lunes, 29 de agosto de 2011

STEFAN ZWEIG: EL MISTERIO DE LA CREACIÓN ARTÍSTICA.



 «Estoy convencido de que ningún deleite artístico puede ser perfecto mientras sea sólo pasivo. Nunca comprenderemos una obra con solo mirarla. Donde no preguntamos, nada aprendemos, y donde no buscamos, no encontraremos nada. Ninguna obra de arte se manifiesta a primera vista en toda su grandeza y profundidad. No sólo quieren ser admiradas, sino también comprendidas. Cada obra de arte quiere ser conquistada, como una mujer, antes de ser amada. Más aún, llego hasta a decir que no tenemos ningún derecho moral a contemplar cómoda y tranquilamente la acción sacrosanta y más apasionada de otro hombre. Donde el artista estaba más agitado y ha dado lo mejor de sí, para hacernos accesible su visión, ahí nosotros también debemos brindar lo mejor para comprenderle. Cuanto más nos esforzamos por penetrar en su misterio personal, tanto más nos acercamos al arcano de su arte. Y, créanme ustedes, cuando seguimos, aunque sea a un solo artista, humildemente, a través de todas las etapas de sus obras, este esfuerzo nos enseña más, con respecto al carácter del arte, que cien libros y mil conferencias. Pero, sobre todo, no teman ustedes que al procurar introducirnos en el misterio más íntimo de la creación artística se pierda por ello nuestro respeto por ese misterio. La belleza de las estrellas no ha sufrido mengua porque nuestros sabios hallan procurado calcular las leyes de acuerdo con las cuales aquéllas se mueven, ni la majestad del firmamento ha perdido nada de su grandeza porque procuraran medir la velocidad de los rayos con que su argentino brillo llega hasta nuestros ojos. Al contrario, esas investigaciones nos han hecho aparecer más maravillosos todavía los milagros del cielo, el sol, la luna y las estrellas. Lo mismo reza para el firmamento espiritual. Cuanto más nos esforzamos por profundizar en los misterios del arte y del espíritu, tanto más los admiramos por su inconmensurabilidad. No tengo yo noticias de deleite y satisfacción más grandes que reconocer que también le es dado al hombre crear valores imperecederos, y que eternamente quedamos unidos al Eterno mediante nuestro esfuerzo supremo en la tierra: mediante el arte. (44)

Aun la paciencia puede ser genial, aun la minuciosidad y el método pueden expresar lo extraordinario. Por eso repito: el método no es nada, la perfección lo es todo […]. Todo camino que conduce a la perfección es acertado, y cada artista no debe ir más que por uno de esos caminos, el suyo propio. Debe ser creador y maestro de su propio arcano. (41)

Para él [Toscanini] no cuenta en el arte sino lo perfecto: he aquí su grandeza moral, su carga humana. Para su tenacidad de artista no existe -o sólo existe en el sentido de la adversidad- todo lo demás: lo bastante loable, lo casi perfecto, lo aproximativo. Toscanini odia la conciliación en todas sus formas. Desprecia tanto en el arte como en la vida la gentil conformidad, el compromiso, el mísero darse por satisfecho.

Es inútil hacerle ver, recordarle, avisarle que lo absoluto no es, en verdad, accesible dentro de nuestra esfera terrestre y que aun la voluntad más grandiosa no alcanza sino la extrema aproximación a la perfección, la que es atributo únicamente de Dios y no del hombre […]. Pero toda voluntad que se obstina continuamente en alcanzar lo inalcanzable y en hacer posible lo imposible, logra en el arte y en la vida un irresistible poder. (65)

Y todo el que venera el arte en sus formas más elevadas como manifestación de lo moral, percibe cual inolvidable lección el asistir a esa manera de transformar, por asimilación, una multitud en unidad, y de elevar lo informe, con fuerza tensísima, a la perfección. Pues únicamente a esas horas compréndese la actividad de Toscanini, no sólo como obra artística sino también como acción ética. (69)

Nunca se alcanza la suprema grada del arte si lo más difícil no impresiona como lo más natural y lo perfecto como normal. […] Como quizá ningún hombre lo sabe este gran impaciente, siempre disconforme: el arte es una lucha eterna, nunca es un fin, sino siempre un comienzo. [...] (75)

Tal severidad moral del concepto y del carácter es un acontecimiento dentro de nuestro arte y de nuestra existencia. […] Nada hay más peligroso para la dignidad y el ethos del arte que lo untado y cómodo de nuestra actividad artística ordinaria, que la ligereza con que, por obra del fonógrafo y de la radio, se pone lo más sublime al alcance aun del más despreocupado, a cada hora: pues esa comodidad hace olvidar a los más el esfuerzo de la creación y los induce a asimilar el arte sin tensión y sin respeto, como la cerveza y el pan. Es, por lo mismo, una bendición y un goce espiritual ver en este tiempo a un hombre que por la potencia de su personalidad, recuerda que el arte es una labor sacra, una misión apostólica por lo inalcanzablemente divino de nuestro mundo, y no un regalo del azar sino una merced justa, no un placer tibio, sino también una penosa creación. […] Sólo el hombre extraordinario reconduce siempre a los demás hacia el orden la subordinación, y nada nos inspira más respeto por ese gran abogado de la fidelidad para con la obra, que el hecho de que haya logrado enseñar a una época confusa e incrédula el respeto por los valores más sagrados.» (76, 77)

(Ed. Sequitur, 2010).

jueves, 4 de agosto de 2011

NUEVOS PROYECTOS DE ACTUACIÓN ANTE LA SITUACIÓN ACTUAL


Ante la presente situación de general agravamiento sin precedentes de las desigualdades y las injusticias a nivel global, y de desconcierto y acelerada pérdida de derechos de la ciudadanía, no se trata ya de exigir a «nuestros políticos» que moderen la codicia de unos pocos, ni de continuar legitimándolos pidiéndoles soluciones que no pueden ofrecer, puesto que sus presupuestos de actuación política y económica continúan siendo los mismos que han dado lugar a esta debacle generalizada, humana, económica, política y ecológica.
Se trata de que seamos los ciudadanos mismos quienes tomemos las riendas de la actual situación, organizándonos y definiendo entre todos un nuevo fin que vincule al mayor número de personas posible. Porque sin fines comunes no hay verdadero cambio. Y ese fin no es otro que la restauración de una Utopía que se nos ha escamoteado, entendiendo por utopía la representación ideal, pero realizable, que busca una forma de organización social en la que el ser humano encuentre la armonía consigo mismo y con la naturaleza.
Aspiramos a que no sea necesaria la caridad, que procura, en uno u otro ámbito, restaurar o mitigar daños producto de un engranaje global esencialmente injusto. Atrevámonos a actuar lo más globalmente posible. En una palabra: hay que ir, de una vez y definitivamente, a por todas.
Una nueva sociedad debe basarse en un nuevo tipo de relaciones humanas en las que se potencie y afirme lo mejor de cada uno de nosotros, sin excepción. Nunca ya más en el gregarismo de muchos y en el elitismo de unos pocos. Por el contrario, resulta imprescindible que la afirmación de la libertad de cada uno sea condición de la afirmación de la libertad de todos los demás. Se trata, pues, de plantear un nuevo sentido de la libertad: la libertad solidaria, verdadera expresión de la singularidad humana.
Así, pues, hay que trabajar por acabar con todo aquello que limite o agoste nuestras legítimas posibilidades, expresión misma de nuestra libertad. Es decir, con todo aquello que no considere al ser humano un fin en sí mismo, tomándolo, por el contrario, como un medio. Y sáquense todas las conclusiones posibles de esto.
Se hace urgente definir nuevos valores y redefinir los antiguos. Porque no queremos más de lo mismo, sino otra cosa, a la vez que mejorar lo que sea mejorable. Queremos ser disidentes reales, no ficticios, empleados para renovar, con su supuesta apertura, la propia legitimidad del sistema.
Aspiramos seria y decididamente a poner en marcha y ampliar este movimiento que nace con una vocación clara y decidida. Queriendo dar contenido a lo que hemos definido como utopía, estamos en proceso de constitución de una red de personas y grupos dispuestos al compromiso en torno a estos fines. Si quieres más información puedes ponerte en contacto con nosotros en el correo electrónico asociacionaletheia@yahoo.es, a través de nuestro blog o en nuestra cuenta de Facebook.

domingo, 31 de julio de 2011

EL OSCURECIMIENTO DE LA LUZ. Sobre la conservación de la sabiduría y la virtud en tiempos oscuros.


