martes, 30 de septiembre de 2014

LA PALABRA HUMILLADA: ELLUL Y LÉVI-STRAUSS

Han llegado tiempos temibles: los del “pensamiento blando” y la palabra humillada. Una indiferencia envenenada se levanta lentamente, como una mala niebla de los tumultos actuales. Los discursos, razonamientos modernos, se inclinan a lo engolado y ridículo. Ya nada será verdadero ni falso, todo será “igual” en un mundo de palabrería y de sospecha. Filosofía, política, literatura, periódicos: una logorrea de frases vacías y de bagatelas sumerge a una época que presencia el triunfo de la imagen sobre la palabra, de la “realidad” sobre la verdad. Tiempos de abandono y de desesperanza, de irresponsabilidad y de “hablar para no decir nada”... Esta apoteosis de la idolatría de la técnica, de la entraña misma de una realidad falsificada, estas imágenes proliferantes y estos dioses mentirosos están tramando poco a poco algo intolerable. “Un sufrimiento agudo”, dice Jacques Ellul, “un terror. El hombre no puede vivir privado de verdad. Ignora con exactitud qué mal le aqueja, pero vive con el pánico latente, con la desesperación de no ser siendo”.

Contraportada del libro La palabra humillada, de Jacques Ellul. SM, Madrid, 1983

Jacques Ellul nació en Burdeos en 1912. Doctor en Derecho. Suspendido por el régimen de Vichy, participó activamente en la Resistencia. Desde 1953 fue miembro del Consejo de la Iglesia reformada de Francia. Filósofo y teólogo, ha publicado numerosos libros difundidos por el mundo entero. Murió en su ciudad natal en 1994.
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«Hemos discutido también en otro nivel, donde la cuestión planteada no es ya la relación entre una lengua y una cultura, sino más bien la relación entre lenguaje y cultura en general. Y sin embargo, ¿no hemos descuidado un poco este aspecto? En el curso de las discusiones no se ha considerado nunca el problema planteado por la actitud concreta de una cultura hacia su propia lengua. Para tomar un ejemplo, nuestra civilización trata el lenguaje de una manera que se podría calificar de inmoderada: hablamos a propósito de todo, todo pretexto es bueno para expresarnos, interrogar, comentar... Esta manera de abusar del lenguaje no es universal, ni siquiera frecuente. La mayoría de las culturas que llamamos primitivas emplean el lenguaje con parsimonia; no se habla en todo momento ni a propósito de cualquier cosa. En ellas, las manifestaciones verbales están a menudo limitadas a circunstancias prescritas, fuera de las cuales se escatiman las palabras».

Claude Lévi-Strauss, Antropología estructural, Altaya, Barcelona, 1994, pp. 109-110.

Paul Gauguin, ta-matete (1892)
Claude Lévi-Strauss nació en Bruselas en 1908 y murió en París en 2009. Es una de las grandes figuras de la antropología. Fue fundador de la antropología estructural y destacó por introducir su enfoque estructuralista en las ciencias sociales. Está considerado uno de las intelectuales más influyentes del siglo XX.

Relacionado con estos temas le recomendamos: EL ODIO A LA PALABRA y LA FILOSOFÍA COMO PALABRA.

jueves, 25 de septiembre de 2014

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EL CAPITALISMO

Andy Warhol, Fajo de Billetes (1962)

El capitalismo es el sistema social cuyo referente de sentido es la economía, en tanto que ésta tiene como fin el mantenimiento indefinido del trabajo relativo(1) como fuente de riqueza, en forma de beneficio y de salario,  así como la competencia entre los individuos, en cualquiera de sus roles, como medio para estimular la producción y el consumo. Las condiciones necesarias para conseguir tales objetivos son la propiedad privada y el mercado universal.

