lunes, 21 de noviembre de 2011

EL TRABAJO DESHUMANIZADOR: E. F. SCHUMACHER


Hemos querido traer unas citas del economista E.F. Schumacher (1911-1977) por su enorme actualidad y por poner valientemente de manifiesto una de las más clamorosas omisiones de nuestra civilización: la deshumanización por el trabajo y su causa: la asfixia del trabajo libre, aun en condiciones materiales favorables para su desarrollo: 

«El tercer requisito es tal vez el más importante de todos: que los métodos y las maquinarias dejen amplio lugar para la creatividad humana. […] ¿Qué queda del hombre si el proceso de producción “elimina del trabajo todo atisbo de humanidad haciendo de él una mera actividad ‘mecánica’? El obrero mismo se transforma en el remedo de un ser libre.
[…]
El tema es tan amplio que no puedo hacer más que tocarlo muy someramente. Por encima de todas las cosas hay necesidad de una adecuada filosofía del trabajo que lo entienda no como lo que ha llegado a ser, una tarea inhumana a ser reemplazada tan pronto como sea posible por la automatización, sino como algo “decretado por la Providencia para el bien del cuerpo y del alma del hombre”. […]

“La guerra es un juicio –decía Dorothy L. Sayers- que se precipita sobre las sociedades cuando éstas han estado viviendo de acuerdo a ideas que se oponen violentamente a las leyes que gobiernan el universo… Jamás pensemos que las guerras son catástrofes irracionales: las guerras ocurren cuando formas erróneas de pensar y de vivir conducen a situaciones intolerables.” Desde un punto de vista económico, nuestra equivocación básica consiste en vivir alimentando sistemáticamente la codicia y la envidia, construyendo así un orden de deseos totalmente ilegítimos. Es el pecado de la codicia el que nos ha arrojado en las poderosas garras de la máquina. Si la codicia, asistida ferozmente por la envidia, no fuese la maestra del hombre moderno, ¿cómo puede ser que la locura del economicismo no se reduzca en tiempos en que se obtienen más altos “niveles de vida” y son precisamente las sociedades más ricas las que persiguen ventajas económicas con absoluta voracidad? ¿Cómo podríamos explicar el rechazo casi total por parte de los que dirigen las sociedades ricas (estén éstas organizadas en empresas privadas o en empresas colectivas) del esfuerzo común hacia una humanización del trabajo? Basta que se diga que algo reducirá el “nivel de vida” para que toda posibilidad de debate desaparezca de inmediato. El hecho de que ese trabajo que destruye el alma carece de sentido, es mecánico, monótono y embrutecedor, constituye un insulto para la naturaleza humana y produce necesaria e inevitablemente escapismo o agresión, y el hecho de que ninguna cantidad de “pan y circo” puede compensar por el daño causado son cosas que nadie niega ni reconoce, porque negarlas sería demasiado absurdo y reconocerlas condenaría la preocupación central de la sociedad moderna como un crimen en contra de la humanidad.

Fotograma de 'Un dios salvaje' de R. Polanski (2011).
 El olvido, y aun el rechazo, de la sabiduría ha ido tan lejos que la gran mayoría de nuestros intelectuales no tienen ni siquiera una remota idea acerca del significado de la palabra. En consecuencia, están siempre tratando de curar una enfermedad por medio de la intensificación de sus propias causas. La enfermedad proviene de reemplazar la sabiduría por la técnica y ninguna dosis de investigación técnica parece ser capaz de producir una curación efectiva. Pero, ¿qué es la sabiduría? ¿Dónde se puede encontrar? Aquí llegamos al corazón del problema; podemos leer acerca de ella en numerosas publicaciones pero sólo puede ser encontrada dentro de uno mismo. Uno tiene que liberarse primero de maestros tales como la codicia y la envidia para estar en condiciones de encontrarla. La tranquilidad que sigue a la liberación, aunque sólo sea momentánea, posibilita una percepción de la sabiduría que no puede ser obtenida de otra manera.

Ella nos permite ver el vacío y las insatisfacciones de una vida dedicada básicamente a la obtención de fines materiales, con detrimento de lo espiritual. Tal vida necesariamente enfrenta al hombre contra su prójimo y a las naciones entre sí, porque las necesidades del hombre son infinitas y la infinitud puede ser alcanzada sólo en el reino de lo espiritual, jamás en lo material. […] Sin sabiduría el hombre se ve obligado a construir una economía monstruosa que destruye el mundo y a buscar afanosamente satisfacciones fantásticas».

E.F. SCHUMACHER, Lo pequeño es hermoso, Orbis, 1983, pp. 36-39.

(Subido por Rosa Mª Almansa Pérez).

Del mismo autor le recomendamos: LAS PREOCUPACIONES ÉTICAS DE UN ECONOMISTA y SCHUMACHER: LA HUMANIZACIÓN DEL TRABAJO.

jueves, 10 de noviembre de 2011

ERVIN LASZLO: ALEGATO CONTRA LA COMPETENCIA

"Son varias y muy persistentes las creencias y presupuestos que impiden que el grueso de la humanidad se dé cuenta de urgente necesidad de emprender, al respecto, una acción global. Todavía, por ejemplo, se halla muy difundida la creencia (aunque cada vez se mencione menos) de que nuestro planeta carece de límites y es en consecuencia, al mismo tiempo, una fuente infinita de recursos y un sumidero inagotable de residuos. Y esta creencia tácita nos impide darnos cuenta de que estamos expoliando los recursos de nuestro planeta y desbordando la capacidad de regeneración de la naturaleza. Otra creencia dominante es que la materia es algo pasivo e inerte que podemos manipular a nuestro antojo para satisfacer nuestros deseos. Pero son muchos los efectos secundarios imprevistos que genera la creencia en la posibilidad de utilizar nuestra sofisticada tecnología para explotar el mundo que nos rodea en aras de nuestros objetivos personales, nacionales y económicos, como la destrucción del equilibrio ecológico y la extinción masiva de especies. También sigue siendo frecuente considerar a la vida como una lucha en la que sólo el más apto sobrevive . Esta interpretación arbitraria a la sociedad humana de la teoría darviniana de la selección natural justifica la competitividad más desenfrenada, abriendo cada vez más la brecha que separa a una élite económica y políticamente poderosa cada vez menor de la corriente principal cada vez, por otra parte, más marginada. La sabiduría económica dominante insiste en afirmar las bondades de la competencia y señalar que el mercado libre (gobernado por lo que Adam Smith denominó «una mano invisible») distribuye la riqueza . Desde esa perspectiva se sostiene que, cuando uno busca el bien para sí mismo, también lo busca para sus semejantes. Pero lo cierto es que la penuria en que se halla sumida casi la mitad de la población mundial evidencia claramente que, en el mundo actual, en el que la desigual distribución de poder y de la riqueza distorsiona el funcionamiento del mercado, este principio resulta ya insostenible. Son muchos los valores y creencias personales que obstaculizan la voluntad de emprender acciones para enfrentarnos globalmente a la emergencia global. El ethos del mundo moderno coloca al individuo en un pedestal, por encima de la naturaleza y apoyándose tan sólo en sí mismo. El estatus del hombre moderno justifica, en palabras de Francis Bacon, la necesidad de «arrancar los secretos de la naturaleza» en su propio beneficio . Y en último lugar pero no, por ello, menos importante, debemos mencionar la férrea creencia de que el egoísmo y el egocentrismo que caracterizan al hombre moderno son expresiones de una naturaleza humana inalterable y que no pueden ni deben, en consecuencia, cambiarse. El ser humano siempre ha buscado y seguirá buscando su propio interés mitigado, en el mejor de los casos, por los intereses de su familia inmediata, de su empresa o de su comunidad étnica o nacional. No debe sorprendernos pues, dada la fortaleza de estas creencias, el fracaso tanto de las naciones-estado como de las empresas en unirse y comprometerse en proyectos globales."

