miércoles, 1 de mayo de 2013

ÉTICA Y TRABAJO EN RELACIÓN A UNA POLÍTICA BASADA EN LA LIBERTAD Y LA JUSTICIA (I)


Jean-Francois Millet, Las espigadoras (1857)


Francisco Almansa González.
Presidente de la Asociación Aletheia.

El concepto fundamental en el que se basa toda política es el de soberanía. Éste rige tanto para la comunidad como para el individuo. Una comunidad es realmente soberana sí, como tal, se gobierna por sí misma; de igual manera que los individuos pertenecientes a una comunidad son soberanos si las relaciones entre ellos no están mediadas por intereses vinculados a determinados poderes, que hacen que unos hombres sean unos medios para otros hombres.

La soberanía del individuo en la comunidad es conculcada desde el momento en que éste no sea considerado como un fin en sí mismo en todas las formas de relación que hacen del individuo, por vivir en sociedad, un «sujeto social». Esto es: único y uno más. De no ser así, aunque goce de igualdad formal, no pasa de ser, desde el punto de vista de las relaciones de poder internas a su comunidad, un mero «objeto» social. Simplemente uno más.

Si la soberanía es la piedra angular del edificio político, la política solo puede ser ética si la propia esencia de la soberanía lo es. ¿En qué consiste, por tanto, la verdadera soberanía? En el poder de afirmarnos como lo que realmente somos. Y esto, como venimos diciendo, tanto a nivel de comunidad como de individuo.

Una comunidad es soberana cuando es ella la que libremente dispone los objetivos a realizar, y estos objetivos son tales que su cumplimiento está vinculado al imperativo categórico de la Vida libre. Esto es: que la afirmación de la soberanía de cada uno implique la afirmación de la soberanía de todos. Así como a su versión negativa: que la negación de uno implique la negación de todos. Solo así, si pierde soberanía, no por ello la comunidad deja de ser comunidad, y puede recuperar la soberanía perdida.

Una ética, pues, del trabajo no se puede llevar a cabo sin una auténtica política soberana, y ésta a su vez es realmente soberana para los individuos si la suerte de los mismos está vinculada por el imperativo categórico de la Vida Libre.  La soberanía, por tanto, no es un poder sobre los otros, sino el poder de nosotros mismos, en la medida que se nutre de la savia que surge del verdadero humus del Ser: El Amor, la Libertad y la Unidad.

Winstow Homer, La señal de peligro (1890)

Una de las amenazas más inminentes, así como peligrosas, para la conquista de la auténtica soberanía, viene del intento de convertir un problema que es esencialmente de «relación de fuerzas sociales», y, como tal, de distribución injusta de propiedad y riqueza, en un problema meramente técnico. Pues se considera que el sistema económico, tal y como actualmente existe, es, de la misma manera que la naturaleza, algo que no se puede cambiar. Y las crisis económicas son interpretadas como el fruto amargo de ciertos voluntarismos, algunas veces debido a la codicia de unos pocos y siempre debido a la falta de flexibilidad del mercado de trabajo. Por lo tanto, aquí la ética nada tiene que decir, a no ser exhortar a los ciudadanos para que adecuen sus objetivos vitales a los oráculos de los técnicos, para que los Mercados, de igual manera que antaño los dioses del Olimpo, recuperen la confianza en la sensatez de sus creaturas.

Aquí el dogma que lo determina todo es: economía=mercado. Y toda la ética cívica y política gira hoy día sobre este supuesto. Por lo que apartarse del mismo es caer en anatema, tanto para “sensibilidades” de izquierda como para las “sensibilidades” de derecha. Que el trabajo sea una mercancía -pues ¿cómo si no hablaríamos de mercado de trabajo?- es algo éticamente bueno para este sistema; por eso lo injusto sería negar tal condición al trabajador, ya que eso supondría ir contra el Orden Providencial del Mercado. En todo caso, siempre hay libertad de elegir. Al que no le guste concurrir al mercado como mercancía, que se haga emprendedor. Pues, ya se sabe, el mundo está compuesto por seres con iniciativa y seres más o menos inertes.

Para recuperar, o, más bien, conquistar la soberanía como poder de afirmación de lo que realmente somos (y nunca debemos ser mercancías, pues esto significa ser instrumentos para otros -debido, en primer lugar, a la forma de distribución de la propiedad-), es necesario convertir la sociedad segmentada en que vivimos, tanto a nivel nacional como a nivel mundial, en Comunidad Soberana. Pues si ‘Caín’ significa propiedad, es claro que si nos olvidamos de ésta para conformarnos con fijar salarios mínimos o proporciones de 1:10, 1:100, etc., etc., la fraternidad que de ello salga será tan cainita como la que hasta ahora ha habido.
BramanteSan Pietro in Montorio (1502-10)

Una Comunidad Soberana es el hermanamiento real de sus miembros (todos/as igualmente necesarios) bajo una serie de condiciones, de las cuales solamente vamos a exponer dos, dado que el tema que es objeto de esta reflexión es el trabajo. La primera condición es el reconocimiento de un «cuerpo común». Esto significa, entre otras cosas, que no existan cuerpos para los que los recursos naturales disponibles prácticamente no tienen límites, mientras que a otros cuerpos les bastaría con aquella porción de naturaleza que pueden adquirir en el mercado al precio de un euro diario. La naturaleza no es generosa para unos y mezquina para otros, sino igualmente generosa para todosPor lo tanto, es «ley natural» que la naturaleza no sea directa o indirectamente -a través del poder adquisitivo- propiedad de nadie, y menos para esquilmarla.