William Turner, Sombras y oscuridad, la tarde del diluvio (1843)


I CHING. EL LIBRO DE LAS MUTACIONES. Barcelona, RBA, 2006.

«Es preciso que ni aun en medio de circunstancias adversas se deje uno arrastrar indefenso hacia un doblegamiento interior de su voluntad y conducta. Esto es posible cuando se posee claridad interior y se observa hacia afuera una actitud transigente y dócil. Mediante tal actitud es posible superar aun el peor estado de necesidad. Ciertamente, en determinadas circunstancias dadas, se hace necesario que uno oculte su luz con el fin de poder preservar su voluntad frente a las dificultades que surgen en el contorno inmediato, y a pesar de ellas. La perseverancia ha de subsistir en lo más íntimo de la conciencia sin llegar a destacarse hacia afuera. Únicamente así podrá uno conservar su voluntad en medio de las contrariedades.
[…]
En tiempo de tinieblas es cuestión de ser cauteloso y reservado. No debe uno atraer inútilmente sobre sí poderosas enemistades por causa de una conducta o de modales desconsiderados. Si bien en tales épocas no debe uno compartir las costumbres de la gente, tampoco deben éstas sacarse críticamente a la luz. Son momentos en que es necesario no pretender, en el trato con la gente, que uno lo sabe todo. Muchas cosas hay que deben dejarse como están sin acceder, no obstante, al embaucamiento y caer así en el engaño.
[…]
Con formidable resolución pretende uno elevarse por encima de todos los obstáculos. Pero tropieza con el destino hostil. Entonces se retira, se aparta, se hace a un lado. Son tiempos difíciles. Es preciso seguir avanzando presurosamente y sin descanso, sin que uno encuentre una morada duradera. Cuando alguien se niega interiormente a asumir compromisos y prefiere seguir siendo leal a sus principios, debe afrontar la necesidad, la indigencia. Sin embargo, mantendrá con toda firmeza la meta a la cual se empeña en llegar, aun cuando la gente en cuya casa se aloja no lo comprenda o lo difame.
[…]
el regente de la luz ocupa una posición subordinada. Es herido por el regente de las tinieblas. Pero la lesión no pone en peligro su vida, tan sólo constituye un impedimento. La salvación es todavía posible. El afectado no piensa en sí mismo, sino únicamente en la salvación de los demás que también se ven amenazados. Por eso, con todas sus fuerzas, se empeña en salvar lo que pueda salvarse. En esta forma de obrar consecuente con el deber reside la ventura.
[…]
Mientras el hombre leal y fuerte interviene con empeñosa actividad con el objeto de restablecer el orden, sin ninguna clase de segundas intenciones, se topa como por pura casualidad con el cabecilla del desorden y lo captura. De este modo se logra la victoria. Pero la supresión de los abusos no ha de procurarse con excesiva precipitación. Tal actitud traería malas consecuencias, ya que los abusos se habían desorbitado durante demasiado tiempo.
[…]
El príncipe Chi vivía en la corte del tenebroso tirano Chou Hsin, el cual, sin ser nombrado, sirve como ejemplo histórico de base para toda la situación. El príncipe Chi era pariente del tirano, motivo por el cual no le era posible retirarse de la corte, de modo que ocultó su disposición bondadosa y simuló locura. Así se mantuvo como esclavo, sin que las adversidades exteriores lograran desviarlo de sus convicciones.
Surge de ello una enseñanza para quienes en época de tinieblas no pueden abandonar su sitio. Junto a una invencible perseverancia en lo interior deben duplicar su cautela hacia afuera, para sustraerse al peligro.
[…]
Se ha alcanzado aquí el colmo de las tinieblas. La potencia tenebrosa tuvo al comienzo tan alta posición que pudo herir a todos los seres buenos y esclarecidos. Pero al fin ella perece, a consecuencia de sus propias tinieblas, pues el mal ha de hundirse en el mismo instante en que vence plenamente el bien, consumiéndose así la fuerza a la cual hasta ese momento debió su existencia
(pp. 204-208)

lunes, 25 de julio de 2011

DECÁLOGO DE LA AUTENTICIDAD.


1. Nunca te sentirás víctima.
2. De lo que te suceda no culparás a los demás, sino que buscarás una solución.
3. Allí donde te encuentres promoverás la sinceridad, no la impondrás.
4. Allí donde te encuentres promoverás la confianza en ti.
 
Gandhi.
5. Allí donde te encuentres harás pruebas de que puedes olvidarte de ti.
6. Lo que más te ha de preocupar con respecto a los otros es que alcancen su singularidad.
7. La singularidad nunca se impone, se promueve.
 
Caravaggio, Mateo (1599-1600).

8. Solamente la singularidad se puede promover si se busca y se lucha por la propia singularidad de forma solidaria.
9. Sea cual sea la actitud moral de los otros, siempre nos pueden ayudar.
10. Nunca olvidaré que SOY TÚ.
 
Tarkovsky, La infancia de Iván.

Francisco Almansa González, Presidente de la Asociación Aletheia y filósofo.




lunes, 18 de julio de 2011

La actualidad de "Sacrificio" (A. Tarkovski)





Trascribimos a continuación unas palabras de Andrei Tarkovski acerca de su última obra: Sacrificio. Consideramos que su reflexión es de una tremenda actualidad y su contenido nos ayuda a reflexionar sobre el momento que vivimos y nuestra actitud frente al crucial punto de inflexión histórico que nos ha tocado vivir.

Desde que comencé con las notas iniciales de Sacrificio, y durante todo el tiempo que trabajé en el guión, me sentí constantemente preocupado por la idea del equilibrio que esta implícito en todo acto sacrifical -el yin-yang, por así decir, del amor y de la personalidad individual-. Me movía el tema de esa armonía que sólo puede surgir del sacrificio. No quería hablar del amor mutuo, del amor en dos direcciones, sino del amor como entrega unilateral, total y desinteresada. Para mi, cualquier otra forma no es amor o, al menos, no la manifestación suprema de esta experiencia humana.


El personaje de Sacrificio busca participar en la vida, influir en el destino de sus contemporáneos y de su país, sin dejar que sean los políticos profesionales los que decidan por él. Este individuo quiere introducirse en la corriente de la vida y cambiar su curso. Y eso es posible sólo cuando se da cuenta de que nadie hará nada por él, mientras él mismo no tome la iniciativa. Si no queremos vivir como parásitos en el cuerpo de la sociedad, disfrutando de los beneficios de la democracia; si no queremos convertirnos en conformistas y estúpidos consumistas, tenemos que aprender a renunciar a muchas cosas. Y, sobre todo, cualquier reforma que propongamos debemos empezarla por nosotros mismos. 