Del libro: AA.VV. (Cristóbal Cervantes, ed.), Espiritualidad y política, ed. Kairós, 2011.
Fuente: Espiritualidad y política.

domingo, 6 de noviembre de 2011

DIÁLOGOS PARA TRASCENDER LA DUALIDAD (I)

Francisco Almansa González
Webislam, en la persona de su editor, Hashim Cabrera, ha tenido la gentileza de publicar una entrevista a Francisco Almansa, filósofo y editor de este portal. El cuestionario planteado consta de siete preguntas que llevan el título genérico de Diálogos para trascender la Dualidad, y ha sido realizado también a otras personalidades del pensamiento y la espiritualidad contemporáneos, como Regla Contreras, Teresa Forcades e Ibrahim Albert.  

Nos proponemos transcribir aquí dicha entrevista desglosándola por cada una de las cuestiones planteadas. El enlace a la primera parte de esta entrevista en su edición original es el siguiente: http://www.webislam.com/articulos/64710-dialogos_para_trascender_la_dualidad_iv.html

Comienza así la entrevista:

Navegando por la red me encontré frente a un portal que me llamó poderosamente la atención, por su proximidad espaciotemporal y también por las afinidades y concomitancias que pude hallar con otras propuestas contemporáneas que tratan de encontrar vías de superación del ya viejo paradigma mecanicista, y que indagan tanto en la nueva ciencia como en las tradiciones de sabiduría. Propuestas que inciden en las idea de unidad, unicidad, integración, etc.
He tenido el gusto de participar también, como conferenciante, en el marco de ese proyecto de pensamiento, y así he podido constatar que Aletheia es lo que dice ser: un grupo de personas que se niegan a dejar de serlo y que, para lograrlo, “tratan de actuar, pensar y amar de tal manera que eviten que lo anterior suceda”. Marxismo utópico, cristianismo no institucionalizado, filosofías y tradiciones de sabiduría de oriente y occidente, aparecen tras el proyecto Aletheia con una vocación de diálogo, de síntesis, de superación de viejos paradigmas. Al plantearle, durante la entrevista, sobre la conveniencia de usar un perfil, Francisco Almansa dice:

“Creo que tanto para llegar a conocerse hasta donde esto sea posible, como para conocer a una persona, es necesario saber cuáles son las preguntas que realmente se plantea con seriedad; porque si es así, su vida misma tratará de ser una respuesta a las mismas.
Dos fueron las preguntas que más insistentemente se presentaron en mi juventud, porque a su vez surgieron de experiencias que yo denominaría como relativas a la perplejidad de ser. La primera fue tomar plena conciencia de ser, pues se puede vivir mucho tiempo sin percatarse de tal condición, y a su vez, y simultáneamente, percatarse del misterio de la propia identidad y de la maravilla de la conciencia. Y lo importante de tales preguntas, a mi parecer, es que no fueron inducidas desde el exterior, pues por aquél entonces la filosofía me era desconocida y el medio cultural en el que me desenvolvía no se preocupaba mucho por tales cuestiones; éstas fueron espontáneas, y de ahí el valor de la experiencia. Por otra parte, mi primera formación fue técnica, y, por lo tanto, muy relacionada con ciertas ramas de la ciencia, lo que también me llevó a plantearme la pregunta sobre el misterio de la razón. Y por último, la experiencia vivida de la realidad cotidiana, tanto en el trabajo como en las relaciones familiares, sociales, etcétera, del difícil ajuste entre el ser y el deber ser. La filosofía fue para mí el fruto ya maduro de tales experiencias, pero afortunadamente, cuando accedí a su estudio, las distintas filosofías ya estaban en crisis; lo cual me facilitó la tarea de pensar por mí mismo.”

Hashim Cabrera. En algún texto has llegado a decir: “…una de mis convicciones más firmes es que la desacralización del mundo constituye una de las causas fundamentales en orden a su fracaso. Sin embargo, el hablar sobre lo Sagrado, no cabe duda, constituye más que un reto, un peligro”. ¿Por qué supone un riesgo hablar de lo sagrado?

—Francisco Almansa. A mi entender, el hablar de lo sagrado es peligroso porque para lo Sagrado no existe un lenguaje universal, con lo que se corre el riesgo de verterlo en lenguajes que dejen en Él la impronta de aquello en relación a lo cual los mismos se estructuraron como tales. Es evidente que el lenguaje de la ciencia es uno de los menos adecuados para tal fin, pues ésta busca por principio en sus objetos aquello que los hace determinables y, por lo tanto, predecibles.

Sin embargo, el gran paso adelante de las grandes religiones, en relación al pensamiento mágico del hombre primitivo, es que postulan la existencia de una Realidad cuya relación con la misma no depende de la iniciativa humana, sino de dicha Realidad. Y precisamente, tanto en la ciencia como en la magia, la iniciativa puede partir perfectamente del hombre; estando ambas en posesión respectivamente de métodos y “técnicas” que le permiten interpelar a los objetos/sujetos con los cuales se relacionan. Digamos que dichas praxis son demasiado soberbias para captar la trascendencia de lo Sagrado, pues con Éste, como nos enseñan las religiones proféticas, se puede llegar a Pactos, siempre que la iniciativa parta de Él.

Se puede objetar, no obstante, que estas religiones han desarrollado lenguajes propios en relación a lo Sagrado; sin embargo, el núcleo central de los mismos lo constituye el símbolo, el cual es siempre un lenguaje frontera, que por lo mismo respeta lo que viene allende de la misma. En este sentido, se puede decir que los místicos de todas las religiones son también hombres de frontera, y por eso su lenguaje, cuando se refiere a lo Sagrado, está lleno de poesía; pues en ella, la palabra busca la síntesis que a primera vista parece imposible entre la Libertad y la Verdad. Pero, ¿no es acaso en lo Sagrado donde buscamos la unidad de ambas?

Sin embargo, también hay que decir que el rico y fecundo lenguaje simbólico de las religiones adolece en la actualidad del poder de interpelación que en otros momentos históricos poseyó. Tales lenguajes parecen hoy oprimidos por gramáticas que los codifican excesivamente en unos casos, en otros lo someten al reduccionismo de la literalidad de los textos, y, por último, haciendo concesiones a los tiempos y compitiendo por el mercado de los fieles, acaban banalizando sus lenguajes, y con ello sus mensajes. Ahora bien, esto es lo que a nuestro entender constituye la enfermedad mortal de lo Sagrado: su banalización.

No obstante, creo que lo Sagrado se revela en la Palabra cuando el hombre, arrancándose del ruido ensordecedor de un mundo enloquecido, capta la trascendencia de ciertas palabras que hasta entonces habían sido usadas como se utiliza una herramienta cualquiera. En ese momento, por ejemplo, la palabra Amor ya no se puede poner junto a cualquiera otra palabra en un lenguaje que tiene su objeto más allá de sí mismo. No. En ese instante, la Palabra misma se hace Amor.