Como cuerpo común, la comunidad tendrá una “sensibilidad” común, lo cual, necesariamente le hará reaccionar como un solo individuo, pues solo de esta manera se puede tomar conciencia real y efectiva de que ciertos problemas son de todos. En una sociedad segmentada como la que vivimos, los problemas que por su naturaleza afectan al conjunto de la misma, dada su unidad formal y su segmentación real, de hecho se dejan sentir principalmente sobre las capas de la población más desposeídas de recursos, tanto materiales como culturales. Los “otros” nunca parecen tener prisa, pues los efectos de los problemas los neutralizan temporalmente para ellos con aquellos recursos que se necesitan precisamente para solucionar las causas de los mismos.

Para que exista, por tanto, comunidad, es necesario que se dé una sensibilidad realmente común, lo cual implica, en primer lugar, considerar la naturaleza no como un simple medio cuya utilización depende directa e indirectamente del poder de consumo de las sociedades segmentadas, sino como una realidad autónoma que, precisamente por serlo, es capaz de producir unos dones que, como tales, no pueden ser mercantilizados de ninguna manera. El valor de dichos dones solo dependerá del trabajo necesario para hacerlos útiles a la vida comunitaria, articulada en lo que hemos de llamar cuerpo común. Y con esto pasamos al trabajo propiamente dicho como segunda condición para la afirmación de una comunidad soberana.

El ser humano, aunque puede utilizar su cuerpo como instrumento, sin embargo, a diferencia de los animales, éste no es un cuerpo instrumento. Aquéllos nacen con los instrumentos-cuerpo, necesarios para su supervivencia, y de ahí su pertenencia necesaria a un medio natural determinado, pues estos instrumentos corporales forman parte de su constitución genética, y si por los mismos obtienen lo necesario para vivir, también por ellos se encuentran esencialmente limitados durante toda su vida.

John Constable, La esclusa (1824)

Los humanos, en relación con el cuerpo animal, se puede decir que poseen dos cuerpos: uno natural, pero, paradójicamente, no apto por sí solo para vivir en la naturaleza; mientras que el otro es artificial, y está constituido por el conjunto de todos aquellos medios necesarios para la realización del trabajo, con los cuales, por ende, se sirve para moverse por cualquier medio natural, y, por lo mismo, dotándose de la capacidad de actuar sobre cualquiera de ellos.

Este cuerpo artificial es el cuerpo relativo del ser humano. Por él desarrollamos «cuantitativamente» las cualidades de nuestro cuerpo natural-social, cuerpo esencial o cuerpo patrón. Y lo denominamos cuerpo patrón porque en relación a él, y conforme a las cualidades y posibilidades del mismo, se ha de desarrollar el cuerpo relativo o instrumental. La dignidad del cuerpo humano radica precisamente en que él mismo ya no es un instrumento, sino un patrón instrumental. Si a pesar de todo tiene también propiedades instrumentales, es porque como todo patrón de una determinada manera de ser, ha de poseer el atributo de aquello de lo que es patrón. Un metro ha de ser necesariamente longitud; sin embargo, una vez fijada la longitud metro, toda otra longitud es relativa a su patrón. Pero el cuerpo, a diferencia del metro, no tiene nada de convencional, es un patrón surgido de la propia evolución natural, por la cual, y por medio de la desinstrumentalización del cuerpo animal y el desarrollo paralelo de la conciencia, se ha alcanzado un límite del Ser: el de la instrumentalidad como síntesis artificial entre naturaleza y conciencia.

Al aparecer lo artificial en el mundo, éste adquirió un valor de supervivencia para sus creadores, pero a su vez, dada la separabilidad de los instrumentos de aquéllos que los utilizan, la enajenación de los mismos por la fuerza o por fraudulentas legitimaciones ideológicas constituyó y constituye uno de los factores que más contribuyen a la alienación de las relaciones humanas.

Los instrumentos o los medios de producción son el cuerpo relativo de la humanidad, y la apropiación privada de los mismos supone una apropiación indirecta del cuerpo del trabajador. La apropiación directa del cuerpo del trabajador -como en la esclavitud-, constituye su cosificación absoluta. La igualación como mercancías, tanto de los instrumentos de trabajo como de sus patrones-cuerpo, por el mercado, constituye una cosificación de la persona en su dimensión esencial de trabajador. Tal hecho supone una «perversión» de la evolución humana, pues lo que nace como medio liberador es utilizado como algo extraño a la función en relación a la cual nació. Los instrumentos como medios de producción artificiales nacieron solamente para potenciar cuantitativamente las cualidades del cuerpo humano, y no para apropiárselos por un grupo humano  para obtener de tal enajenación un beneficio.