Por lo tanto, el derecho al trabajo -entendido como la genuina actividad humana dirigida al desarrollo personal y a ganarnos la vida dignamente- está subordinado al “derecho” al enriquecimiento. El trabajo es un derecho universal porque es una actividad humanizadora por excelencia; pero el trabajo en el sistema capitalista es una mera mercancía cuyo precio es el salario. El “derecho” al enriquecimiento no puede ser un derecho universal, pues ser rico es poseer más que los otros. Si todos fuésemos ricos entonces no habría ricos. Es por esencia desigual.El derecho al trabajo es universal, pues se vive del propio trabajo o del trabajo de los otros. Pero sin el trabajo la sociedad no es posible. Sin ricos, sí. Al legitimar el derecho al enriquecimiento, necesariamente de los menos, se paga un peaje por el derecho a trabajar y por el derecho a la realización personal. Sólo si la realización personal mediante el trabajo vocacional coincide con el interés de lucro capitalista, esta realización personal es posible.

 El fin de capitalismo es siempre obtener más de lo que se pone, compitiendo por los medios de producción como un producto de mercado; para ello entra en juego el sistema financiero para la obtención de crédito y éste se convierte también en una competencia. Se hace competir a los seres humanos por un derecho universal. Es como si tuviésemos que competir para respirar. Si yo respiro tú te quedas sin aire. 

El capitalismo es una realización hecha a imagen y semejanza de su creador: el Yo desarraigado. Éste escapando de la nada, inherente a su desarraigo, busca por lo mismo llegar a ser más; mientras que su sistema es aquél en el que el dinero, en tanto que patrón de indiferenciación de las faltas, conforme a la relación de demandas opuestas en el mercado, es una indiferenciación indeterminada. El nihilismo es la expresión más relacionada con este sistema, pues ambos tienen como presente la nada y el medio como fin.

 En el capitalismo el lucro está siempre por encima de la vocación.
George Grosz, Un día gris (1921)

El capitalismo es un sistema que produce necesidades para después lucrarse de la satisfacción de las mismas. Es el sistema que más produce porque es el sistema que de forma intencionada crea más necesidades. Toda la dinámica del capitalismo es la generación de deseos. No es un sistema en sí mismo, sino que es la fase final de agotamiento de unos valores, instaurándose el no valor, que es el medio absoluto. Es la institucionalización del egoísmo. Todo lo utiliza como un medio, pues el «medio» es el valor supremo, de donde el hombre no es sino un medio (el medio es lo que no tiene identidad propia).

El capitalismo es un sistema económico cuyos ritmos y necesidades se oponen a las condiciones de regeneración de la naturaleza. Ni los ritmos biológicos de la naturaleza, ni los ritmos biológicos ni psicológicos de las personas están en sintonía con sus necesidades.
El capitalismo, en resumen, es el sistema en el que lo artificial se convierte en la ley a la cual se quiere someter a:
  • la naturaleza,
  • al trabajo como exigencia natural para el sostenimiento de la vida y el desarrollo personal,
  • a todos los sentimientos humanos (pues también con ellos se puede negociar),
  • y, por último, al deseo de solidaridad natural que late en todas las personas espiritualmente sanas.
Un deseo de solidaridad que el capitalismo pervierte al someterlo todo a lo que es su ley absoluta: la competencia que nos opone a todos contra todos: Trabajadores contra trabajadores. Empresarios contra empresarios. Empresarios contra trabajadores y viceversa. Políticos contra políticos y contra ciudadanos. Y todo esto porque, como decíamos al principio: el capitalismo es un sistema social en el que el derecho al trabajo está subordinado al “derecho” al enriquecimiento.
Walter Evans, Desempleados (1932)

Por último, el capitalismo es un sistema desintegrador de toda otra forma de organización social (familia, pueblos, otras civilizaciones y cualquier forma de comunidad solidaria humana), pues necesita siempre de individuos plenamente disponibles.