H. C. : Sagrado y profano son conceptos que surgen de una experiencia y una conciencia duales. La idea de lo Sagrado que ofrece el pensamiento moderno trata de acotar parcelas de experiencia abiertas a la vida trascendente, junto a otras en las que lo trascendente está vedado en aras de lo pragmático, de lo materialmente objetivable y cuantificable. Esta polaridad, su naturaleza conceptual, ahonda precisamente en la desacralización, en la fragmentación y en la promoción de un ser humano desalmado, pero también ha propiciado, entre otras cosas, el auge de las tecnologías. Ahora vivimos en el contexto de una globalización que amenaza con llevar esa manera de pensar y de vivir hasta sus últimas consecuencias y que, al mismo tiempo, ofrece alternativas inéditas al pensamiento y a la creación. En el contexto de un modelo crecientemente tecnológico, ¿en qué ámbitos de la experiencia humana se manifiestan la idea y la experiencia de lo Sagrado?

— F. A.: Dices, en la segunda cuestión que propones, que “Sagrado y profano son conceptos que surgen de una experiencia y una conciencia duales”. Así como: “esta polaridad, su naturaleza conceptual, ahonda precisamente en la desacralización, en la fragmentación y en la promoción de un ser humano desalmado, pero también ha propiciado, entre otras cosas, el auge de las tecnologías”; y veo en estas frases que es en el dualismo donde se hacen radicar tanto el fracaso del hombre contemporáneo como, asimismo, algunos de sus más espectaculares éxitos, como es el hecho tecnológico. Sin embargo, y estando de acuerdo en que el dualismo significa vivir en el desgarro, creo que es importante verlo más como el producto de la clausura de un mundo en el que se revela una esterilidad absoluta tanto para alumbrar fines trascendentes como inmanentes.

Para las religiones proféticas, este mundo era, o es, más un camino que un fin, pues éste último radicaba en el espacio sagrado de la trascendencia. Asimismo, el marxismo, el hijo secularizado de estas religiones, también columbró un fin en el seno mismo de la inmanencia de este mundo, al que llamó comunismo. El dualismo, pues, lo que para mí representa es la crisis del Fin.

Cuando la ciencia decretó la absoluta inmanencia del mundo, y la filosofía renunció a su fin absoluto, que es la búsqueda de la Verdad (Laplace y Nietzsche como dos máximos representantes de estas posiciones), se quiso certificar con ello la muerte de todo Fin. Sin embargo, quien perdió con dicha renuncia fue principalmente la filosofía, y con ella el pensamiento libre; pues sólo es libre el pensamiento que trasciende los límites de cualquier objeto, se afirma como uno, como una dimensión necesaria para la afirmación a su vez de la unidad integral del sujeto. Sin un pensamiento libre, tal y como lo hemos definido, el sujeto cae irremisiblemente en el dualismo de la obstinación –que no es sino una afirmación irracional de sí- y del deseo, que es la degradación del amor por una dependencia en relación a lo que no es.

La «caída», pues, del pensamiento en el objeto, es lo que lo hace aparecer como de «naturaleza conceptual» a la polaridad del dualismo. No obstante, el concepto es, por su propia naturaleza, superador de lo polar, pues por él se obra el milagro de unificar lo múltiple, haciendo por ello posible singularizar sus diferencias. Gracias al concepto de instante, dos instantes pueden ser relacionados, y, por tanto, comparados; lo cual supone poner de manifiesto sus respectivas singularidades. Y cuando hablo del concepto, no lo hago en el sentido de autoobjetivación del mismo pensamiento, sino de su ser esencialmente relacionador ante todo aquello que no coincide plenamente consigo mismo. Es, en este sentido, plenitud de amor, pues sólo el amor procura unir sin violencia -o sea, respetando su diferencia real- lo que aparece como separado y, sin embargo, posee una esencia común.

Pasando a la pregunta sobre «¿En qué ámbitos de la experiencia humana se manifiestan la idea y la experiencia de lo Sagrado?» en un contexto denominado como «modelo crecientemente tecnológico», creo que, en primer lugar, tendríamos que responder sobre el papel que juega dicho modelo en la forma como los hombres se relacionan entre sí y cuáles son las metas que en función del mismo se proponen. La tecnología no es sino un medio por el que pueden realizarse posibilidades exclusivamente pertenecientes a las esferas materia-energía y espacio-tiempo. Y cuando la clasificamos en la categoría de medio, lo que estamos diciendo es que es una forma de ser totalmente relativa, y, como tal, carente de fines propios. En la tecnología, además, es donde se concilian perfectamente el absurdo y el determinismo, pues cualquier tecnología, sin la referencia externa por la cual fue concebida, aparece como un conjunto absurdo de relaciones; pero una vez desvelado el fin externo de las mismas, lo que rige entre ellas no es sino un plan determinista, y, por tanto, predecible, para alcanzar el objetivo propuesto.

Este modelo es el gran Leviatán de nuestro tiempo, pues, para el hombre, la Tecnología es el paradigma del poder y, en la confianza que en ella ha depositado, a ella se ha entregado sin la menor reserva. El modelo tecnológico significa, conforme a lo anterior, el triunfo casi absoluto de lo relativo, de lo que no posee un fin en sí mismo, y, por lo tanto, de lo que tampoco posee un valor en sí mismo. Es la eliminación de la comunión entre los hombres en relación a un fin común, que a la vez que los une pone en cada uno la responsabilidad de su consecución, interpelándolos de esta manera como hombres libres en la unidad del Fin. Y un fin sólo puede ser verdadero si nos interpela como hombres libres, a la vez que nos afirma en la comunión de nuestra unidad original.

Como lo Sagrado es el paradigma de lo que vale por Sí Mismo y de lo que constituye a su vez un Fin en Sí Mismo, el ámbito de lo Sagrado en el contexto del modelo tecnológico que ya se encuentra plenamente globalizado, hoy se halla, a mi parecer, como semilla en el corazón de multitud de seres humanos pertenecientes a todos los rincones de este mundo, a todas las confesiones religiosas, como, asimismo, al grupo de los no creyentes. Es la experiencia de poder mirarnos como hermanos que buscan vincularse entre sí, más allá de sus propias tradiciones históricas, conforme al sagrado proyecto de que cada hombre sea tratado como un valor en Sí Mismo, y nunca como un medio.

H. C.:  ¿Es posible y deseable vivir más allá del pensamiento o junto a él? ¿Cómo podría el ser humano en ciernes acceder a una conciencia integrada e integradora, unitaria, solidaria, capaz de trascender ese pensamiento dual y mecanicista que nos ha legado la modernidad y que hoy por hoy ya no nos sirve?

—F. A.: El pensamiento libre es la forma de conciencia que, por su poder de trascender la particularidad o la contingencia de los objetos, nos hermana como sujetos por la palabra. Como forma de conciencia que alcanza su plenitud, es, a su vez, una dimensión afirmadora de las otras formas de conciencia. El pensamiento libre, que es por tanto creador, busca la unidad entre lo objetivo y lo subjetivo, que no es sino la unidad entre lo determinable y la libertad en la que ésta -la libertad- sea esencialmente la ley de lo cuantificable. Es, por lo tanto, amor que concilia a los opuestos para alcanzar la armonía del ser. Un pensamiento dual se corresponde al verdadero pensamiento como el deseo se corresponde con el amor. Es la negación misma del pensamiento, pues su fin no es el hermanamiento como sujetos por la palabra, sino agruparnos bajo los imperativos de objetivos externos a nosotros mismos.