Yo me enfado cuando la gente hace responsable de todo lo malo que ocurre en el mundo a los demás, pero nunca a sí mismo. ¡Cuántos gastan gran parte de su energía en culpar a los demás, sin dirigir la mirada primero sobre ellos mismos! Empezar por uno mismo, eso es lo que deberíamos hacer todos desde el primer momento. Pero nos hemos acostumbrado a que todo lo paguen el esfuerzo y el trabajo de los otros, y no el nuestro propio.

 Esta situación que yo percibía en mi país, comprobé para mi sorpresa que también se repetía en occidente, aunque en una atmósfera de mayor bienestar material que me entristecía aún más. También en Europa occidental existen sueños colectivos, amparándose en los cuales la gente se hace irresponsable en su actuación individual. Basta mirar a Suecia, por ejemplo; ninguna vida espiritual, ningún interés por nada en ese país. Esa idea de que son todos iguales: el barman, el cineasta, todos semejantes frente a los impuestos, etc. Somos iguales solamente ante Dios, no ante los demás. 



Fotograma de la película

Vemos, pues, cómo en todas partes, con el pretexto de que estamos unos junto a otros, es decir, en tanto que la humanidad está en proceso de construir una suerte de civilización, constantemente nos desviamos de nuestra propia responsabilidad y, sin darnos cuenta, descargamos sobre los demás nuestra responsabilidad histórica. Pero ninguna estructura social puede funcionar en parte alguna del mundo si no arraiga en cada individuo singular.

Por eso resulta de extrema importancia restablecer la participación del hombre en su propio futuro, conseguir que éste vuelva a creer en su alma y en el sufrimiento de ésta, y que ligue su actuación a su propia conciencia. Estoy convencido de que todo intento de restablecer la armonía en el mundo sólo puede tener éxito a partir de la renovación de la responsabilidad individual. Y esto no lo haremos sin renovar nuestra actitud respecto a la fuerza que nos ha creado y que nos hace vivir.”

Andréi tarkovski. Vida y obra. (2003) vol. II , páginas 66-91.

Del mismo director le recomendamos en nuestro blog: STALKER (1979) DE ANDREI TARKOVSKY.

martes, 5 de julio de 2011

¡INSOLVENTES!



 Recomendamos vivamente la lectura de esta carta desesperada y anónima de sólo 62 páginas de un hombre que, habiéndose visto atrapado en las garras de este sistema implacable que nos devora -consumismo, vacío, explotación, sobreendeudamiento, estigmatización...- no encuentra otro camino que desertar, viéndose por fin confinado en un rincón de Asia, en uno de los brazos del río Mekong, viviendo como pobre entre los más pobres, allí donde se acumulan los más pestilentes y mortíferos detritus de nuestro desenfrenado consumismo, allí donde reclutamos a nuestros esclavos para mantener nuestros caprichos y bajos instintos. Su alegato es demoledor; propio del hombre que ha renunciado ya a todas las máscaras, a todas las excusas y racionalizaciones. Es por eso que llama a las cosas como hay que llamarlas: por su nombre, y desde su propia autocrítica sin ambages, señala al capitalismo asesino, a nuestras pantomimas de democracia, a nuestro borreguismo individualista, como culpables de la explotación inmisericorde y el exterminio de millones de personas en el planeta, además de la puesta en muy serio peligro de la continuidad de las próximas generaciones sobre la Tierra. La cuestión, pues, aquí en Occidente, no es la de conservar nuestro llamado “Estado del Bienestar”, edificado entre otras cosas sobre la esclavización de los los pueblos del Tercer Mundo: se trata de la justicia planetaria. O se edifica ésta o no se habrá logrado absolutamente nada.

Extraemos del libro algunos fragmentos que esperamos puedan animar a su lectura:

"Si no puedo firmar esta carta, como algunos de vosotros me reprocharéis, es por una razón muy sencilla: he perdido mi nombre, junto con todo lo que era mi vida. Exiliado en la otra punta del mundo, lejos del consumo y de nuestra existencia hipotecada a cómodos plazos mensuales, arruinado por los bancos y por el canibalismo de un sistema que agudiza nuestros apetitos para devorarnos mejor, no me quedan más que estas palabras, que nadie podrá quitarme. Había decidido guardar silencio, arrastrando el dolor de mis errores del pasado, aterrado de encontrarme aquí, en las orillas del río Mekong, en medio de una miseria que no hubiera podido jamás imaginar. Pero viendo morir estos niños, agonizar en el trabajo estas mujeres, emborracharse estos viejos a sus cuarenta años, he comprendido que no podía seguir callado. El capitalismo anónimo sí que firma sus infamias: mata a millones de seres humanos, hace del planeta un vivero de clientes infelices, exprimidos por truhanes codiciosos y por expertos en grandes negocios. Si no hacemos nada, si todos nos callamos, vergonzantes en nuestro egoísmo cómplice, la humanidad, esclavizada y sobre endeudada, no sobrevivirá a este siglo."

“Pienso en vosotros, queridos hermanos y hermanas de pobreza, que asistís con impotencia a los espectáculos indecentes de las buenas gobernanzas, en las que la clase política metida en negocios, como perros de caza furiosos, juega con los millones robados al erario público, libres de impuestos gracias a la habilidad de sus grandes asesores fiscales, arrancados de los bienes colectivos y de los logros sociales conquistados tiempo ha -en el tiempo de las luchas obreras-. Esta clase política se hace prestar dinero todos los días en los mercados del mundo para pagar sus deudas, para simular el futuro, para reformar sus bonitos chaqués y su triste ropa de payaso. Mirad a esos clones, manipulados y programados por el capitalismo, otro nombre ficticio vacío de significado -socialismo democrático, socialismo popular, etc.-, reunidos en sus lujosos comederos, cuyo coste serviría para salvar la vida de miles de niños. Nos vomitan declaraciones de principios cuyas cláusulas sin compromiso estaban pactadas de antemano [...]”. (26)

¡Sí, es necesario que este sistema de la lenta agonía, mantenido sabiamente por el capitalismo, las multinacionales, los bancos y sus Estados mediante el engaño a sus ciudadanos-clientes, se derrumbe sobre sí mismo, no se tenga más en pie! Este sistema es sólo el esqueleto de los muertos que nos gobiernan con sus trajes caros cortados con nuestros sufrimientos. Y todas las soluciones son buenas para hacer añicos, para tirar abajo a los tiranos de las finanzas, a los explotadores de la miseria humana, una miseria mundial de la que ellos son los únicos héroes, los iniciados delictivos, siempre reflotados y alimentados con nuestro dinero público. Los generosos donantes de los partidos dominantes, los mismos que deciden nuestros horizontes primarios, elegibles democráticamente -¡menudo chiste!-, son los primeros responsables de la crisis genocida, son sus responsables con toda legalidad. Pues esta legalidad ha sido creada por ellos mismos, para ellos mismos, con nuestra complicidad pasiva de consumidores empobrecidos, bien adiestrados educados para obtener ingresos modestos, créditos y facilidades, cautivos de un modo de vida enfermo y estereotipado, repletos de falsos sueños. Nuestra tarea ahora es demostrar su nocividad, su toxicidad, sus desastres y, como se puede comprobar, sus crímenes contra la humanidad.” (30-31)

Y una aguda visión de lo que es en el fondo el capitalismo (todo capitalismo, no sólo el llamado “salvaje”, porque no hay capitalismo “humano”) que coincide en el fondo con nuestro análisis de la propiedad privada publicado ya en este blog (http://aletheia-informa.blogspot.com/2010/12/el-origen-de-la-propiedad-privada.html):

El instinto de supervivencia, propio del reino animal, de la reivindicación de un territorio, de la afirmación de una autoridad, de un poder y de su desarrollo, pero también expresión natural de un miedo fundamental, es el precursor del capitalismo. Estuvo en el origen de todas las luchas tribales, de todas las guerras, fuera cual fuera su motivo oficial, de todas las civilizaciones, de todas las esclavitudes, de todas las masacres, de todos los apartheids y de las más grandes miserias.” (48)

viernes, 1 de julio de 2011

TEILHARD DE CHARDIN: LA PASIÓN DE CRECER.