(1) Trabajo relativo es aquél que no tiene sentido por sí mismo, pues se realiza en relación a un fin que es extraño a su naturaleza, ya que el fin inherente al trabajo es la plena autorrealización de la persona.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Próxima conferencia a cargo de José Ignacio González Faus: La incidencia del capitalismo en las visiones utópicas liberadoras

El próximo día 24 de septiembre (miércoles) tendremos el honor de contar con nosotros a José Ignacio González Faus, jesuita, profesor y teólogo, el cual impartirá una conferencia con el título: La incidencia del capitalismo en las visiones utópicas liberadoras.

Este acto tendrá lugar en el Salón de actos de la Facultad de Ciencias del Trabajo (C/ Adarve, 30) de Córdoba a las 19:00 horas.

González Faus es teólogo y autor de numerosos libros, como La Humanidad Nueva, Herejías del catolicismo actual u Otro mundo es posible...desde Jesús, todos ellos en la línea de la recuperación de la dimensión auténticamente fraternal del cristianismo desde una perspectiva rigurosa.

domingo, 7 de septiembre de 2014

GONZÁLEZ FAUS: UN TESTAMENTO QUE REPORTA AUTÉNTICA RIQUEZA


Tanscribimos a continuación el texto íntegro del artículo del teólogo José Ignacio González Faus aparecido el pasado 2 de abril de 2013 en el Blog de Trotta, y que lleva por título "Testamento". En él nos regala su credo personal, el cual es, en nuestra opinión, una profunda mirada espiritual ante el difícil momento en el que nos encontramos.

"Este 2013 cumpliré los ochenta. La cifra da cierto vértigo. Aunque en Herejías del catolicismo actual digo que me gustaría seguirlo con un comentario al Credo, no sé si esto será posible. Por eso anticipo mi credo personal.
1. Desde hace ya casi medio siglo, el tema de la fe se enmarca para mí en estas dos frases, una de un cristiano y otra de un no creyente. La primera es la profecía de Emmanuel Mounier: en el futuro los hombres no se dividirán según crean o no en Dios, sino según la postura que tomen ante los pobres. La otra es la estrofa impactante de Atahualpa Yupanki: «hay cosas en este mundo más importantes que Dios: que un hombre no escupa sangre para que otros vivan mejor», a la que he visto siempre como un buen resumen del modo como Dios se reveló en Jesucristo (hay cosas en este mundo más importantes que yo…).

2. Esta visión de la fe se estructura en dos líneas maestras del Nuevo Testamento.
2.1. La primera, en positivo, es el repetido mandamiento del amor fraterno que no solo atraviesa el texto bíblico sino que está presente en casi todas las religiones, aunque en el Nuevo Testamento adquiere una melodía particular: es un viejo mandamiento que se convierte en «nuevo» porque resume e interpreta todos los demás mandamientos. Y es un mandamiento explícitamente universal: de modo que no se trata sólo de amar a «mis» hermanos sino de que todos los seres humanos son hermanos míos: el adjetivo «fraterno» no limita sino que amplía el mandamiento del amor. El «prójimo» no es el cercano a ti sino aquel a quien tú debes aproximarte, dice Jesús en una parábola.
2.2. Y en negativo, la visión del dinero como el gran enemigo de Dios. Visión que atraviesa los evangelios («no podéis servir a Dios y al dinero»), los textos paulinos («la codicia es idolatría» y «la raíz de todos los males es la pasión por el dinero») y los joánicos («si alguien tiene bienes de la tierra y ve a su hermano pasar necesidad y no le socorre, el amor de Dios no está con él»).