El pensamiento dual y mecanicista es el resultado de la identificación entre necesidad y razón, que el racionalismo metafísico y la modernidad establecieron como un dogma, con el fin de «liberar» al pensamiento de la «arbitrariedad» de los dogmas religiosos; pero con ello, si bien contribuyó al desarrollo de la Ciencia y de la Técnica, sin embargo, la dimensión espiritual del hombre fue desplazada y sustituida por un yo atomizado, que si bien fue el motor en el reconocimiento de los derechos individuales, y con ello la piedra angular del sistema democrático, este mismo yo, en su aislamiento radical, se autofagocitó hasta quedar reducido al fantasma que hoy compite por «ser», bajo el refugio de cualquier «nosotros». El «hombre sin identidad» de J.P. Sartre y de M. Foucault no son ya seres pensantes a la manera como Descartes aún concebía al hombre, sino que son seres que utilizan el pensamiento como se puede utilizar un bolígrafo.

Yendo, por tanto, a la pregunta sobre si es deseable vivir más allá del pensamiento o junto a él, mi respuesta a la misma es que lo no deseable es vivir conforme a un yo para el cual todo es un medio. Un yo para el que ya nada posee un valor en sí mismo, porque él mismo se siente desvalorizado.

La modernidad no es, en esencia, sino la forma como el yo arrogante que surge del renacimiento y se afirma con el optimismo burgués del progreso, se piensa a sí mismo; y desde ese pensamiento de sí juzga el pasado, su presente, el porvenir, y marca con el orgullo que en su momento le caracterizó, los límites entre lo profano y lo Sagrado, con lo que la forma esencial de todo dualismo quedó institucionalizada.

El hombre quiso diferenciarse radicalmente de lo Sagrado y le asignó a éste el lugar que a su parecer le correspondía. Y no sólo el pensamiento, siervo de ese yo arrogante, suscribió el dualismo que el yo había decretado, dándole legitimación mediante ideologías que significaban ipso facto la negación de su propia esencia -pues ¿qué se puede decir de un pensamiento que a sí mismo se autocalifica de ideología?: que no le queda más opción que hacerse instrumental-, sino que las instituciones de lo Sagrado acabaron por aceptar la versión más conservadora de ese hombre-yo, en una relación simbiótica entre ambos que les protegía de la erupción amenazante de ese nosotros plenamente secularizado que fue el proletariado; sujeto histórico que superó transitoriamente el individualismo burgués en tanto luchaba por su liberación.

La cuestión, por tanto, a mi entender, para acceder a la conciencia integrada e integradora, pasaría por una manera de concebir lo Sagrado -sin concesión alguna, por supuesto, para hacerlo más digerible- que sea también válida para el laicismo, haciéndole ver de paso sus propias carencias. La escisión radical entre la esfera de lo Sagrado y la secularización de la sociedad ha revelado un problema de primera magnitud sobre la cuestión de la legitimación del orden moral y las fuentes del mismo. El vacío que progresivamente ha ido dejando el repliegue de las religiones, en cuanto a legitimadoras del orden moral, ha sido en gran medida colmado por el relativismo; lo cual ha desencadenado una reacción violenta de afirmación por parte de numerosos grupos religiosos que, repudiando cualquier hermenéutica aplicada a los textos sagrados, se pretenden los legítimos intérpretes de los mismos. He aquí otra muestra del dualismo que amenaza la convivencia en paz entre diferentes sociedades y grupos humanos.

Ambos -integristas y relativistas- son conscientes de lo irreconciliable de sus posiciones, porque, curiosamente, para ambos hay algo «sagrado» que defender, que con el triunfo del contrario se perdería irremisiblemente. Sin embargo, hay algo también que ambos tienen en común: y es que para ellos el ser humano no tiene nada de sagrado. De ahí que se le instrumentalice, se le explote, se le humille, se convierta en mercancía o en objetivo a eliminar. Muchos dirán que ellos no participan en tal hecatombe diabólica, pero sin compromiso activo no hay inocencia. Y es éste el punto donde deseaba arribar, pues si algo hay olvidado en este mundo, y la filosofía no es ajena a ello, es precisamente el tema de la Inocencia y su relación con lo Sagrado.

Toda relación con lo Sagrado exige ante todo que, aun en el desconocimiento intelectual que de Él se tenga, nuestro ser entero responda con la transparencia y la mismidad que corresponden a la Mismidad y Transparencia desde la que se nos interpela. Son, por decirlo así, las galas que el hombre ha de vestir ante lo Sagrado. Porque lo Sagrado es la Ley que nos hace Presentes como Fines en Sí Mismos, y, como tales, hemos de hacernos Presentes. Pero esto es precisamente el Ser Inocente, presenciar al otro por sí mismo, como un Fin Original que no puede jamás ser utilizado como un medio. Y este presenciar no es un simple «verlo» por sí mismo, sino un actuar para que así sea. Esta inocencia activa, que dicho sea de paso es la única inocencia, es Ley de leyes; y por eso, una ley social en relación a la cual se nos juzga inocentes o no puede ella misma no ser inocente.

Decía que lo Sagrado es Transparencia, porque la transparencia es lo que nos permite ver, precisamente porque a ella no se le ve. Es la humildad de lo realmente grande. Como Transparencia perfecta es la que permite que nos presenciemos unos a otros por lo que realmente somos; y somos singularidades que buscan hacerse presentes. He aquí porqué llamo a lo Sagrado Inocencia Absoluta: porque nos afirma como singularidades, y su mediación es la que nos permite presenciarnos unos a otros como tales, y nunca como medios.

Un medio es lo que puede ser utilizado porque en su esencia está, precisamente, el no ser sí mismo; y justo por eso, nada tiene de Sagrado, que, como tal, es absoluta Mismidad. Sin embargo, la ley vigente en el mundo actual es la del medio (lo que en sí mismo nada es), por lo que aquello que no «sirve», o sea, actúa como medio, se le margina o simplemente se le aniquila con procedimientos más o menos sutiles.

¿Qué hacer? Pues que nuestra «inocencia» pasiva se convierta en activa y sea la ley de nuestro amor, de nuestro yo -sobre todo de éste- y de nuestro pensamiento; como, asimismo, se transforme en Ley de leyes, pues éstas sólo nos contemplan desde una homogeneidad instrumental que persigue que todo siga como está, tratando de regular los conflictos que, precisamente, surgen de hacer que todo siga como está.

Hashim Cabrera. El desarrollo de las tecnologías parece abocarnos a una deshumanización irreversible. Sin embargo, en tus reflexiones aparece con insistencia la necesidad de los valores y su naturaleza consustancial a lo humano. ¿Cómo puede desarrollarse una cultura humanista en el marco de una concepción tecnológica y meramente instrumental de la existencia humana?