Tal perversión supuso la ruptura de la comunidad originaria, en la que si bien en ella los individuos poseían poca conciencia de su singularidad, sin embargo, el grupo actuaba como un cuerpo común, y, como tal, el destino de cada uno se veía inseparable del destino de todos. En el origen, por tanto, el trabajo poseía dos dimensiones esenciales, pues cada uno trabajaba tanto para sí como para el grupo. Por eso la conciencia de pertenencia a la comunidad era tan fuerte, y el trabajo era a su vez considerado como una manifestación tan natural de su ser como el respirar o las relaciones sexuales.

Pelliza da Volpedo, El cuarto poder (1901)

No habrá comunidad real, sino sociedad segmentada en grupos que compiten entre sí, con individuos que igualmente compiten por los frutos del trabajo, por los dones de la naturaleza o por el trabajo mismo, mientras persista la disociación entre el fin real del cuerpo relativo como potenciador de las cualidades humanas y el fin espurio que históricamente ha sido legitimado por ideologías represivas, al servicio de grupos humanos beneficiarios materiales de dicha disociación.

Por otra parte, la apropiación de los medios de producción con fines lucrativos lleva a que el trabajo quede mutilado, tanto en su dimensión personal como en su dimensión comunitaria. Se ha de trabajar mediatizado por los fines de otros, con lo cual, la dimensión de realización personal que todo trabajo debe de permitir, o en el peor de los casos no ser obstáculo para ella, queda subordinada a unos intereses extraños, por el hecho de que lo que debe de servir de liberación como potenciación de las propias cualidades, sirve ahora como medio de sometimiento de la voluntad del desposeído de un patrimonio acumulado desde los primeros homínidos. Pues nuestra humanización no puede comprenderse sin los instrumentos y sin el trabajo; dado que por la relación dialéctica entre ambos llegamos a ser lo que somos. Ser fieles a todo ese proceso evolutivo es una exigencia humanizadora y, por tanto, ética. Para ello, es necesario restituir el patrimonio de nuestro cuerpo relativo a su verdadero propietario: la comunidad trabajadora.

Si todo esto es así en relación a la dimensión material del trabajo, en relación a la dimensión inmaterial del mismo no puede decirse otra cosa que «la casa del Padre ha sido convertida en una cueva de ladrones». Efectivamente, como lo inmaterial es ya del todo imposible medirlo, lo que se hace es subastarlo. La almoneda y el mercado rigen también en lo inmaterial, que no es en cualquiera de sus manifestaciones sino la producción del espíritu. En esta dimensión se ignora por completo que la ley que rige la misma no coincide con la de la vida material, pues, al contrario de ésta, toda realización inmaterial es aquélla por la cual nos reconocemos como nosotros mismos en lo que esencialmente somos. Es por eso por lo que dicho tipo de realizaciones no producen tampoco ningún tipo de desgaste[1], pues la propia realización es la afirmación plena de nuestra mismidad. Nada en ella hay que recuperar por tanto. Ni tampoco se necesitan recompensas materiales, ya que es ella misma la recompensa.

Son estas realizaciones las que se llevan a cabo por amor a su objeto, de tal manera que implican simultáneamente la afirmación del sujeto como singularidad solidaria. De no ser así, como sucede en la egocracia, las mejores cualidades pueden transformarse en los instrumentos más perversos. ¿Qué es si no una gran inteligencia puesta al servicio de la investigación de armas bacteriológicas, o dedicada a la especulación de cualquier tipo? Los dones de la naturaleza y del espíritu no pueden ser subastados al mejor postor, pues es precisamente en los dones donde el Ser se revela con más transparencia, ya que son realidades que se afirman por sí mismas. Por lo que su propia afirmación constituye un fin en sí mismo para sus poseedores, y un presente para todos.

¿Qué conclusiones prácticas pueden sacarse de lo dicho hasta aquí en relación a un proyecto político que tenga como metarreferencia en todos sus fines y realizaciones la Ética?

Un ser humano pertenece íntegramente a una comunidad, y una comunidad existe realmente como tal, si éste se experimenta como necesario para la misma; y esto solo es posible si:

Darío Regoyos, Salida de la fábrica (1902)


a) Trabaja; b) su trabajo implica su realización personal, que es la auténtica manera de trabajar para sí; y c) su trabajo es un beneficio para toda la comunidad y no para unos pocos.

Luego un proyecto político de libertad y justicia ha de procurar:

a) Trabajo para todos; b) potenciar el trabajo vocacional, y en todo caso que éste nunca vaya en detrimento de la dignidad humana; y c) que todo trabajo redunde en beneficio de todos, en la medida que directa o indirectamente esté integrado en la realización de un fin común a toda la comunidad.

