFFEL: Cuando trata de su revolución, la burguesía escribe en un estilo auténticamente histórico, mas no cuando aborda su política restante, incluidas sus guerras. Su política es la continuación de sus negocios con otros medios, y no le gusta hablar de sus negocios en público.
 […]
KALLE: Antes había alguna que otra guerra que se iniciaba por afán de lucro. Eso ya no existe. Hoy en día, si un Estado quiere anexionarse algún granero foráneo, declara indignado que tiene que ir a por él porque allí hay propietarios defraudadores o ministros que se casan con zorras y degradan así al género humano. En pocas palabras, ninguno de esos Estados aprueba sus propios motivos para iniciar una guerra, sino que abomina de ellos y busca otros mejores (…).
Un motivo particularmente atroz es lo mejor para cometer un crimen, pues ante la imposibilidad de concebir tales atrocidades, en seguida le imputarán al criminal las razones más nobles. (…) De ahí que en las guerras modernas se tienda más a creer en motivos nobles, pues los eventuales motivos reales que uno pueda imaginarse resultan demasiado asquerosos.

George Grosz, Los pilares 
de la sociedad (1926)

Bertol Brecht: Diálogos de refugiados, Alianza Editorial, 1994, pp.77-8, 104, 114-5, 118, 120-1.

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