3. Este doble resumen de mi fe (mejor que de resumen, hablaría de «corazón» porque la realidad humana abarca otros muchos aspectos) tiene hoy, a veinte siglos de distancia del mundo de Jesús, un imprescindible componente estructural (no solo personal), que no cabe desconocer. Si desde aquí miro hoy a nuestro mundo, podría escribir otro Manifiesto que comenzara: «Un fantasma recorre el mundo». Pero ahora, dicho en serio (y no irónicamente como en el Manifiesto del siglo XIX), ese fantasma, esa gran amenaza no es el comunismo sino el sistema capitalista. Por más que se lo enmascare con bellas palabras de libertad o progreso, el corazón de ese sistema no es más que la riqueza y el poder: la riqueza que da el poder y el poder que da la riqueza. Es un sistema antifraterno cuyas células madre tienden a configurar un mundo donde unos pocos (cada vez más pocos) dominan a la mayoría. Y la hora que vive hoy nuestro mundo es aquella en que está cuajando y tomando cuerpo esa tendencia.
Esa tendencia estuvo detenida en años anteriores por dos factores históricos: el socialismo de la Unión Soviética que, aun con todos sus desastres, asustó al capitalismo y le forzó a hacer algunas concesiones, y el socialismo de la llamada «socialdemocracia» que trató de buscar una vía media entre los otros dos extremos. La caída del pseudoimperio soviético puso fin a ese equilibrio inestable y desató la dinámica totalitaria del capitalismo, permitiéndole mostrar su verdadero rostro. No importa que la gente sencilla pregunte: ¿para qué quieren tanto dinero?, ¿para qué querrá alguien tener treinta y seis mil millones de litros de agua si no podrá bebérselos en toda su vida?… Por elemental que parezca ese tipo de preguntas, es incomprensible para los narcotizados por el dios Mamón.
Desde aquí me parece que nuestra hora histórica marca una tendencia casi imparable, no a «desarrollar al Tercer Mundo» como se decía antes, sino a «tercermundizar» al mundo desarrollado. Hace pocos años comenzamos a hablar ya de «cuarto mundo» (los enclaves de miseria en medio del primero), pero esa expresión se nos va quedando corta y se quedará mucho más corta cuando pase la crisis económica y, como un huracán del Caribe, deje destruida más de la mitad del estado social que creíamos haber montado. El mundo quedará reducido a un uno o dos por cien de la humanidad, inmensamente rico (aunque lleno de luchas internas por derribar al otro), y una gran mayoría humana sometida a una dictadura camuflada de grandes palabras (civilización, progreso, desarrollo, libertad…) que se utilizarán como justificación de la crueldad de esa tiranía. No será improbable que algún día esa mayoría estalle en explosión incontrolable, pero tampoco será fácil porque siempre está ese colchón amortiguador de quienes no pertenecen ni a la minoría de los canallas ni a la mayoría de los infrahumanos, de esos que fueron llamados «el segundo tercio» y que son los que más temen perder su posición cayendo en el abismo de los miserables. Ellos, sin querer, pueden actuar como pararrayos de una revolución desesperada y loca. Y además, los tiranos han dispuesto siempre del antiguo recurso defensivo (panem et circenses: pan y circo) que hoy podríamos traducir como «Ipad y circo».

4. Pero no se trata de hacer profecías. La última conclusión de estas reflexiones es que, si el dinero es el mayor ídolo enemigo del hombre, lo es porque es el mayor enemigo del Dios que reveló Jesús. Igual que capitalismo y democracia son a la larga incompatibles, también lo son capitalismo y fe cristiana. Las iglesias que se preguntan hoy por la descristianización de Occidente no acaban de percibir esto porque ellas mismas han sido cómplices de ese proceso en sus organismos directivos. Los ateos que perdieron la fe tampoco perciben que sea debido a ese proceso del que ellos son solo pequeñas gotas de agua de un tsunami epocal. De este modo, lo que vaya quedando de cristianismo en Occidente será solo un cristianismo no cristiano: fundamentalista en lo dogmático y servidor del dinero en lo moral. Un cristianismo anunciado ya en tantas sectas norteamericanas que son como primeras nubes de la tormenta que acabará viniendo.