Lo anterior implica necesariamente la implementación de un nuevo tipo de planificación económica que no sea la «orientativa» del capitalismo, llevada a cabo a partir del New Deal en EE.UU. y en Europa durante tres décadas después de la segunda Guerra Mundial, y que  respondía no a la consecución de una genuina justicia social, sino al mantenimiento de la esencia de la egocracia, dado el reto que suponía en aquellos años el ascenso económico, político y militar de la URSS. Asimismo, tal planificación tampoco ha de ser conforme al modelo burocrático de esta última superpotencia, pues una cosa es administrar los recursos económicos y asignarlos en relación a objetivos jerarquizados conforme a un orden de necesidades, y otra es que tal jerarquización haya sido establecida con la legitimidad suficiente para que la consecución de dichos objetivos sea asumida como responsabilidad de todos y de cada uno.
La alienación creciente entre administrados y administradores hizo que éstos no viesen más camino para consolidar los privilegios ya conseguidos, que asumir el marco político económico capitalista o egocrático. Por tanto, ni planificación egocrática ni burocrática, pues la única planificación legítima es aquélla que responde a la reconstrucción de la comunidad humana y a su mantenimiento. Precisamente por ello, la denominamos planificación comunitaria. Entendida, además, como el factor vertebrador de la Economía de la Gratuidad, o aquélla en la que el privilegio consiste en sentirse humano.

Pablo Ruiz Picasso, Niña con paloma (1901)
 Un primer paso, tanto político como económico para conseguir los objetivos propuestos, es la fijación tanto de unos ingresos tanto mínimos como máximos. No para mantenerlos en una relación permanente, sino como punto de partida para una planificada aproximación de rentas que lleve a su convergencia en lo que hemos denominado Valor de afirmación material del Ser Humano. Algo, por otra parte, que no puede dejarse ad calendas griegas, pues, de lo contrario, la convergencia se transformaría en divergencia; y, como el velo de Penélope, todo lo reconstruido sería rápidamente desconstruido.

El egócrata, que es el hombre del paradigma del tener, siempre cree que no obtiene lo que se merece según sus méritos, y como en este punto, mutatis mutandi, se parece bastante al estadio de la niñez, su comportamiento sirve más de modelo a imitar por parte del niño que el de la singularidad solidaria. Si queremos, por tanto, educar conforme al modelo comunitario o de la Gratuidad del Ser, y no maleducar conforme al marco egocrático de referencia, que asfixia de hecho el desarrollo integral de la infancia, el que el niño viva y crezca en un modelo de convivencia que exija su participación en la consecución de objetivos verdaderamente comunitarios, es ineludible.

Conforme a lo anterior, se requiere el establecimiento de un calendario, que si bien sea lo suficientemente flexible –pues, en este caso, aunque la meta esté definida, sin embargo «el camino ha de hacerse al andar»- no por eso ha de dejarse al albur de la circunstancias, ya que éstas las creamos nosotros mismos con nuestros miedos, o lo que es peor, con nuestras desidias.

La convergencia entre los límites máximo y mínimo dependería necesariamente de los valores de los mismos. Si éstos están muy distantes, no solamente el mínimo seguiría siendo demasiado mínimo, sino que, además, los receptores del máximo dispondrían del suficiente poder económico para hacer lo que siempre han hecho: sabotear un proceso que consideran que va contra sus “legítimos” intereses. De igual manera, si los límites son fijados de forma voluntarista, por mor de justicia, demasiado próximos, se tendrían dos inconvenientes: a) la reacción incontrolada de los que supuestamente pierden, y b) la imposibilidad de adecuación gradual de la estructura económica a la nueva forma de distribución de la riqueza y del poder de disponibilidad de la misma.

Se necesita, por tanto, una definición lo más precisa posible en la determinación cuantitativa del valor de afirmación material, puesto que él nos da la referencia objetiva en relación a la cual podemos conocer la distancia real de los valores mínimos vigentes a dicho valor. Con esto ya tendríamos incluso una medida de la injusticia social, lo cual es una auténtica palanca ética a la hora de abordar un proyecto que, como todo proyecto de esta índole, encontraría toda suerte de obstáculos, siendo quizá uno de los que menos se ha de desdeñar el del pragmatismo apriorístico, siempre encubridor de intereses amenazados o de cobardías espirituales disfrazadas de “realismo”. Pensemos que a lo largo de toda la historia han sido precisamente las clases dominantes las que más se han opuesto al cambio “por pragmatismo”, así como todos aquéllos que viven en su entorno, suministrándole racionalizaciones legitimadoras del orden existente.