Hemos creído interesante publicar en este blog un fragmento del artículo «Lo que yo creo», escrito por el religioso, palentólogo y filósofo francés Teilhard de Chardin en 1934, e inserto en la colección de artículos bajo el mismo nombre editado por la editorial Trotta en 2005. Chardin se nos aparece con una clarividencia notable en muchos aspectos de su pensamiento en fechas relativamente tempranas, adelantándose a intuiciones fundamentales de la ciencia y desarrollando un pensamiento filosófico a nuestro juicio de gran valor, al ser capaz de conjugar las nociones de totalidad y diversidad con bastante acierto. He aquí el fragmento:

«El Mundo (el valor, la infalibilidad y la bondad del Mundo), tal es en último análisis la primera, la última y la única cosa en la que creo. […]

Bajo su forma menos explícita, la fe en el Mundo, tal y como yo la he experimentado, se manifiesta por un sentido particularmente despierto de las interdependencias universales. […] Cuanto más fiel es uno a las invitaciones analíticas del pensamiento y de la ciencia contemporáneos, más prisionero se siente de la red de relaciones cósmicas. Mediante la crítica del conocimiento, el sujeto se encuentra cada vez más identificado con los más lejanos ámbitos de un Universo que no es posible percibir más que si se forma parcialmente un mismo cuerpo con él. Mediante la biología (descriptiva, histórica, experimental), el viviente se ve situado cada vez más en serie con la trama entera de la biosfera. Mediante la física, se descubren en las capas de la Materia una homogeneidad y una solidaridad sin límites. “Todo tiene que ver con todo”. Bajo esta expresión elemental, la fe en el Mundo no difiere sensiblemente de la aquiescencia a una verdad científica. Se manifiesta por una cierta predilección en ahondar en un hecho (la interrelación universal) de la que nadie duda; por una cierta tendencia a otorgar a este hecho la prioridad sobre los otros resultados de la experiencia. Y me parece que es bajo la influencia combinada de esta seducción y de este “énfasis” como se da, en el nacimiento de mi fe, el paso decisivo. Para cualquier hombre que piense, el Universo forma un sistema interminablemente unido en el tiempo y en el espacio. Según el común parecer, forma un bloque. Para mí, este término no es más que el muñón inestable de una idea que adquiere su inevitable redondez en una expresión más decisiva: el Mundo constituye un Todo. […]

[…] Simplemente, yo entreveo, o presiento, por encima del conjunto unido de seres y de fenómenos, una realidad global cuya condición consiste en ser más necesaria, más consistente, más rica, más certera en sus caminos, que cualquiera de las cosas particulares que envuelve. […]

[…] ¿Es que la presencia del Todo en el Mundo no se nos impone con la evidencia directa de una luz? En verdad, así lo creo yo. Y es precisamente el valor de esta intuición primordial lo que me parece que sostiene el edificio entero de mi creencia. En definitiva, y para poder dar cuenta de hechos encontrados en lo más íntimo de mi conciencia, me he visto llevado a pensar que el hombre posee, en virtud de su misma condición de “ser en el Mundo”, un sentido especial que le descubre, de una manera más o menos confusa, el Todo del que forma parte. Nada de asombroso, después de todo, en la existencia de este “sentido cósmico”. Por ser sexuado, el hombre posee sin duda las intuiciones del amor. Por ser elemento, ¿por qué no habría de sentir oscuramente la atracción del Universo? De hecho, nada, en el inmenso y polimorfo ámbito de la mística (religiosa, poética, social y científica) puede explicarse sin la hipótesis de semejante facultad, mediante la cual reaccionamos sintéticamente ante el conjunto espacial y temporal de las cosas, para aprehender el Todo tras lo Múltiple. […]

Me abandono a la fe confusa en un Mundo uno e infalible, a dondequiera que me conduzca. […]

Rembrandt, El sacrificio de Isaac (1635)


Un primer punto que se me revela con una evidencia que ni siquiera pienso poner en duda, es que la unidad del Mundo es de naturaleza dinámica o evolutiva. […] Antes nos mirábamos a nosotros mismos, y las cosas en torno de nosotros, como “puntos” cerrados sobre sí mismos. Los seres aparecen ahora como semejantes a fibras sin hilo, trenzadas en un proceso universal. […] Por su historia, cada ser es coextensivo a toda la duración; y su ontogénesis no es más que el elemento infinitesimal de una cosmogénesis en la que se expresa finalmente la individualidad, y como el rostro del Universo.

Así el Todo universal, igual que cualquier elemento, se define a mis ojos mediante un movimiento particular que le anima. Pero, ¿cuál puede ser este movimiento? ¿Hacia dónde nos lleva? Esta vez, antes de decidir, siento que se agitan y se agrupan dentro de mí sugestiones o evidencias recogidas en el curso de mis investigaciones profesionales. Y por mi parte, como historiador de la vida, no menos que como filósofo, respondo, desde el fondo de mi inteligencia y de mi corazón: “Hacia el Espíritu”.

Evolución espiritual. Sé muy bien que la asociación de estos dos términos sigue pareciendo contradictoria, o cuando menos anticientífica, a un gran número (y quizás a la mayoría) de naturalistas y de físicos. Como las investigaciones evolucionistas acaban por vincular, paso a paso, los estados de conciencia superior a antecedentes en apariencia inanimados, hemos cedido ampliamente a la ilusión materialista que consiste en considerar como “más reales” los elementos del análisis que los términos de la síntesis. […]

En mi caso particular, la “conversión” se ha llevado a cabo a través del estudio del “hecho humano”. Cosa extraña. El hombre, centro y creador de toda la ciencia, es el único objeto que nuestra ciencia no ha logrado todavía acomodar en una representación homogénea del Universo. Conocemos la historia de sus huesos. Pero, por lo que se hace a su inteligencia reflexiva, no ha encontrado todavía un puesto regular en la naturaleza. En medio de un Cosmos en el que la primacía pertenece todavía a los mecanismos y al azar, el pensamiento, ese fenómeno formidable que ha revolucionado la Tierra y se mide con el Mundo, sigue apareciendo aún como una inexplicable anomalía. El hombre, precisamente en lo que tiene de más humano, sigue siendo un resultado monstruoso y desconcertante.

Para escapar a esta paradoja me he decidido a invertir los elementos del problema. Expresado a partir de la Materia, el hombre se convertía en la incógnita de una función irresoluble. ¿Por qué no plantearlo como término conocido de lo Real? El hombre parece una excepción. ¿Por qué no hacer de él la clave del Universo? El hombre se niega a dejarse violentar dentro de una cosmogonía mecanicista ¿Por qué no edificar una física a partir del Espíritu? He intentado, por mi cuenta, enfocar así el problema. E inmediatamente he tenido la impresión de que la realidad vencida caía desenredada a mis pies.