5. Al terminar no me queda más que evocar la frase de Ignacio Ellacuria en la manera como yo suelo reformularla: «una civilización de la sobriedad compartida» (Ellacu decía una civilización de la pobreza) es la única oferta de vida que le queda a nuestro mundo. Para creyentes y para no creyentes. Si no nos la tomamos muy en serio, quizá será el momento de leer esos capítulos que cierran los evangelios cambiando todo el discurso anterior de Jesús ( Marcos 13 o Mateo 24), y empezar a comprender que ni este mundo tiene futuro, ni Dios puede tener sitio en un mundo como este."
                                           

domingo, 24 de agosto de 2014

EL TRABAJO HUMILLADO

Hoy el trabajador constituye un recurso abundante para el empresario o propietario de los medios necesarios para la realización del trabajo. Esto hace que el trabajador, y con ello su trabajo, necesariamente se desvalorice como mercancía, lo cual conduce a la situación paradójica en la que al que se le priva de un derecho natural-social, pues el trabajo es la relación esencial de lo vivo con su medio, sea sancionado rebajándole progresivamente los recursos necesarios para acceder a los productos mismos del trabajo, imprescindibles para la supervivencia.

Ahora bien, para que esto suceda se necesita que previamente el trabajo del trabajador haya sido desvalorizado, poniendo el acento allí donde el propietario obtiene el beneficio, o sea: en el intercambio del mercado; pero para ello es también preciso haber transformado el trabajo y, por lo mismo, al trabajador, en una mercancía, o un ser para el mercado. Sin embargo, aun los partidos que se denominan progresistas, no parecen poner muchas objeciones a la mercantilización de lo que, como hemos dicho anteriormente, constituye ni más ni menos que el auténtico derecho de ser por sí mismo, y no en relación a los intereses crematísticos de otros.

Comparemos la valoración que actualmente se tiene sobre el trabajo con la que tenían dos pensadores sobre el mismo. Uno, Hegel, a caballo entre los siglos XVIII y XIX; y el otro, Ernst Jünger, perteneciente a los siglos XIX y XX. En ambos, la dignidad del trabajador se revela como absoluta, lo cual significa que, si estaban equivocados, entonces el progreso implica la inexorable pérdida de la dignidad del mismo, y con ello, lo justo es que su precio de mercado tienda progresivamente a la baja, y la voluntad del trabajador cuente cada vez menos. Esto es precisamente lo que está pasando. ¿De verdad progresamos?


«Este es el infinito derecho del sujeto: que se encuentre satisfecho de sí mismo en una actividad y trabajo».

Hegel citado por Karl Jaspers, Origen y meta de la Historia, Altaya, Barcelona, 1994, p. 153. El subrayado es nuestro.

 «Hemos visto cómo, dentro del puro paisaje de talleres, el ser humano estaba sometido a esa variabilidad de los medios hasta un grado tal que posibilitaba teorías que lo hacían aparecer a él mismo como una especie de producto industrial. (...) La gente se ha habituado a ver en fenómenos como el paro, la carestía de viviendas, los fallos de la industria y de la economía, una especie de sucesos naturales. Estos fenómenos no son, sin embargo, otra cosa que síntomas de la decadencia de los órdenes liberales.(...) Para el plan de trabajo es el trabajo el elemento que le está asignado de una manera natural; no puede haber falta de él, como tampoco puede haber falta de agua en el océano. De ahí que tampoco sea superfluo el ser humano; él es el capital más grande y más valioso».

«Para poder captar eso es preciso, ser capaz de concebir el trabajo de un modo diferente del rutinario. Es preciso saber que en una "edad del trabajador" nada puede haber que no sea concebido como trabajo, si es que esa edad lleva su nombre con todo derecho y no se reduce simplemente a calificarse de tal, que es lo que hacen todos los partidos que hoy se denominan a sí mismos "partidos de los trabajadores". Trabajo es el tempo de los puños, de los pensamientos y del corazón; trabajo es la vida de día y de noche; trabajo es la ciencia, el amor, el arte, la fe, el culto, la guerra; trabajo es la vibración del átomo y trabajo es la fuerza que mueve las estrellas y los sistemas solares».

Ernst Jünger, El trabajador, Barcelona, Tusquets, 2003, pp. 263 y 69.

miércoles, 13 de agosto de 2014

¿ES EL SIONISMO UN TOTALITARISMO?