— Francisco Almansa. El desarrollo de las tecnologías no es en sí misma, a mi parecer, la causa de la deshumanización en la que nuestro mundo se desliza, sino que dicha deshumanización es el síntoma que anuncia el fin de un modelo de relaciones humanas basado en la competencia como motor del progreso material. Las tecnologías son, por tanto, los medios por los que dicha competencia se hace más eficaz. Pero la competencia establecida como ley universal de la superación tanto de los individuos como de los grupos humanos, no es sino el mito que surge paralelamente con la desacralización del mundo occidental; pues perdida la referencia en relación a la cual cada uno se esforzaba en ser él mismo -ya que lo Sagrado interpela para hacernos presentes conforme a nuestra singularidad-, el ser uno mismo cuando no existe ese horizonte de referencia queda reducido a llegar a ser más que los otros «en algo». Por ese «algo» cada uno busca reconocerse como el que es; pero para ello es necesario que los otros sean menos que uno precisamente en ese «algo». Y cualquier «algo» sirve, siempre que los otros nos tomen como referente. Lo importante, cuando el referente absoluto de nuestra identidad se ha perdido, y, por lo tanto, nos hemos convertido en unos desconocidos para nosotros mismos, es llegar a ser más que los otros en cualquier cosa. La identidad ha sido sustituida por la cantidad.


La competencia no es solamente la consecuencia de la desacralización del mundo, sino que además es el competidor más directo de lo Sagrado; pues éste es el que da el Sí para que seamos nosotros mismos, lo cual significa que nos valoriza para que nos valoricemos los unos a los otros, como, asimismo, valoricemos. O sea, demos, asimismo, nuestro «sí» como acto de gratuidad inherente a la vida cuando ésta se manifiesta en su plenitud. Pero en el competir se busca la desvalorización del otro, así como la desvalorización de todo aquello que no nos sirva para ser «más».

Es una vida, sencillamente, parasitaria de todo lo que posee valor real, pues explota y utiliza como un medio todo aquello que es un valor por Sí mismo. Incluso de lo Sagrado pretende sacar «algo», ya que frente a la franqueza de aquellos que en su momento lo negaron abiertamente, viéndolo como “el opio del pueblo”, el sistema de la competencia -considerándose, asimismo, como paradigma de la tolerancia, o sea, que tolera lo Sagrado-, se convierte en el árbitro absoluto de lo divino y lo humano. Y su técnica siempre es la misma: la desvalorización del ser real y de los fines que le son inherentes, paralelamente a la valorización de lo que no es nada en sí mismo: el medio (técnica, dinero, imagen, sueños, etc.).

Un proyecto de cultura humanista pasa necesariamente por poner lo que es auténticamente real, o lo que vale por sí mismo, como ley incondicional de todo aquello que simplemente es un medio, y que, por lo tanto, sólo sirve (y nunca ha de ser servido) para la realización de las posibilidades inherentes a lo real. Un proyecto humanista, por tanto, es una y la misma cosa que una valorización de lo que posee un valor en sí mismo. Y lo que posee, a su vez, un valor en sí mismo es todo lo que por sí mismo puede diferenciarse de lo que no es. De ahí que la vida, en sus más altas manifestaciones sobre todo, al ser esa realidad que se diferencia por sí misma de lo que no es afirmándose como lo que es, sea un modelo de valor en sí mismo.

Para nosotros, la conciencia es la forma esencial de la vida, que no la absoluta, por cuanto es la forma de la vida por la que ésta puede diferenciarse de lo que no es vida. Si la dignidad consiste en actuar conforme a lo que se es, entonces, sólo la vida, en tanto que conciencia, es con mayor razón acreedora de la dignidad, pues sólo en la medida que se es vida consciente puede llegar a diferenciarse netamente del ser que no posee la vida, y, como tal, actuar como aquello que se es. Por lo tanto, una cultura humanista es para nosotros aquélla en la que el ser humano, en su doble dimensión vital (conciencia-cuerpo), sea el patrón de toda otra realización. O lo que es lo mismo: que toda realización sea relativa a la afirmación de esta doble, y a su vez una, dimensión vital.

Jean Baptiste Chardin, Jovencita
 Lo anterior supone la negación de la competición para alcanzar un reconocimiento que implica a su vez la desvalorización de los otros; pues la esencia de la conciencia, en tanto que ésta se toma como modelo de sí misma, arrancándose de los espejismos que la alienan, es la de ser un patrón de valoración, por lo que el valor de toda realización viene dado en la medida que afirma más o menos a la conciencia en la unidad e integridad de sus tres dimensiones esenciales:

- El Yo Inocente que nos afirma como fines en sí mismos.

- El Amor como gratuidad en su dar de sí para afirmar todo otro Sí.

- El pensamiento Libre que, a su vez, nos afirma como lo que somos en la comunidad unitaria de los fines comunes.

En cuanto al cuerpo, a diferencia del cuerpo animal, que es un cuerpo instrumental, el humano ha de ser el patrón universal de todo instrumento; por lo que todo medio instrumental, además del fin para el cual ha sido concebido, ha de ser también en su uso una fuente de realización de posibilidades para el propio cuerpo.

Lo anterior, traducido en otras palabras, quiere decir:

- Que toda realización ha de tener como fin la afirmación de la singularidad humana, tanto a nivel de género como de individuo.

- Que toda realización ha de poseer un valor en sí misma, por lo que su resultado no busca compensación alguna. Es pura gratuidad.

- Que toda realización no puede ser ajena a un fin comunitario, pues sólo por él adquiere sentido universal.

- Que toda realización inherente a la afirmación del cuerpo propiamente dicho cumpla plenamente dicho fin; a la vez que el sentido de dicha afirmación se incardine en el marco de las realizaciones anteriores.

A nuestro alcance sólo está, por el momento, el lado espiritual de dichas realizaciones, que como todo lo espiritual, en su expansión exige una doble transparencia: por un lado, la transparencia interior o de aclaración de los auténticos motivos que guían nuestra acción, para lo cual es necesario saber hasta qué punto somos inocentes activos, si nuestros actos de afirmación de los otros son gratuitos, y si nuestros fines realmente se adecuan a conseguir una comunidad humana que funde su unidad en la afirmación de las diferencias reales del ser. La otra transparencia, o la exterior, no puede ser otra que la del testimonio público de la transparencia interior en realizaciones concretas, hasta donde nuestras posibilidades materiales lo permitan.
(Sigue)

martes, 1 de noviembre de 2011

ENTREVISTA A ROBINSON DEVIA



Hemos querido recomendar en nuestro blog la entrevista, celebrada en Barcelona en el contexto del V Congreso de Ciencia y Espíritu, a Robinson Devia, destacado integrante del movimiento colombiano de La Voz de la Consciencia, y que fue uno de los nueve candidatos a la presidencia de su país en mayo de 2010.

La Voz de la Consciencia es una muestra más de esa aspiración emergente a nivel mundial de situar a la consciencia y al ser humano, así como a la naturaleza, como centros y patrones de toda realización social. Todo lo contrario del modelo hoy aún vigente, pero completamente agotado (de ahí sus catastróficas consecuencias), que sitúa tanto a uno como a otra como meros mecanismos y engranajes de procesos y fines ajenos a lo esencial de nosotros mismos y de la propia vida natural.