Ante todo, bajo la influencia de este simple cambio de variable, el conjunto de la vida terrestre adquiría una figura. Mientras que la masa de los vivientes se dispersa en desorden en mil direcciones diversas cuando se la trata de distribuir de acuerdo con simples detalles anatómicos, se despliega sin esfuerzo en cuanto se busca en ella la expresión de un impulso continuo hacia una espontaneidad y una conciencia mayores; y el pensamiento encuentra su puesto natural en este desarrollo. Sostenido por infinitos tanteos orgánicos, el animal pensante deja de ser una excepción en la naturaleza; representa simplemente el estadio embrionario más elevado que conocemos en el crecimiento del Espíritu sobre la Tierra. De un solo golpe, el hombre se encuentra situado en el eje principal del Universo. […] Una evolución a base de Materia no salva al hombre: porque todos los determinismos acumulados no son capaces de producir una sombra de libertad. Por el contrario una evolución a base de Espíritu conserva todas las leyes atestiguadas por la física, al mismo tiempo que conduce directamente al pensamiento: porque una masa de libertades elementales en desorden equivale a lo determinado. Salva a la vez al hombre y a la Materia. Por tanto hay que adoptarla.

Para mí, en la constatación de este logro se consuma definitivamente una “fe en el Espíritu”, cuyos principales artículos pueden expresarse así:

a) La unidad del Mundo se presenta ante nuestra experiencia como el ascenso de conjunto, hacia un estado cada vez más espiritual, de una conciencia al principio pluralizada (y como materializada). Mi adhesión completa y apasionada a esta proposición fundamental es esencialmente de orden sintético. Es el resultado de una gradual y armoniosa organización de todo lo que me aporta el conocimiento del Mundo. Ninguna otra fórmula distinta de ésta me parece suficiente para garantizar la totalidad de la experiencia.

b) En virtud de la misma condición que lo define (a saber, la de aparecer al término de la evolución universal), el Espíritu de que aquí se trata posee una naturaleza particular muy determinada. No representa en absoluto una entidad independiente o antagonista con respecto a la Materia, o una cierta potencia prisionera o flotante en el Mundo de los cuerpos. Por Espíritu entiendo “el Espíritu de síntesis o de sublimación” en el que laboriosamente, en medio de ensayos y fracasos sin fin, se concentra la potencia de unidad difundida en la multiplicidad universal: el Espíritu que nace en el seno y en función de la Materia.

c) El corolario práctico de estas perspectivas es que, para dirigirse a través de las brumas de la vida, el hombre posee una regla biológica y moral absolutamente segura, que consiste en dirigirse constantemente a sí mismo “hacia una conciencia mayor”. Al obrar así, se halla seguro de no caminar solo, y de llegar a puerto, con el Universo. En otros términos, un principio absoluto de apreciación de nuestros juicios tendría que ser éste: “Más vale, y a cualquier precio que sea, ser más consciente que menos consciente”. Este principio me parece la condición misma de la existencia del Mundo. A pesar de que, de hecho, muchos hombres lo ponen en duda, explícita o implícitamente, sin caer en la cuenta de la enormidad de su negación. No pocas veces, después de alguna discusión infructuosa sobre puntos avanzados de filosofía o de religión, he oído que mi interlocutor me decía bruscamente que no veía que un ser humano fuera absolutamente superior a un protozoo, o incluso que el “progreso” es el causante de la desdicha de los pueblos. Nuestra controversia se había desenvuelto sobre una ignorancia fundamental. Un hombre, por sabio que fuese, no había comprendido que la única realidad que hay en el Mundo es la pasión de crecer. No había dado el paso elemental sin el cual todo lo que me queda por decir parecerá ilógico e incomprensible.» (pp. 88-94).

viernes, 24 de junio de 2011

ASAMBLEA 'LAS ESPIRITUALIDADES Y EL 15M'. Algunas propuestas a las cuestiones planteadas.


El pasado día 22 de junio se celebró en Sevilla la Asamblea 'Las espiritualidades y el 15M' cuya iniciativa partió de la Asociación Iniciativa Cambio Personal-Justicia Global. Dicha Asamblea se convocaba con el objetivo de plantear básicamente dos preguntas: "¿En qué nos interpela el Movimiento 15M a las diferentes tradiciones, organizaciones, instituciones, grupos, colectivos o movimientos de espiritualidad?" y "¿Qué podemos aportar desde la espiritualidad?" 

La Asociación Aletheia acudió a la misma con algunas propuestas que son las que a continuación exponemos:

«Una de las preguntas fundamentales planteadas en este encuentro que ahora celebramos es la de qué puede aportar la espiritualidad al llamado Movimiento 15M, que ahora se desarrolla. Una pregunta, no obstante, que puede hacerse extensiva al mundo actual en general, en profunda crisis, y cuyos fines son casi siempre sólo inmediatos. Pues bien, a este respecto, hay que tener muy en cuenta que las grandes tradiciones espirituales han sido siempre forjadoras de fines. Se han fijado siempre, por tanto, grandes metas. Uno de los fines establecidos por el cristianismo, por ejemplo, ha sido el establecimiento del Reino de Dios en este mundo, lo cual ya supone una fuerte llamada a la implicación y el compromiso, desde los principios evangélicos, en las realidades inmanentes. Cabe deducir, por lo tanto, que lo que puede y debe aportar la espiritualidad son, sobre todo, nuevos fines; guías claras para nuestra vida. Ahora bien, nos preguntamos: ¿cuáles deben ser estos fines? ¿En qué deben consistir principalmente? A nuestro parecer, estos fines y guías, en el contexto del mundo actual, deben ser, exclusivamente, aquellos que nos humanizan.

De lo anterior se deduce, por tanto, que todas las propuestas (tanto las puramente “espirituales” como las que parten desde otros ámbitos) que no conduzcan a dicha humanización carecen de valor en relación al Movimiento ciudadano que ahora nos ocupa. Pero, ante esto, debemos preguntarnos: ¿Qué es lo humano? ¿Es humano un sistema que, con el fin del lucro de unos pocos, condena a la inmensa mayoría a trabajos que alienan y embrutecen, impidiéndoles su propia realización como seres singulares? ¿Es humano si, aun existiendo sobradamente recursos disponibles para todos, vampiriza sistemáticamente tanto la naturaleza como el trabajo, y, en relación a este último, tanto el necesario para la subsistencia como el vocacional o libre, que recae generalmente en unos pocos por azar? Nuestra respuesta es que no, que no lo es. Por el contrario, cabe decir, como contraste, que todo poder original, o sea, verdaderamente revolucionario, ha sido siempre el que ha pugnado por sacar a la masa del anonimato, luchando por devolver a todo ser humano la dignidad que le corresponde.

Por tanto, la misión de lo espiritual es, a nuestro modo de ver, llevar a cabo una labor activa de humanización, trascendiendo de esta forma vías exclusivamente personales o subjetivas. Es esta la manera, según creemos, cómo lo espiritual debe implicarse en el mundo o entrar en la esfera de lo inmanente. Lo espiritual, pues, consistiría en la búsqueda de los poderes humanos auténticos. En consonancia con lo anterior, sería labor de lo espiritual, pues, el planteamiento del problema del fundamento de la legitimidad de todo poder. Si consideramos que existe una actitud espiritual allí donde un ser humano afirma a otro como un fin en sí mismo, y que falta absolutamente donde se le utiliza como un medio, cabe entonces plantear si no son formas ilegítimas de poder todas aquellas que nos utilizan, que nos emplean, de una u otra manera, como medios (somos puramente mano de obra intercambiable o consumidores desde el punto de vista de la producción y electores manipulables desde el político, por no citar otras formas de manejo humano aún más burdas o brutales, también a la orden del día). De esta forma, lo que puede la espiritualidad aportar a este movimiento es, a nuestro parecer, una nueva Palabra que, a la vez que sea conciliadora, cuestione toda forma ilegítima de poder, ya que el verdadero espíritu es aquél que busca un nuevo poder original para el cual todos sus fines son relativos al fin último siempre presente: el presenciarnos como fines originales o fines en sí mismos. Se trata de superar, de esta manera, las formas actuales de poder -opacas por estar mediadas por el control de los medios, siempre concentrados en unas pocas manos-, para pasar a un poder transparente, llamado así por estar centrado en el poder de los seres humanos en tanto que seres conscientes, para los cuales los medios sólo sirven.