Tenemos, además, que este valor referencial determinado cuantitativamente, pero en función de determinaciones cualitativas, que nos definen como vidas humanas en su dimensión material, serviría a su vez para unificar en una sola variable -esta vez auténticamente independiente- toda esa dispersión de medidas referentes a la calidad de vida, que adolecen del relativismo estadístico vigente en la sociología de nuestro tiempo. Aquí no hay más que una referencia, que es la energía humana consumida en el trabajo «necesario» para reproducir en condiciones «óptimas» dicha energía. En qué consisten dichas condiciones óptimas es algo que solo una actividad interdisciplinar puede dar la respuesta, dada la multidimensionalidad de nuestro ser vital. Sin embargo, al destacar como factor incondicional del Valor de afirmación «la reproducción óptima de la energía humana consumida en el trabajo», se está determinando ese concepto hoy por hoy tan indefinido de «bien común», y sobre el cual se pretende realizar otro tipo de economía. Valgan unos cuantos ejemplos:

Claudio de Lorena, Puesta de sol (1642)
Un aire igualmente de limpio para todos es tanto un bien común, como una condición necesaria para la reproducción óptima de nuestra energía vital. Una alimentación equilibrada y nutritiva, igualmente accesible para todos, es un bien común y un componente del valor de afirmación material o reproducción óptima de la energía consumida. Una ciudad segmentada en zonas residenciales y zonas suburbiales o ciudades dormitorio, es un factor de desvalorización ideológico-social y de estrés, incompatible con el bien común y con el necesario equilibrio psicológico, componente éste también del valor afirmativo material de la vida. El diseño de una tecnología cuyas condiciones innegociables sean: a) respeto al medio ambiente; b) potenciadora de las posibilidades del cuerpo humano, reconocido éste como el patrón al cual las técnicas han de adaptarse, y no al contrario; y c), como corolario del anterior, puesto que se trata siempre de diferenciar netamente entre máquina y hombre, el sustituir por máquinas todos aquellos trabajos que, mutilando la imaginación, en tanto que componente genuinamente humano, hacen penetrar la inercia de lo maquinal en sus estructuras psicológicas, frustrando con ello toda posibilidad de trascendencia creadora o de auténtica libertad espiritual.

Como se ve, la consecución de un objetivo tal implica aunar en un solo fin tres formas de acción: la política, la económica y la científica multidisciplinar. Así como un decidido compromiso ético.
(Sigue)


miércoles, 24 de abril de 2013

FICHTE: UNA REFLEXIÓN SOBRE LA EDUCACIÓN

Antonio María Esquivel, Autorretrato con sus hijos (1843).

    «El hombre solo puede apetecer aquello que ama; el amor es el impulso único y al mismo tiempo infalible de su querer y de todas sus emociones e impulsos vitales. La política, hasta ahora en vigor, como autoeducación del hombre social, presuponía como regla segura y válida en todo momento el hecho de que todo el mundo ama y desea su propio bienestar material, y sirviéndose del temor y la esperanza unía artificialmente a este amor natural aquella buena predisposición que ella deseaba, a saber, el interés por la comunidad. Prescindiendo de que con este tipo de educación el individuo aparentemente se ha convertido ya en ciudadano inofensivo e idóneo, si bien de hecho sigue siendo en su intimidad una persona perversa -pues precisamente su maldad consiste en que solo ama el bienestar material y en que solo el temor a perderlo o la esperanza por conseguirlo pueden estimularle, sea en la vida presente o en la futura-, prescindiendo de esto, ya antes hemos observado que la medida no es aplicable a nuestro caso concreto, dado que el temor y la esperanza en nada nos favorecen, sino que, por el contrario, nos perjudican, y que el egoísmo de ninguna manera puede ser tenido en cuenta para beneficio nuestro. Por esta razón nos vemos necesariamente obligados a formar hombres en su interior y desde la base. (....) En consecuencia, tenemos que fijar en el ánimo de todos aquellos con quienes queramos contar dentro de nuestra nación un tipo de amor que nos lleve directamente y sin más al bien como tal y por sí mismo en lugar de ese egoísmo al que nada bueno puede unirnos por más tiempo.

   Amar lo bueno, en cuanto tal y no por la utilidad que nos pueda reportar, se manifiesta, ya lo hemos visto, como complacencia; una complacencia tan íntima que impulsa a uno a manifestarla en la propia vida. En consecuencia, lo que la nueva educación tendría que proporcionar sería esta íntima complacencia como forma de ser firme e inmutable del educando; con ello establecería en él por sí misma las bases de una voluntad inquebrantable y buena».

J.G. FICHTE, Discursos a la nación alemana, Orbis, 1984, pp. 67-68.

jueves, 4 de abril de 2013

UNIDAD

Traemos a este blog unas hermosas y lúcidas palabras sobre la acuciante necesidad de Unidad del filósofo y psicólogo Norman O. Brown , cuyo libro, El cuerpo del amor, es una de las obras fundamentales del pasado siglo.