Aquí tenéis el enlace de la entrevista:

http://vimeo.com/25092598

viernes, 28 de octubre de 2011

SÓLO LA GRATUIDAD ES VERDADERAMENTE LIBRE


 
Luigino Bruni, profesor de Economía Política en la Universidad de Milán y uno de los teóricos de la llamada «Economía de Comunión», expone en uno de sus libros, que citamos aquí, una reflexión que aporta, a nuestro parecer, una de las claves en que deberá basarse una sociedad que aspire a ser realmente libre. Esto es, una sociedad donde podamos realizar las cosas por sí mismas, y no por otras externas a ellas, normalmente en forma de compensaciones. De ahí la importancia de la vocación y de la eliminación del lucro como base de todo el funcionamiento social. He aquí la cita:

«La fuerza de muchas experiencias de economía social radica en el valor que dan a la gratuidad. Al nacer por “vocación”, llevan el sabor específico de la gratuidad. Tal vez solamente lo que nace de una vocación interior pueda ser verdaderamente gratuito por ser verdaderamente libre. Efectivamente, sólo sonde habita la libertad hay gratuidad, y sólo la gratuidad es verdaderamente libre

Luigino Bruni, El precio de la gratuidad, Ciudad Nueva, 2008, p. 60.

sábado, 22 de octubre de 2011

PRÓXIMA CONVOCATORIA EN TORNO AL PROYECTO 'OPCIÓN TRANSPARENCIA'


El próximo martes día 25 tendrá lugar el próximo encuentro en torno al proyecto Opción Transparencia en la Sala de Juntas del Centro Cívico Casa de las Sirenas (Alameda de Hércules, s/n. Sevilla), a las 17:00 horas, cuya exposición sucinta podéis consultar en http://aletheia-informa.blogspot.com/2011/09/opcion-transparencia.html

jueves, 20 de octubre de 2011

LA PERFECCIÓN


 

 Escribe Ingmar Bergman en uno de los diálogos de la película Sueños, de 1955, una reflexión en torno a la perfección que hemos querido rescatar aquí porque nos parece sin duda certera, además de dotada en sí misma de hermosura. A propósito de un collar de perlas, dice el personaje en cuestión:

«Son todas diferentes, con sus particularidades, y aun así, juntas forman un conjunto de una enorme fuerza. Una pequeña orquesta llena de perfectos virtuosos. [….] Esto sin duda es la perfección absoluta.»

viernes, 14 de octubre de 2011

PSICOLOGÍA DE LA AUTORREALIZACIÓN


Kenneth Noland, Abril (1960)

Traemos aquí unos breves extractos del libro del psicólogo transpersonal Antonio Blay, Ser, en el que pueden hallarse interesantes intuiciones que nos muevan a la reflexión:

«La felicidad, como os decía un día, no es nunca el producto de lo que me viene del exterior, la felicidad es en qué medida yo abro y permito que lo que ya soy se manifieste. La felicidad es el resultado de lo que doy, nunca el resultado de lo que los otros me dan, y esa felicidad es infinita. En el aspecto individual se vive como un foco, pero arriba es un océano y este foco es un foco de ese océano. Entonces esta conversión, esta metanoia, este giro completo, por el cual yo descubro que la fuente de la felicidad, que la felicidad misma, no es nunca el producto de algo, sino que es más bien algo ya original, algo que es la base de todo que ya está totalmente presente, es un descubrimiento que uno tiene que constatar y reafirmar, porque nuestra mente está educada de manera que cree siempre que la felicidad nos es dada desde el exterior. [….]

De manera que el secreto de la felicidad es abrirse a esa dimensión que uno es y ha sido siempre. La felicidad soy yo mismo. No yo tal como funciono habitualmente, sino yo en un sentido auténtico, en un sentido profundo, y eso es extraordinariamente importante porque podríamos decir que nuestra vida funciona mal debido a que estamos siempre buscando la felicidad donde no está. Y eso crea un montón de líos y dependencias: necesito a unas personas y, como las necesito para sentirme querido, quedo atado a lo que aquellas personas me exigen y entonces hay una batalla. No quiero dar pero en cambio quiero recibir, y me meto en cosas que no son realmente lo que estoy buscando.

Mis conflictos interiores siempre vienen porque no me dan lo que yo espero y en cambio me exigen lo que no quiero dar. En general, la problemática de la humanidad está centrada en un problema de carencia afectiva, aunque realmente la problemática no es esa: la problemática es que hay una falta de visión que las personas la viven como una carencia afectiva. Descubrir eso experimentalmente es fundamental porque cambia nuestra actitud hacia las personas y hacia la vida. La vida deja de ser esa búsqueda constante de compensaciones, de satisfacciones, de gratificaciones. Me puedo llenar directamente y así la vida se convierte, no en una búsqueda de felicidad, sino en un medio a través del cual yo doy, expreso la abundancia de mi propia felicidad y expreso esa felicidad de un modo inteligente, de un modo creativo, de un modo activo. Lo que antes era una como una especie de juego dramático, lo que muchas veces se vivía como tragedia, exactamente lo mismo, al vivirlo en otra dirección, desde la plenitud de las formas, entonces se convierte en un juego creativo, recreativo, y es cuando hay el gozo de dar, de crear; doy de mi abundancia, y al dar y crear es como si renovara, en un plano más elemental, el gozo que ya soy en un plano más superior. Éste es el verdadero sentido, de momento, de nuestra existencia».

ANTONIO BLAY, SER. CURSO DE PSICOLOGÍA DE LA AUTORREALIZACIÓN, Índigo, 2006, pp. 315-317.

sábado, 8 de octubre de 2011

MIREN ETXEZARRETA: CAPITALISMO SENIL



Miren Etxezarreta
Catedrática emérita de Economía Aplicada de la UAB
Ilustración tomada de http://jalaparevealed.wordpress.com

Los medios de comunicación nos inundan con temas financieros: deudas, evaluaciones de agencias, tipos de interés, primas de riesgo, las probables consecuencias de todo ello, etcétera. Intentemos mirar más allá de estas apariencias y probemos a detectar algunos aspectos de lo que realmente significa el sistema económico en el que vivimos. Fundamentos que son iguales desde la consolidación del capitalismo, pero que ahora se muestran en toda su crudeza.

En primer lugar, aparece con fuerza la idea de que el sistema es totalmente tributario del crédito. No se debe olvidar que el crédito supone que se gasten en el presente los recursos del futuro. El capitalismo actual no puede subsistir, no tiene capacidad de reproducirse a sí mismo más que utilizando más y más recursos del futuro, dando saltos adelante hacia el vacío. Es también un sistema dirigido por unos agentes que controlan lo que llaman mercados, cuyo único objetivo es obtener el máximo beneficio para ellos. Esto siempre ha sido así en el capitalismo, pero ahora se hace explícito y adquiere la máxima legitimación. No les preocupa el crecimiento, la producción o el empleo. El mayor o menor bienestar para la población que el sistema pudiera generar subsidiariamente ha de estar totalmente subordinado a los fines de estos agentes.

Quienes dominan los mercados –unos pocos agentes financieros de enorme poder–, y quienes trabajan para ellos –unas agencias de evaluación cuyo carácter arbitrario y especulativo está ampliamente demostrado– parecen ser quienes controlan el mundo. Tres grandes agencias oligopolísticas dictaminan las decisiones del capital, estructurado en muy pocos pero imponentes conglomerados financieros. El resto de poderes están difuminados, debilitados, incapaces de controlar a estos grandes operadores mundiales. En todos los casos, los mercados y sus agentes dictarán la política que consideren adecuada, que consiste esencialmente en dar todas las facilidades al capital global. Muy pocas personas con inmenso poder someten al mundo.