Se deduce de todo lo anterior, a nuestro modo de ver, de una nueva exigencia en el actual proceso reivindicativo que estamos viviendo, planteada desde la propia conciencia espiritual: la necesidad de aspirar , sobre todo, a una vida plena y digna -que es a la que todo ser humano tiene completo derecho. En otras palabras: lo elemental nos pertenece y no debe mendigarse, y mucho menos legitimar a los actuales poderes pidiéndoles que nos concedan lo que ya por derecho es nuestro. Se trata de erradicar el absurdo de que, para adquirir lo más necesario, se tiene que producir lo superfluo. Nuestro nivel reivindicativo debe hallarse, pues, en consonancia con una nueva conciencia superior de la dignidad humana.

Hacemos aquí algunas propuestas de reivindicaciones que son, a nuestro parecer, esenciales en cuanto se encuentran en consonancia con nuestra naturaleza de seres llamados a gozar de una libertad plena:

-El ser humano y la naturaleza deben erigirse en patrones fundamentales de una nueva economía. Quiere esto decir que toda producción de bienes materiales, así como las formas de distribución y cambio inherentes a la misma, deben ser sólo relativas a la afirmación de la singularidad humana (corporal, psicológica y espiritual) y natural, considerada la primera tanto al nivel del individuo como al nivel del Nosotros.

-Puesto que todo el proceso de la vida social se sustenta con la energía humana (fuerza de trabajo) consumida en el trabajo humano necesario para el mantenimiento de dicha vida social y con la energía tomada de la naturaleza, el objetivo ha de ser el de restituir a ambos sistemas a sus condiciones óptimas iniciales. No se puede gastar más energía que aquella que permite la regeneración óptima del sistema.

-La restitución de la fuerza de trabajo en su estado óptimo (que debe cuantificarse objetivamente y ser universal, se trabaje o no), debe constituir, asimismo, el límite a la hora de recibir o tomar de los recursos sociales. Y ya que la vida digna consiste en tomar lo justo para poder dar lo mejor de sí mismo -porque la dignidad reside no en recibir, sino en poder dar- lo anterior excluye de antemano cualquier acumulación, en beneficio privado, de medios o recursos sociales por encima de dicho límite, porque esto siempre implica la utilización de otro como medio. La persona humana es -y, por tanto, así debe considerarse a todos los efectos- un fin en sí misma, de lo que se deduce que los medios de producción no pueden ser monopolio privado. Los medios de producción deben estar a disposición de todos, no sólo para cubrir carencias físicas, sino para el desarrollo de las personalidades humanas.»

domingo, 19 de junio de 2011

EL MOVIMIENTO DEL 15 DE MAYO: UN ANÁLISIS CRÍTICO


Se ha abierto una brecha, por primera vez de forma importante, en la legitimidad del sistema parlamentario occidental tras la caída de los regímenes socialistas del Este de Europa a fines del pasado siglo XX. Tras el desmoronamiento de estos últimos, ya nada parecía amenazar el sistema democrático-capitalista triunfante, que se encontraba sin adversarios serios que pudieran cuestionar sus propios fundamentos ideológicos y, por tanto, también políticos, económicos, militares o “culturales”. Tanto el fundamentalismo islámico como los jirones aún supervivientes del modelo socialista estatal no constituían sino residuos del pasado, dentro del cual China vino a desarrollar una forma política dictatorial que, identificada con el nombre de comunismo, responde sin embargo perfectamente a las exigencias del desarrollo de un capitalismo salvaje, pues lo que menos respeta son los derechos sociales que, al menos, toda forma comunista pretende salvaguardar.

Sin embargo, y pese a contar con el campo abierto a nivel planetario, y, por tanto, con todas las ventajas para su afianzamiento y expansión, el sistema democrático-capitalista se cuartea. Y su crisis no tiene las características, precisamente, de una crisis parcial o de crecimiento, sino de agotamiento. Contábamos, desde 2007-8, con una crisis económica brutal que se cifra a nivel planetario, y que deviene del propio modelo productivo en su fase financiero-especulativa, y contábamos también con una debacle ambiental bastante anterior, de tal magnitud y peligro de irreversibilidad que pone inevitablemente fecha de caducidad o bien a la Tierra o bien a este modelo económico. Tenemos ahora, además, en la palestra una aguda crisis de legitimidad del modelo político que ampara tanto unas prácticas como las otras. Y ello no obstante a que el movimiento de protesta surgido tan recientemente en España -el aún heteróclito Movimiento 15-M y, sobre todo, la plataforma que le sirvió inicialmente de impulsora, Democracia Real Ya (DRY)- afirma (al menos por lo que respecta a los lemas asumidos mayoritariamente) no cuestionar el modelo político en sí, sino los abusos producidos a su sombra y la dejación de sus funciones a favor de los grandes poderes económicos, convertidos en los verdaderamente rectores. Pero vayamos por partes.

La irrupción, de forma pública y manifiesta, de la discusión, por parte de una minoría significativa, del funcionamiento de toda la tramoya institucional, no constituye sino el necesario comienzo de un proceso crítico y cuestionador. Pero aún tremendamente inmaduro. En primer lugar, por desconocer, en muchos casos, la naturaleza misma del sistema cuyos defectos ahora se señalan; unos defectos que son congénitos, y no coyunturales, y que por tanto no resultan remediables manteniendo el sistema de premisas sobre el que se asientan. Así, por ejemplo, la falta de representatividad de la democracia española, según se denuncia repetidamente, y para la cual se insiste como remedio en la reforma de la actual ley electoral, muy restrictiva para los pequeños partidos. Sin embargo, semejante reivindicación no es pareja a la identificación de los actuales partidos, especialmente los mayoritarios, como partidos que, por naturaleza, representan únicamente los intereses de determinados grupos y sectores sociales, pues desde el momento en que en la sociedad existen estratos que poseen en mayor medida el control de los medios (principalmente económicos, pero también de otros tipos, como son los de transmisión ideológica), imprescindibles para la subsistencia de la mayoría y para el funcionamiento social, éstos requieren asimismo sus propias organizaciones políticas que aseguren el mantenimiento de sus intereses. Podrá modificarse la actual ley electoral y favorecerse así el acceso a las instituciones de partidos de más pequeño espectro, pero difícilmente con ello se remediarán dos cosas que constituyen el auténtico cáncer del actual modelo democrático (entendiendo por tal el que permite el sufragio universal): por un lado, la adhesión de millones de votantes a partidos cuyos verdaderos intereses se les escapan -es decir, la realidad del voto no libre, entendiendo por tal no el directamente coaccionado, sino el guiado por la ignorancia, la manipulación y la incultura política de grandes masas de población-; y, por otro, la práctica permanente de la alternancia en el poder, que otorga apariencia de cambio y pluralidad, pero que en realidad resulta una maniobra muy hábil para impedir el desgaste irreversible de partidos que, en esencia, vienen a representar, con leves variaciones, a los mismos sectores poblacionales, principalmente, como queda dicho, a los detentadores de los medios.