«Hoy por hoy, en nuestro mundo, sólo hay un problema político: el de la unificación de la humanidad. La Internacional será la especie humana. "Para que sean uno -ut unum sint". Ésta es la última plegaria de Cristo antes de la crucifixión y fue asimismo la última plegaria del difunto Papa Juan XXIII; debe estar al lado de la plegaria de Freud en El malestar de la cultura. Porque en verdad no se logrará el uno hasta que se reconozca que Freud, Marx y el Papa Juan XXIII hablan al unísono; o Freud, Marx y el Papa: la cosa es reunirlos. Juan, X, 16: "Tengo también otras ovejas, que no son de este aprisco, las cuales debo yo recoger, y oirán mi voz; y de todas se hará un solo rebaño, y un solo pastor".»


«La meta de la psicoterapia es la integración psíquica; pero no hay integración del individuo separado. El individuo se obtiene mediante división; la integración del individuo es una empresa estrictamente autocontradictoria, como se pone en evidencia en los fútiles intentos de los psiquiatras por definir "qué es lo que entendemos por salud mental" en la persona individual. La meta de la "individuación", o el reemplazo del yo por la "personalidad", oculta engañosamente la drástica ruptura entre el principium individuationis y el principio dionisíaco, o embriaguez, de unión, o comunión, entre hombre y hombre, y entre hombre y naturaleza. La integración de la psique es la integración de la especie humana y la integración del mundo con el que estamos indisolublemente unidos. Sólo en un mundo puede haber el uno. La voz interior, la salvación personal, la experiencia privada se basan, todas ellas, en una distinción ilusoria. La conciencia es tan colectiva como el inconsciente; sólo hay una psique, yo-cósmica, en relación con la cual todo conflicto es endopsíquico, y toda guerra, intestina. De aquí que cuando Caín mató a Abel, se mató a sí mismo: "pues el alma, que no pertenece a la categoría de las cosas separadas entre sí, sino que corresponde a la categoría de cosas que forman una sola totalidad, debe padecer necesariamente lo que parece hacer".

NORMAN O. BROWN, El cuerpo del amor, Planeta-De Agostini, 1986 (edición original de 1966), pp. 90 y 96.

lunes, 18 de marzo de 2013

Entrevista a Rosa Almansa y próximo encuentro abierto para un nuevo modelo educativo

Compartimos con vosotros esta entrevista a nuestra compañera Rosa Almansa acerca del proyecto de bases para un nuevo modelo educativo. Dicha entrevista se realizó el pasado día 1 de marzo en Procono y describe las líneas fundamentales de dicho proyecto, que tendrá su segundo encuentro abierto en Córdoba el próximo sábado día 23 de este mes a las 11 en La Tejedora.

¡Os esperamos!



domingo, 10 de marzo de 2013

FRANCISCO ALMANSA: ANÁLISIS DEL CAPITALISMO: TRABAJO Y MERCADO: COMPETENCIA, CONSUMO, SALARIO....

El pasado día 23 de febrero de este año de 2013, tuvo lugar la cuarta sesión del Ciclo: Análisis del capitalismo. Construyendo alternativas, que organizó la Asamblea Bulevar Córdoba y que versó sobre el tema Trabajo y mercado: competencia, consumo, salario..., y que fue introducido por Francisco Almansa González, presidente de la asociación Aletheia.

Ofrecemos aquí el audio de dicha introducción, de una media hora de duración, que puede obtenerse a partir del siguiente enlace:

https://www.dropbox.com/s/d284mp39w4x7yrf/Sesi%C3%B3n%20Capitalismo%20Francisco%20Almansa.3ga

Un resumen en texto de la misma, más del debate posterior que se produjo en la misma sesión, puede consultarse en  http://wiki.15mcordoba.net/index.php?title=Trabajo_y_mercado:_competencia,_consumo,_salario_...

viernes, 1 de marzo de 2013

ORTEGA: LA INCULTURA ESPECIFICA DE NUESTRO TIEMPO


«Desde el siglo X no ha habido etapa histórica en que Europa poseyese menos sensibilidad y saber filosófico que en los cincuenta últimos años del siglo XIX. Esto ha producido el caos mental que ahora, con sorpresa, encuentra el europeo dentro de sí. Y es que la cultura de los especialistas crea una forma específica de incultura más grande que otra alguna.

Nadie entienda que yo ataco al especialismo en lo que tiene de tal; indudablemente, uno de los imperativos de la ciencia es la progresiva especialización de su cultivo. Pero obedecer este solo imperativo es acarrear a la postre el estancamiento de la ciencia, y por un rodeo inesperado implantar una forma de barbarie. La ignorancia del que es por completo ignorante toma un cariz pasivo e inocuo. Pero el que es un buen ingeniero o un buen médico y sabe mucho de una cosa no se determinará a confesar su perfecto desconocimiento de las demás. Transportará el sentimiento dominador que, al andar por su especialidad, experimenta a los temas que ignore. Mas como los ignora, su soberbia -más gremial que individual- no le consiente otra actitud que la imperial negación de esos otros temas y esas otras ciencias. El buen ingeniero y el buen médico suelen ser en todo lo que no es ingeniería o medicina de una ignorancia agresiva o de una torpeza mental que causa pavor. Son representantes de la atroz incultura específica que ha engendrado la cultura demasiado especializada.