A raíz de los recientes acontecimientos en Palestina, en los que nuevamente se demuestra la voluntad de exterminio de Israel respecto al pueblo palestino, hemos querido traer a primer plano esta entrada, que ya publicamos en su día, en la que se reproducían partes del artículo de opinión del estudioso sobre temas palestinos, Ilan Pappé, y que fue publicado por el diario El País en 13 de abril de 2011. En él, el autor analizaba el paradigmático caso del juez judío sudafricano Goldstone, que publicó un informe en 2009 sobre crímenes de guerra cometidos por el estado de Israel sobre población palestina en Gaza. Sin embargo, y tal y como relata el autor firmante del artículo, las numerosas presiones al juez por parte de los sionistas israelíes y sudafricanos le llevaron a retractarse públicamente con la esperanza de poder volver a ser acogido en el «redil sionista». Y explica Pappé literalmente: «Este adjetivo, “sionista”, está mucho más cargado de significado que lo que normalmente se cree. Uno no puede decirse “sionista” si se opone a la ideología del apartheid que practica el Estado de Israel. Puedes, sí, seguir siéndolo si simplemente criticas al Estado de Israel por ciertos hechos criminales pero te niegas a ver la conexión entre dichos hechos y la ideología que subyace en los mismos. Decir “soy sionista” es una declaración de lealtad que de ninguna manera puede aceptar el Informe Goldstone de 2009.»

Afirma Pappé: «La única evidencia nueva que aporta Goldstone, es la existencia de una investigación interna puesta en marcha por el Ejército de Israel que dice que uno de los casos “sospechosos” de ser considerados crímenes de guerra fue debido a un “error” cometido por el Ejército y que está, todavía, siendo investigado. Este debe ser el as que guardaban en la manga: las muertes indiscriminadas de miles de palestinos fueron sólo un “error”.»

Y continúa: «Desde el inicio del Estado de Israel los cientos de miles de palestinos asesinados por Israel fueron siempre terroristas o “bajas por error”». No es de extrañar, pues, la advertencia hecha por el secretario del ministro de Defensa israelí a los palestinos de Gaza en 2008: «Los palestinos atraerán sobre sí un nuevo Holocausto». Palabras macabras lo suficientemente expresivas por sí mismas del verdadero valor otorgado por las autodenominadas democracias occidentales sobre los derechos humanos.

domingo, 20 de julio de 2014

¿ES LA RAZÓN OPRESORA?

Francisco Almansa González.

Hace cuarenta y seis años, en las calles de París, uno de los lemas más queridos por los estudiantes del 68 era aquél que pedía llevar "la imaginación al poder". Tal exigencia revolucionaria tenía un fin claro: no luchar con la principal arma del adversario, «la Razón», porque ésta nunca traiciona a su creador. Pues la razón era vista como la matriz formal enmascaradora de unas relaciones asimétricas de poder, por cuanto no hay razón sin jerarquía, y cuyo fin, según sus detractores, no es otro que el de controlar la espontaneidad de la vida, siempre tan peligrosa para cualquier orden dada su inherente imprevisibilidad.

W. BlakeNewton (1795-1805)
Deseo, erotismo estético, acción espontánea frente a estrategia, etc., etc., y sobre todo imaginación, constituirían los verdaderos contrapoderes que, emancipados de la ley objetivadora de la razón, la desenmascararían como el más eficaz instrumento del poder. Pues para aquellos revolucionarios, así como para sus herederos los postmodernos, la identificación hegeliana entre razón y realidad constituye la mejor legitimación del poder de todos los tiempos. Además, como la razón siempre concibe el futuro a su imagen y semejanza, pero alcanzando su cenit en el mismo, parece revelarse como el sueño de todo poder: el que llegue un día en el que ejerza un dominio omnimódo sobre toda manifestación libre de la vida.