Wassily Kandinsky, Pequeños mundos III (1922)

Tomando en consideración la perspectiva expuesta, está claro que los problemas de corrupción no pueden constituir una mera excepción (como parecen tratarse muchas veces en el 15-M): es la propia legitimación permanente de este estado de cosas la que la genera constantemente, por lo que resulta inútil pedir “honestidad” a los políticos o a los empresarios. Hay que comenzar por destruir la aquiescencia social hacia ideas tales como “éxito económico” (siempre realizado a costa del trabajo de otros) o “competitividad” (basada igualmente en la desvalorización ajena), y empezar a instituir nuevos patrones de comportamiento humano que sirvan a su vez de referente para la propia organización económica y política. Si comenzamos a considerar, por ejemplo, el desarrollo personal o humano -entendido en el sentido más completo posible- como un derecho fundamental e inalienable de todos y de cada uno, está claro que la acumulación de patrimonio o de recursos económicos en manos de unos pocos dejará de ser ya cuestión de “más o menos” (lo que ahora se critica es que esta acumulación resulta “excesiva” y hay que rebajarla), para pasar a plantearse cuáles son los recursos a que todos y cada uno -en estricta igualdad- tenemos derecho para el máximo despliegue posible de nuestro propio potencial humano. Porque ese desarrollo personal es profundamente solidario o no lo es en absoluto. Estamos aludiendo, así, a que la regeneración social requiere una profunda revisión de valores -entendiendo por fin la necesaria solidaridad entre los seres humanos si queremos conseguir ser nosotros mismos-, sin la cual los conflictos que vivimos no harán sino perpetuarse y agudizarse.

Sin embargo, parece ser un lema ampliamente asumido en el 15-M (y sobre todo en los planteamientos iniciales de DRY) que no cabe salirse del cortoplacismo y la forma localizada de las demandas, aisladas éstas a su vez entre sí: reforma electoral, eliminación de los paraísos fiscales, aumento de la progresividad en los impuestos, parón al recorte de derechos sociales, independencia del poder político respecto al económico, etcétera. Es decir, que no “vale” salirse del marco o “reglas de juego” establecidas por el propio sistema, debiendo criticarse sólo sus “desviaciones”. De ahí el conocido lema “No somos antisistema: el sistema es anti nosotros”. De forma que se elude ver en el “sistema” un todo organizado, profundamente interdependiente, dirigido a un fin: salvaguardar la autoidentificación de ciertos grupos sociales como “dominantes”, para lo cual poseen prioridad absoluta sus demandas y requerimientos, al fin de mantener dicha identidad (que puede tomar distintos nombres: los “triunfadores”, los “emprendedores”, los “hechos a sí mismos”, los que ponen el “riesgo” y la “iniciativa”, los VIP, etc.). Los “beneficios sociales” que recaen en el resto de la población no son sino los recursos sociales sobrantes una vez satisfechas las necesidades de identificación de los primeros (a través de cosas tales como primas, coches de lujo, mansiones -más grandes o más modestas-, joyas, objetos de arte, etc.).

No obstante, esta visión del sistema como un todo y, sobre todo, su cuestionamiento global como tal, viene calificándose en muchas ocasiones como “ideología”, y, como tal, descalificándose. De esta forma, va imponiéndose realmente un debate en el seno del Movimiento acerca de qué es ideología y qué no lo es, y por qué el sistema de premisas que tenemos establecido permanece permanentemente a salvo de tal consideración, y por tanto incuestionable. ¿Realmente, entonces, podemos hablar de todo, o se nos está imponiendo una censura por parte de los “a-ideológicos” (o perpetuamente objetivos) que nos dicen hasta dónde podemos llegar en nuestras críticas y cuándo estamos tocando el cuerpo impronunciable de dogmas? Hablar de capitalismo, por ejemplo, viene a considerarse -y así lo hemos leído en más de una ocasión, y también vivido personalmente en los procesos asamblearios en los que hemos venido participando- “sacar los pies del plato”, “hacer ideología” (o sea, falsear las cosas con miras particularistas). Y lo que es casi peor: sobreviene, con ello, la alusión a que, con este tipo de planteamientos, se viene a romper la “unidad” del movimiento. Nos preguntamos, pues: ¿no es contradictorio pretender mantener la “unidad” marginando (no siempre voluntariamente) a los que apuntamos al carácter estructural de las injusticias que denunciamos, y señalamos, además, su continuidad histórica (estas injusticias no son, desde luego, cosa reciente)? ¿Hay que mantener la “unidad” a costa de renunciar a llamar a las cosas por su nombre? ¿O es que algunas cosas no tienen nombre (o tienen otros que suenan mejor)? Pues está claro que este tipo de reduccionismos y escamoteos es ideología, y de la más clara. Y pretender estar por encima de toda ideología es nada más y nada menos que pretender ser fuente de valor -de lo cual creemos que están bastante lejos-, convirtiéndose, pues, en los mejores sostenedores del ideario ideológico liberal que nos sirve de marco (lo sepamos o no, lo explicitemos o no), al pretender mantenerlo “puro”. Precisamente fue ese uno de los grandes “logros” de la Transición: hacernos creer que sobrevenía un sistema en el que cabían todas las ideologías, pero que no representaba él, en sí mismo, a ninguna (era a-ideológico, qué casualidad). Esta claro que dejamos bien enterrada la enseñanza marxista -a nuestro parecer, más que acertada- de que «la ideología dominante es la de la clase dominante».

Está claro, por otra parte, que la “desideologización” del movimiento tiene sus consecuencias. Una de ellas es la exclusión sistemática de la sociedad civil organizada en el mismo, pretendiendo partir de un falso “punto cero” que lo que hace es despreciar el bagaje y la experiencia organizativa, la tradición y logros teóricos, el pasado de lucha y la propia identidad de muchas asociaciones y organizaciones ya existentes y comprometidas de muchas maneras con los problemas que ahora se denuncian. De esta forma, nuestra reducción a “meros” individuos, ignorando nuestros anteriores vínculos y compromisos colectivos, responde, nuevamente, a la propia visión ideológica dominante, que concibe a los seres humanos como entes aislados cuyos destinos se forjan, exclusivamente, a través de la responsabilidad y el talento personal. De esta idea procede, fundamentalmente, la actual legitimación de los privilegios sociales. Esta estrategia no es, pues, “desideologización”, sino, nuevamente, encontrarse dentro del marco ideológico más ampliamente asumido.

Lo mismo ocurre, a nuestro parecer, con la renuncia a todo tipo de “poder” o a la formación de un movimiento o partido político capaz de transformar nuestras reivindicaciones en realidades. Se incurre, con esto, en una contradicción flagrante: se pretende renunciar a ser un poder, pero, de hecho, se ejerce en la calle todos los días (¿o es que las demostraciones públicas masivas, las asambleas, las protestas ciudadanas de diferente índole no son ya, de hecho, una forma de poder o contrapoder?). Por otra parte, diciendo que se renuncia a toda forma organizada para ejercer el propio poder, por considerar a los partidos estructuras escasamente democráticas, se insta una y otra vez a los partidos ya constituidos a que “escuchen” a los ciudadanos y cedan a sus demandas. O sea, a que las implanten ellos mismos, considerando que pueden y deben querer hacerlo, puesto que su deber es representarnos. Luego, indirectamente, les devolvemos la legitimidad que previamente creíamos haberles cuestionado.

Una vez dicho todo esto, y para quienes hayan tenido la paciencia de llegar hasta aquí, habrá quien se pregunte porqué considerábamos, al comienzo de este artículo, que se ha abierto una grave crisis en la legitimidad del sistema. Pues aparte del por muy importante hecho de que comienzan a no darse por buenas muchas prácticas que, hasta hace poco, no eran contestadas sino por pequeñas minorías, porque va a ser difícil mantener estas contradicciones a medida que se vaya demostrando la rigidez del sistema para la asimilación de muchas de las demandas que vienen planteándose. La pretendida “libertad” de opciones del sistema democrático (según el cual “todo es posible” siempre que nos conduzcamos por los cauces “adecuados”) va a chocar inevitablemente con un implacable determinismo que impide que ciertas medidas sean imposibles, dadas, por ejemplo, las leyes internacionales de movimientos de capitales, a las cuales, obviamente, se les ha otorgado un rango superior. No obstante, es muy posible que nos encontremos en una fase necesaria de todo proceso inicial de toma de conciencia colectiva. A este respecto, no podemos sino recordar los comienzos de la propia Revolución francesa, en las que las demandas del Tercer estado se dirigían no a la eliminación de la institución aristocrática -y ni mucho menos de la monárquica-, sino a la asunción, por parte de los primeros, de sus propias obligaciones tributarias. Algo imposible en el contexto de la sociedad del Antiguo Régimen. También ahora nos encontramos en un Antiguo régimen, aun sin saber aún que es tal.

lunes, 13 de junio de 2011

ALGUNOS FINES IRRENUNCIABLES EN RELACIÓN A TODO PROYECTO POLÍTICO.