Hacia 1850 se perdió en Europa toda noción medianamente clara de filosofía. Uno de los partos de tal insciencia colectiva fue la afirmación completamente caprichosa de que en disciplina alguna habían discrepado tanto las opiniones como en la filosofía.

Hallar en el hecho de la discrepancia doctrinal una razón para el escepticismo es indiferencia tan vieja como plebeya y poco meditada. (.....). Se pretende, por lo visto, elevar a síntoma de la verdad la coincidencia entre los hombres, como si esta coincidencia no pudiese igualmente producirse en torno al error. Espumando la experiencia que la vida deposita en nosotros, más probable hallaremos que los hombres se pongan de acuerdo en un error que en una verdad. No faltan sospechas para creer que la verdad será siempre conquista dolorosa de unas cuantas almas solitarias y a menudo perseguidas. De todas suertes, el sufragio universal no decide de la verdad y es indiferente para la certidumbre del conocimiento toda estadística de coincidencias. (....)

Por lo tanto, el fenómeno social más extenso con que aún será preciso contar durante algún tiempo es el escepticismo innato con que el europeo actual se acerca a la filosofía.

En mi servicio universitario he observado con reiterada sorpresa que los principiantes son a nativitate escépticos. Recuerdo que Herbart decía sutilmente: "Todo buen principiante es un escéptico; pero todo escéptico no es sino un principiante". Pero en España y ahora no sólo son escépticos los buenos principiantes, sino también, y muy especialmente, los malos.»

ORTEGA Y GASSET, J., Historia como sistema, Sarpe, 1984, pp. 184-6, 189, 190.

viernes, 22 de febrero de 2013

ÉTICA Y POLÍTICA

Es el que sigue un trabajo de conceptualización que estamos desarrollando en nuestra labor de colaboración con el Foro de Ética y Política que ha iniciado la asociación Iniciativa Cambio Personal-Justicia Global de Sevilla:

Ética:

Es la Teoría –como forma objetivada de la conciencia- del Deber Ser del Amor, que tiene como fin la búsqueda y afirmación de la Inocencia, conforme al cumplimiento del Imperativo Categórico del ser solidario y libre. Con su doble exigencia hacia uno mismo y hacia los demás. Y cuya formulación es: “Que se ha de afirmar la propia singularidad, y que tal afirmación implique directa o indirectamente la afirmación de la singularidad de los demás”.

Las prohibiciones inmediatas que de tal imperativo categórico se desprenden son dos:
a)    Nunca compitas con los demás.
b)    Nunca los utilices, ni te utilices como un medio.

Política:

Es toda forma de «actividad social», que tiene como fin inmediato vivir en «libertad» como «singularidades solidarias», conforme a la «Justicia del Ser».

La Justicia del Ser: Es una relación incondicional entre las formas relativas del mismo (que son aquéllas que por ellas mismas no pueden diferenciarse de la nada, y que, como tales, no tienen sentido por sí mismas), y aquéllas que tienen sentido por sí mismas, tal que, la afirmación de las primeras sólo sea relativa a la afirmación de las segundas.

Francisco Almansa

Matisse, Juego de bolos, 1908.

lunes, 11 de febrero de 2013

BASES PARA UN NUEVO MODELO EDUCATIVO

Tenemos disponible un audio del encuentro que podemos hacerte llegar si nos lo solicitas por correo electrónico a aletheia@asociacionaletheia.eu.

 
Puedes también consultar el vídeo Diez puntos fundamentales de educación como una propuesta en este sentido:
http://www.youtube.com/watch?v=ux3C7U5q2MU

domingo, 27 de enero de 2013

DE LOS MIL FINES Y UN FIN

Stanley Kubrick. Fotograma de Odisea 2001 en el espacio (1968).

«Hasta ahora ha habido mil fines, porque ha habido mil pueblos. Sólo falta el yugo para las mil cervices; sólo falta un fin. La humanidad no tiene aún un fin.

Pero, decidme, hermanos, si a la humanidad le falta un fin, ¿no falta todavía ella misma?»

Friedich NIETZSCHE, Así hablaba Zaratustra, Buenos Aires, Marymar, 1975, p. 53.

viernes, 18 de enero de 2013

Introducción al primer debate del Ciclo: Análisis del capitalismo: construyendo alternativas (Córdoba, La Tejedora, 12 de enero de 2013).



Rosa Mª Almansa Pérez. Profesora Universitaria de Historia Contemporánea.

Organiza: Asamblea 15 de Mayo Bulevar Córdoba.

En primer lugar, cabe decir que en el capitalismo la fuerza de trabajo es una mercancía que se compra y vende libremente. Mientras que en el esclavismo o el feudalismo la fuerza de trabajo como mercancía estaba sujeta a más trabas, en el capitalismo se precisa como nunca de la igualdad y la libertad formales para lograr la libre concurrencia en el mercado.