Nietzsche, Marx y Freud sirvieron de inspiración en un principio a este movimiento de rebeldía antisistema, por cuanto su pensamiento fue considerado como el pensamiento de la "sospecha", ya que desde sus diferentes perspectivas de análisis, en todos los casos, la sociedad, como lo real-racional de Hegel, siempre resultaba ser un orden opresor legitimado por una superestructura racional-moral que, en última instancia, no era sino una alienación de la vida contra ella misma. 

«Trabajo muerto», «opresor del trabajo vivo», que no es sino el capital como explotador de la fuerza de trabajo, según Marx. «Moral del resentimiento» o «moral de rebaño» contra el eterno retorno o voluntad de ser de los fuertes, según Nietzsche; o, por último, y según Freud, el conflicto irresoluble entre el Ello como fundamento de los instintos esenciales de la vida -que, como tal, está más allá del bien y del mal-, y la civilización como un orden racional-moral que impone para su autoconservación imperativos extraños a tal fundamento, como serían la disciplina inherente a la racionalidad de una economía dirigida al aumento permanente del beneficio, o el sacrificio en aras de aquellas fórmulas abstractas aún vigentes de la moralidad burguesa como, por ejemplo, "el bien general".

Vemos, conforme a lo anterior, que el conflicto entre razón y vida revelado por los «maestros de la sospecha», marca una línea de demarcación histórica cuyas consecuencias pronto empezaron a hacerse visibles, siendo la más importante, así como la más inquietante de todas ellas, el nihilismo. Sin embargo, no hay que perder de vista que este pensamiento crítico, revelador de un conflicto aparentemente irresoluble entre la vida como condición necesaria de ser en el mundo, y la razón como condición que nos define intrínsecamente como humanos, y, en tanto que tales, como seres sociables, tiene su origen en el siglo XIX, en el cual la democracia tiene carta de naturaleza en los estados más avanzados económicamente de Europa, y es la forma política original de una nueva nación en el mundo que ya empezaba a ser referencia en relación a sus inagotables posibilidades de desarrollo, como eran los EEUU. Asimismo, es el siglo del triunfo del individualismo, de la revolución industrial y de un imperialismo marcado con la impronta de las exigencias de la nueva racionalidad económica ya plenamente dominante en estos estados.
 G. Grosz, Traficantes de brillantes (1920)

Ahora bien, ¿no es precisamente en el seno de esta "racionalidad" económica, que tiene su fundamento en el interés privado, donde se encuentra la raíz del conflicto entre vida y razón? No deja de ser extraña una racionalidad, que, como ya A. Smith vio, necesitaba de una mano invisible para que pudiese funcionar en armonía. Asimismo, la concepción que de la vida se tenía en el siglo XIX era tan individualista como la idea de hombre sustentada por el liberalismo. Pero la vida, de igual manera que la actividad económica de escala social, posee una racionalidad holística, siendo en este sentido la vida holísticamente entendida la racionalidad envolvente de la racionalidad económica.

Pero, ¿qué queremos decir aquí con el término 'holístico'? Pues que la actividad de las partes tiene como fin la afirmación de una determinada forma de unidad del todo, que es inherente a su vez a la afirmación de la singularidad de las mismas. Desde la célula hasta un ecosistema, pasando por una familia estructurada, es esta la racionalidad que rige. ¿Por qué no es así, sin embargo? ¿Por qué ese extrañamiento tan marcado entre individuo y sociedad? Nuestra respuesta, conforme a nuestro concepto de razón holística, es que el sistema «egoicista» económico vigente, al supeditar esencialmente las decisiones económicas a la obtención en primer lugar de beneficios privados, impide la exigencia unitaria de la racionalidad holística de la economía, y con ello se impone un competir permanente entre los seres humanos, en tanto que componentes esenciales de la vida económica.