Nos encontramos en un momento crucial, límite. Un momento en el que, además, se ha demostrado el agotamiento de las acciones localizadas para la solución global de los problemas, a pesar del carácter paliativo que dichas actuaciones puedan poseer respecto a los abusos de un sistema esencialmente injusto. Ha llegado, pues, el momento de los fines universales para la resolución de problemas que son de índole global.

Para la definición de tales fines resulta imprescindible el esclarecimiento de los patrones esenciales que el ser humano debe poseer como referentes de sí mismo en sus principales esferas de actuación (o patrones autorreferenciales). Ello resulta crucial para conocer qué es a lo que fundamentalmente debemos aspirar y qué debemos principalmente defender, pues tales referentes se derivan de nuestro carácter esencial como seres que buscan afirmarse en la plenitud de su conciencia y de su cuerpo. El objetivo de dicho esclarecimiento es hacer verdaderamente posible la consecución de un orden social libre y solidario, pues sólo conociendo lo que nos hace auténticamente humanos podremos caminar hacia él.

René Magritte, La llave de los campos (1936)
Nos encontramos en la fase agónica de un paradigma terminal, basado en el presupuesto de progreso entendido como desarrollo permanente y exponencial de las fuerzas productivas (entendidas como todo tipo de técnicas y la tecnología en general). De dicho paradigma formaron parte igualmente las sociedades llamadas socialistas nacidas a raíz del ciclo de revoluciones inspiradas en el ideario marxista. En él se ha colocado al medio (nuevamente, dichas técnicas y tecnologías), esto es, a lo que sólo sirve, como centro absoluto, como pivote esencial del desarrollo social y humano. Sin embargo, el medio no es nada en sí mismo; es, por el contrario, lo que remite a otra cosa (fundamentalmente a nosotros mismos y a la naturaleza), por lo que no es de extrañar que en dicho paradigma tanto lo esencial del ser humano (incluso su supervivencia misma) como la propia naturaleza se encuentren hoy muy gravemente amenazados.

Se trata, pues, de construir un nuevo Presente. Y éste ya no puede ser otro que un Presente Transparente, llamado así porque es aquel en el cual todos nos podemos presenciar como lo que somos y, por tanto, reconocernos como Nosotros Mismos en todas las diferencias y en todos los cambios. Este presente transparente se diferenciaría del Presente Pasado de la antigüedad -que se definía en relación a un pasado ideal o edad de oro-, del Futuro Presente de las sociedades basadas en la utopía de un futuro mejor, basado tanto en una realidad espiritual como material (hoy vigente fundamentalmente a través de esta última, pues la fe en el progreso es esencialmente la fe en el desarrollo de la ciencia y la técnica), y también del Presente hoy vigente, que no es sino de transición, y que no se define sino por la necesidad un presente cualquiera (un “aquí y ahora” cualquiera). Este Presente Transparente del que hablamos se convierte, así, en el patrón autorreferencial más importante.

En función del anterior, debe definirse el patrón de autorreferencialidad relativo a la producción (y todo trabajo necesario es productivo, por cuanto en él siempre se produce un resultado que nos lleva, directa o indirectamente, al reconocimiento de nosotros mismos -punto primero). Dicha definición es necesaria para saber qué y para qué debemos producir, y también qué tenemos derecho a tomar o a recibir. Marx ya se acercó a él al entender a la fuerza de trabajo como generadora de todo valor, pero no lo completó al no cuantificar objetivamente la restitución de dicha fuerza de trabajo, considerándola relativa. Y aunque, en efecto, ésta varía en función de diversas coyunturas, tanto personales como históricas y sociales, sí que pueden llegar a establecerse unos parámetros básicos por los cuales medir la restitución de la fuerza de trabajo en su estado óptimo. Porque ésta no debe ser restituida sino de esta forma: en las mejores condiciones posibles, tanto físicas como psicológicas, en un momento y condiciones dados. Éste debe ser, por tanto, uno de los objetivos esenciales de toda producción, así como el límite a la hora de recibir o tomar. Ya que la vida digna no es sino ésta: la que toma lo justo para poder dar lo mejor de sí mismo. Porque la dignidad reside no en recibir, sino en poder dar. Y, en consonancia con lo anteriormente apuntado -el patrón de autorreferencialidad básico-, es precisamente el logro de esta dignidad lo que nos permitirá reconocernos como Nosotros Mismos en toda diferencia y en todo cambio.

Y si nuestra dignidad consiste principalmente en la capacidad y posibilidad de dar lo mejor de nosotros mismos, se perfila con ello el patrón autorreferencial de todo trabajo, que no es sino el trabajo libre o vocacional. A él, pues, es al que fundamentalmente debemos aspirar, conviniendo, pues, en el reparto y minimización del que llamamos trabajo dependiente (en general, el no vocacional), que debe ser en lo posible realizado por máquinas cuando no cumpla la condición siguiente: que el cuerpo humano sea el patrón autorreferencial de todo instrumento. Quiere ello decir que todo instrumento o medio debe adaptarse a las características propias del cuerpo humano con el fin de potenciarlo, desarrollando en él nuevas potencialidades, y nunca el cuerpo, por el contrario, adaptarse al instrumento, embotándose o atrofiándose en consecuencia.

Leonardo Da Vinci, El hombre de Vitruvio,canon del cuerpo humano (1490)
En relación al poder, y a la hora de dilucidar qué poder es legítimo y cuál no, es necesario establecer como patrón autorreferencial al que llamamos poder Original. Este es aquél por el cual todos sus fines son relativos a la afirmación del que es (o debe ser) su fin siempre presente: la afirmación de todo ser humano como un fin original o un fin en sí mismo. Por lo tanto, todo fin relativo concluye allí donde su prolongación amenace con convertirnos en medios, y, por lo tanto, podamos ser utilizados. Cuando un poder original o liberador busca perpetuarse afirmando un fin relativo como el fin absoluto (por ejemplo, el desarrollo científico-técnico), se convierte en un poder represor. Es por ello que en un orden libre y solidario, el estado debe ser el poder organizado de todos para afirmar, garantizar y desarrollar el poder de cada uno, siendo el único poder legítimo el inherente a ese orden libre y solidario.

Una vez expuestos estos patrones autorreferenciales básicos, cabe puntualizar lo siguiente acerca de los mismos:
  1. Un patrón autorreferencial es un fin en sí mismo, por lo que toda represión consiste en utilizarlos como medios.
  2. Todo lo que limite o impida la afirmación de dichos patrones referenciales constituye asimismo una forma de represión.
  3. La legitimidad de todo poder nace de ser un patrón autorreferencial. Un poder sin legitimidad es aquél que utiliza los patrones esenciales para sus fines puramente relativos.
  4. Una sociedad justa y libre es aquélla en la que las leyes de todas las leyes son los patrones autorreferenciales. 
Relacionados con estos temas le recomendamos: PRINCIPIOS SOBRE EL PODER (I) Y (II).
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