Se define, además, por la lógica de la reproducción ampliada del beneficio. Es decir, el empresario o capitalista pretende siempre obtener más de lo que pone. Por lo tanto, resulta un sistema incompatible por definición con los sistemas de reproducción simple (en los que se obtiene un producto equivalente al capital invertido, aunque ello no excluye mejoras en la productividad, por ejemplo para cubrir los aumentos de población o mejorar las condiciones de trabajo). En consecuencia, puede afirmarse que su esencia misma es la especulación: no se produce fundamentalmente para que los bienes sirvan para lo que están principalmente ideados, para que cumplan principalmente su función, sino para obtener siempre más de lo que se ha puesto (es la lógica de “dar” para, fundamentalmente, poder “tomar”). Pero que, puesto que requiere ineludiblemente de la propiedad privada de los medios de producción, resulta que especula sobre todo con la necesidad del otro.

Producción de diamantes para el mercado.

Como se ha adelantado, la reproducción permanentemente ampliada del beneficio necesita la plena disponibilidad permanente de los recursos productivos, y, por tanto, de la libertad e igualdad formales para la generación de competencia, sin las cuales no es posible aquélla. Es la competencia permanente la que genera, en este sistema, los incentivos necesarios para el aumento constante de la productividad que permita la captación de la ganancia o el beneficio. El capitalismo, pues, no solo se fundamenta en el egoísmo personal –al que requiere como motor-, sino que, paradójicamente, se basa en la creación constante de falta, en la carencia (ya sea objetiva o subjetiva), posible por el sistema de competencia, para un incremento permanente del consumo. Así pues, se produce el resultado de que a pesar de la superabundancia de medios de producción (como nunca antes en la historia), al encontrarse éstos acumulados en pocas manos, se produce permanentemente escasez relativa, tanto de trabajo como de mercancías. 

Producción de necesidades subjetivas.

Por otra parte, la reproducción ampliada del capital, mantenida por el sistema de competencia permanente, hace que el imperialismo sea un fenómeno consustancial al capitalismo, tanto para el logro de abundante mano de obra barata, para la conquista de mercados que den salida al aumento constante en la producción de mercancías como para garantizarse el suministro barato de materias primas. Todo ello trae consigo el requerimiento de la ruptura de identidades personales y colectivas allí donde se implanta (y, por lo tanto, la imposición de visiones fragmentadas, parciales del mundo, en contraposición a las visiones culturales, de carácter holístico y dotadoras de sentidos ricos y envolventes).

El capitalismo encuentra, además, en el sistema político de la democracia burguesa o formal su marco ideal para su óptimo desenvolvimiento y autolegitimación. En ella el individuo se encuentra crecientemente aislado subjetivamente, en permanente competencia con los otros, y en este contexto se agostan los proyectos colectivos, subsumidos en un fin global y omnipresente en torno al cual se tejen las llamadas “reglas del juego” o sistema del “consenso”: la “eficiencia” y el crecimiento económico.

El País, Forges (10-2-15)
 Por otra parte, la desigualdad de intereses en el sistema de trabajo social conduce a la especialización, no solo en el trabajo, sino en nuestras posiciones relativas en la sociedad. Se crean, así “mundos diferentes”; es decir, se potencia la fragmentación de la experiencia –que se hallan divorciadas e inconexas unas de otras, haciéndose imposible el entendimiento, aunque sí el “pacto” o el contrato-, impidiéndose, pues, una experiencia compartida y global.

Con todo ello se escamotean los auténticos patrones de realización económica para que el trabajo social sea uno y no existan contradicciones o antagonismos entre partes. ¿Cuáles son tales patrones? A nuestro modo de ver los siguientes:

-La afirmación óptima de la fuerza de trabajo y la realización vocacional del ser humano. Únicamente con ello se permite el afloramiento de las verdaderas diferencias entre las personas (singularidades personales, no elitismos ni falsas identidades “personales” que son, en realidad, fenómenos de masas).
-Afirmación óptima de la vida natural, permitiendo su autorregeneración.

El capitalismo, como todo sistema social, posee una determinada forma dominante de autoidentificación humana, es decir, una forma de concebir o entender al ser humano. Ello explica el maridaje perfecto que se ha producido entre el capitalismo y el sistema de pensamiento postmoderno, forma ideológica del capitalismo desarrollado y decadente. Así, se impone la idea de un ser humano aislado, con proyectos siempre concretos, localizado, incapaz de visiones holísticas o globales que integren armoniosamente las partes que las constituyen. De esta forma, las visiones parciales de la realidad se convierten en absolutas, hasta el punto de producirse el totalitarismo de la parte sobre el todo.

El sistema implica, pues, la competencia permanente entre las partes (naturaleza contrapuesta a sociedad, capital contra capital, campo versus ciudad, trabajador@s contra trabajador@s, etcétera). Todo esto lleva en última instancia a la destrucción de la vida, que supone que la afirmación de cada parte implica la afirmación de las demás (sistemas ecológicos, cuerpo humano, trabajo cooperativo…).
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