Las estructuras políticas que llamamos democráticas y por las que los países más ricos se rigen desde hace 200 años están siendo cada vez más marginadas. Esta crisis está desvelando con claridad el papel instrumentalizado y subordinado de la política. El poder económico dictamina la política. Los poderes políticos se encuentran impotentes para domeñar estos poderosos agentes, para regular la vida económica, mucho más para dirigirla. Los mercados imponen la orientación económica y la vida política está cada vez más supeditada a sus indicaciones. Es cada vez más dictatorial y está alejada de cualquier objetivo relacionado con el bien común. Las contradicciones entre distintos tipos de capital aumentan. El capital financiero cada vez deja menos espacios para el ámbito de lo real. La producción de riqueza real, la capacidad de producir bienes y servicios, tiene cada vez menos importancia en los objetivos de quienes toman las decisiones, se ha convertido en mero instrumento de la acumulación financiera. No importa si cumplir los objetivos financieros supone deteriorar grave y permanentemente la capacidad de producir riqueza. El único objetivo es el de aumentar la riqueza financiera, el dinero del que se pueden apoderar, aunque esta impresionante acumulación de riqueza consista en poco más que en complicadísimas anotaciones contables de capitales ficticios. El capital financiero fagocita a las fuentes reales de producción de riqueza y en el proceso se devora a sí mismo, pues sólo se produce riqueza en la esfera de lo real.

Este capitalismo es cada vez menos capaz de distribuir la riqueza que se genera de forma que proporcione unos niveles de vida adecuados. La explotación de muchos por muy pocos es cada vez mayor y a su vez genera contradicciones que dificultan el mantenimiento del sistema. La población cada vez puede esperar menos que el empleo le proporcione niveles de vida adecuados, no puede hacer un proyecto para su vida: vivirá cada vez peor y más subordinada a la riqueza de unos pocos. Ni económica ni ideológicamente se legitima el sistema, y de ahí que intensifiquen el recurso a la represión.

Es la dinámica de un sistema insaciable que necesita devorar más y nuevos recursos –humanos, naturales, financieros– cada día. Todas las medidas son insuficientes. Controladas las periferias, tratan ahora de apoderarse del centro del sistema: se hunde la periferia europea más débil, después van a por España e Italia, se comienza a mencionar a Bélgica e incluso a la potente Francia. Por primera vez se pone en cuestión la fortaleza de Estados Unidos. Algunos afirman que son los síntomas de un importante cambio de poder: la decadencia del poder del hasta ahora centro a la consolidación del poder de los países emergentes. En cualquier caso, el sistema es cada vez más inestable, cualquier cambio lo altera, las turbulencias son crecientes y no cesan. Las crisis, más frecuentes.

¿Puede mantenerse, sobrevivir, un sistema de estas características?, ¿o asistimos más bien a la inviabilidad del capitalismo, fagocitado el poder por sus mismas fuerzas? ¿Es Saturno devorando a sus hijos por miedo a perder el poder? Lo que está muy claro es que toda está dinámica es muy perjudicial para las poblaciones y los países. Llevamos años asistiendo a una enorme reestructuración del poder que ha conducido a la última crisis, de la que no está nada claro que se esté consiguiendo salir. Nada podemos esperar del capitalismo senil que está dispuesto a las mayores crueldades para mantenerse. Estamos en la cubierta del Titanic plenamente conscientes del hundimiento. La única posición lógica es trabajar para lograr cuanto antes un sistema alternativo. Muy pocas personas con inmenso poder controlan el mundo.

Aparecido en el diario Público el 20 de agosto de 2011.

sábado, 1 de octubre de 2011

RESUMEN DE LA CHARLA-COLOQUIO: NUEVOS VALORES PARA UN NUEVO TIEMPO.

C. D. Friedrich, En un barco velero. 1818-20.


Córdoba, 20 de septiembre de 2011.
Ponente: Francisco Almansa González, Presidente de la asociación Aletheia.

A la hora de hablar y tratar de clarificar el significado de viejos y nuevos valores, parece importante reflexionar, en primer lugar, acerca de lo que entendemos por tales. Parece plausible entender un valor como aquello que al afirmarse y ser afirmado, nos afirma; y al ser negado nos niega. Tales afirmaciones y negaciones pueden ser tanto directas como indirectas. En cambio, los antivalores serían aquellos que, al afirmarse, nos niegan, y, al negarse, nos afirmamos. Un ejemplo muy claro de estos últimos serían, por ejemplo, las drogas: nos hacen sentir bien en un primer momento, pero, a la postre, acaban negándonos.
Hemos definido tres grandes conjuntos de valores, que pueden enunciarse como sigue:
A) Valores objetivos: son aquellos que nos afirman dentro de determinados límites cuantificables o medibles (por ejemplo, la salud). Suelen ser los propios de la ciencia.
B) Valores esenciales o subjetuales (que no subjetivos): Son aquellos que no son determinables porque por ellos somos lo que somos, y, en tanto que tal, libres. Es por ello que pueden también denominarse valores de la libertad. Son, pues, los que nos afirman como aquello por lo que inmediatamente nos reconocemos o identificamos como nosotros mismos. En relación a lo anterior, pues, podemos afirmar que la libertad no consiste en otra cosa que en la afirmación de la propia singularidad, de manera que nos podamos diferenciar de aquello que no somos relativamente. Es, por tanto, lo que nos permite ser nosotros mismos.
Estos valores son patrones en su género; por lo tanto, no pueden ser medidos. Cada persona es única; y medir lo que en ella es única es una contradicción, puesto que una medida supone una determinación de lo que es sí mismo; lo que significa forzarla a no ser sí mismo.
El verdadero patrón de la mismidad es aquel que la ama, y, por lo tanto, busca únicamente afirmarla. O sea: que cada uno llegue a ser el patrón de sí mismo. En la medida que una conducta es determinable, lo que se mide es la falta de mismidad, y esto implica una identificación excesiva con lo que no se es.
En estos valores se incluyen, por tanto, el pensamiento, el amor y la voluntad. En efecto, se produce la coincidencia con nosotros mismos cuando amamos, pensamos o nos afirmamos debidamente. Cuando no ocurre esto, por el contrario, no logramos sentirnos ya plenamente nosotros mismos. Ahora bien, ¿cómo conocemos si esa afirmación de los valores esenciales es la debida? ¿Cómo sabemos si no se encuentra impregnada de subjetividad? Fundamentalmente, a partir de las posibilidades que puede realizar. Y, efectivamente, son precisamente los valores esenciales los que más potencialidades poseen para ello. Así, un amor muy localizado podrá realizar, asimismo, muy pocas posibilidades, al mismo tiempo que tenderá, por su propia localización excesiva, a deformar o desequilibrar otros valores esenciales (un amor fetichista, por ejemplo, tenderá a focalizar asimismo en demasía al pensamiento y la voluntad, convirtiéndolos en buena medida estériles). Por el contrario, cuanto más universal sea un amor, más afirmará, asimismo, a otros muchos seres -posibilitando que sean más sí mismos-, y más creativos y llenos de posibilidades podrá conformar al pensamiento y la voluntad asociados a él; y viceversa.
René Magritte, Le Retour (1940)
C) Valores Fin: Son aquéllos en los que la Libertad se hace presente, por lo que las realizaciones de los mismos se hacen por sí mismas. Se trata, por tanto, de realizaciones libres. Son, podemos decir, los límites de una realización. Mientras que las realizaciones libres son un fin en sí mismas, las que se realizan por un fin que no les pertenece son realizaciones relativas, y por tanto no libres.
Que la libertad se hace presente significa que la realización de un Valor Fin no necesita compensación, por lo que es un regalo en sí misma. Pero también quiere decir que la libertad se nos hace presente. O sea, que adquiere una forma objetiva. Sin embargo, su objetividad o determinabilidad depende de la Libertad o Mismidad. Es un mundo que posee, por tanto, sus propios límites, al contrario del que se manifiesta en los Valores objetivos, en los que se revela la autolimitación1 del ser; mientras que en los Valores Fin el ser es autopresencia o autoapertura, pues en ellos la Libertad es un presente.
Los Valores Fin son, como presentes abiertos, los que sugieren nuevas posibilidades de realizaciones por sí mismas, pues ellos mismos son valores por sí mismos. Por lo tanto, el fin de todo futuro es siempre el Valor por sí mismo.
Mientras que los valores esenciales tienen que exteriorizarse, poseer un objeto, los valores Fin son, como se ha dicho, son aquéllos donde la Libertad se hace presente. Son los valores por sí mismos, y, por tanto, la negación de la relatividad. Los esenciales son expresión de nosotros mismos, pero si no se exteriorizan o se proyectan no nos sentimos plenamente realizados. Esa expresión constituye, precisamente, los Valores Fin. Un ejemplo es el arte, el cual es expresión u objetivación de la propia libertad. Una obra de arte ya no determina, sino que inspira. Así ocurre también, por ejemplo, con un gesto bello, que supera los límites más o menos constrictivos de la moral, convirtiéndose, pues, en puramente gratuito. Los Valores Fin constituyen, pues, los valores a alcanzar, porque no imponen, sino que inspiran, esto es, sugieren posibilidades, sin determinar.
El conflicto entre valores.
-Valores relativos / Valores Fin.
Mientras que los primeros exigen compensación, los segundos son por sí mismos, por lo que expresan gratuidad. Los Valores Fin poseen su compensación en su propia realización; no se realizan, por tanto, por otra cosa.
En consecuencia, un mundo realmente libre es aquel en el cual los objetivos supremos vienen constituidos por aquellos que se realizan por sí mismos, mientras que los que se hacen por un objeto externo a ellos mismos se subordinan a los primeros. Puede afirmarse, pues, que cuando todo se hace por otra cosa se vive en una sociedad que fácilmente podríamos calificar de mercenaria.
Sandro Botticelli, Alegoría de la primavera (1478-82)
-Valores laicos / valores religiosos.
Los primeros son relativos a la convivencia social en relación al Tiempo presente; los segundos a la moral en relación a fines últimos. El verdadero conflicto que se presenta entre ambos no es otro que el de la localización de las verdaderas fuentes de la moral: ¿dónde situarlas? ¿por qué hemos de hacer lo que debemos hacer? Es evidente que aquí, en última instancia, no pueden ni deben situarse valores pragmáticos, los cuales, por una parte, no pueden constituirse verdaderamente en fuente de valor, y, por otra, pueden dar lugar, como de hecho ocurre, a frecuentes abusos.
Nuestro planteamiento aquí es que ambos pueden ser compatibles a través de un valor superior: el valor de la Inocencia. Entendemos al inocente como el que, presenciándose, presencia al otro como un fin en sí mismo y no lo utiliza nunca como un medio. No se trata de un estado pasivo, sino plenamente activo de afirmación de la singularidad del otro. Por lo tanto, es también negación activa de todo aquello que como institución o persona utilice a los otros como medios. Es, por tanto, una ley de leyes. En la historia no dejamos de tener ejemplos de ello: Jesús, Buda, Marx, Einstein, etcétera. Todos ellos se caracterizaron por presenciar a otros antes ignorados y prácticamente invisibles, devolviéndoles la dignidad que les corresponde, o bien entregando por sí mismo el fruto de su trabajo para elevar nuestro nivel general de conciencia, a fin de ampliar también nuestras posibilidades de todo tipo.
Así pues, desde el punto de vista del valor de la inocencia, no tiene porqué existir conflicto entre los valores laicos y los propiamente religiosos. El problema surge cuando tanto la sociedad laica como las propias instituciones religiosas utilizan a los seres humanos, e incluso a ellas mismas, para fines externos a los que les corresponden, como ocurre también desgraciadamente con demasiada frecuencia.
-Valores del individuo / valores sociales.
Como es bien sabido, los primeros persiguen fines particulares, la exaltación de las cualidades personales y el reconocimiento del éxito, mientras que los segundos aspiran a bienes tales como la cooperación, la solidaridad, el cuidado por lo público, etcétera, por lo que inevitablemente entran en conflicto. No obstante, ambos pueden ser conciliados por lo que denominamos como Singularidad solidaria. Efectivamente, el inocente, tal y como queda entendido más arriba, es el que, afirmándose en su propia vocación, que constituye una gratificación por sí misma (y que, por tanto, toma sólo lo justo para poder continuar con su labor), afirma a su vez a los demás. Es ésta, pues, la que entendemos como singularidad solidaria. Así pues, el fin es que las realizaciones personales puedan constituir un presente para los otros, de la misma manera que recibimos siempre, a través de la solidaridad social, los presentes de los demás. La singularidad solidaria constituye, pues, el fin social capaz de conciliar los dos polos de la individualidad y los valores sociales.
-Valores de la eficacia / valores ocio.
Los primeros afirman el trabajo racionalizado en relación a la productividad; los segundos el disfrute pasivo de lo realizado. Es el propio carácter externo del primero el que conduce a la pasividad no creativa del segundo. Ambos pueden ser superados por el trabajo libre (creativo o vocacional) y la contemplación inspiradora, ya que el primero constituye una realización por sí mismo, por lo que su ocio no será pasivo, sino activo, inspirado a su vez por las realizaciones de otros.
Marc Chagall, Ángel azul
Resumen.
-Transparencia o Inocencia: Actuar para que los otros sean valores en sí mismos y no medios2.
-Gratuidad: Que lo que se realice tenga valor por sí mismo; por lo tanto no implica más compensación que la energía real consumida en su realización.
-Justa compensación: Se tiene derecho solamente a la restitución de lo consumido tanto para reproducir en condiciones óptimas la fuerza de trabajo gastada en la conservación de la misma, como de toda la energía necesaria para la realización de lo que tiene un valor por sí mismo.
-Trabajo libre: Es el trabajo que se realiza por sí mismo. Es aquélque implica vocación, y en el que lo realizado y la realización más coinciden. En el trabajo libre concurren: a) la realización personal; b) la creatividad; c) la eficacia; y d) el bien social.
-Singularidad solidaria como Valor Fin humano: Es la clave educacional para la construcción de un nuevo mundo, pues supone que la afirmación de la singularidad de cada uno implica la afirmación de la singularidad de los demás. Asimismo, tal concepto vale para otras diferencias esenciales del ser. Por ejemplo: que la afirmación de la singularidad humana en tanto que tal ha de afirmar a su vez la singularidad de la Naturaleza; etc.
1Limitación es aquí límite a la presencia o límite como presente.
2Un medio carece de transparencia porque en la medida que es, es para otra cosa diferente a él mismo, luego visto en sí mismo es absurdo. Su valor es para ser utilizado.

Relacionado con estos temas le recomendamos: LOS VALORES DEL SER.
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