Es precisamente ese competir de todos con todos -trabajadores con trabajadores para conseguir un puesto de trabajo o un ascenso, empresarios con empresarios para ganar mayores cuotas de mercado, estados con estados para que sus balanzas de pagos le sean favorables-, lo que revierte en la conciencia individual en forma de desconfianza, incertidumbre y escepticismo, o lo que es lo mismo, en forma de extrañamiento. Lo cual a su vez es el síntoma inequívoco de que la «racionalidad egoicista» imperante es una forma represora en relación a la emergencia de la razón holística, o aquélla que al afirmar la esencia unitaria del todo afirma simultáneamente la singularidad de las partes esenciales que lo constituyen. Pero afirmar a cada realidad conforme a lo que es, es tanto razón como libertad.

miércoles, 2 de julio de 2014

JUSTICIA Y SOBERANÍA. ¿ES LA JUSTICIA RELATIVA?

Francisco Almansa González.

Cuando superado el sistema de privilegios del antiguo régimen, al proclamarse como uno de los pilares básicos de la democracia la igualdad de todos los hombres ante la ley, se creyó erigir un inexpugnable muro contra lo que aquellos revolucionarios burgueses consideraban la raíz de toda injusticia social: la desigualdad de derechos y de obligaciones.

La justicia, conforme a lo anterior, debía de entenderse, por tanto, como la igualdad de derechos y obligaciones de todos los ciudadanos.Y como el soberano, que es el que dicta las leyes, no podía ser otro para los demócratas que «el pueblo», ser justos era aceptar dicha igualdad en relación con las leyes que los demócratas se daban a sí mismos. Dicho de otra manera: la justicia sería la obediencia a la ley que nos obliga a todos por igual, en tanto que nos permite los mismos derechos. 

Ahora bien, los derechos que en su momento se admitieron como inherentes al ser humano no eran sino en función de la «representación» que una clase social se hacía de sí misma -en especial sus varones-, en tanto que se consideraban la quintaesencia de lo que en verdad significa ser humanos. De ahí que el derecho al voto estuviese vetado a los que carecían de propiedades y a aquellos que, por "naturaleza", estaban hechos para obedecer y no para decidir por sí mismos, como los negros, los indios, las mujeres y los niños.

Lo anterior pode de manifiesto cómo la transición del antiguo régimen a las democracias liberales no supuso la igualdad de derechos que son inherentes a nuestra condición de ser igualmente humanos. Y uno de los factores esenciales que hizo que esto fuese así, es que no comprendían al ser humano sino conforme a sus intereses comunes de clase, basados en la nueva racionalidad instrumental del comercio y de la industria. Esto es: un antropocentrismo de clase fundado en el poder instrumental más poderoso de su tiempo. La justicia pasaba a ser un instrumento al servicio del mantenimiento de la propiedad de dichos poderes, por los que el trabajo a su vez experimentó una transustanciación como mercancía, supuestamente liberado de las ataduras de la servidumbre medieval.

Interior al aire libre (1892) de Ramón Casas 
Los comedores de patatas (1885) de Van Gogh


Vemos cómo dependiendo de las formas determinadas de poder instrumental de las diferentes clases, las condiciones en las que el trabajador se ve obligado a trabajar son juzgadas como justas o injustas. El trabajo mercancía que sustituyó al trabajo servil del siervo de la gleba sigue siendo considerado legal, y como la legalidad se supone depende en última instancia de la soberanía del pueblo, la condición de dicho trabajo se considera justa. Ahora bien, como el valor económico de la vida del trabajador y de su familia depende de la oferta y la demanda del mercado, puede suceder, y sucede, que su vida llegue a estar despojada de todo valor económico; y si transcurrido un determinado lapso de tiempo, cada vez menor, no ha encontrado trabajo, queda incluso expulsado del stock del almacén de mercancías disponibles en espera de su momento, si lo hubiere, porque las mismas requieren un costo económico de conservación que, como todo, tiene su límite.

Consumada la expulsión como mercancía utilizable del circuito económico del trabajador, la soberanía popular, conforme a leyes que a sí misma se ha dado, no puede sino lamentarse de que muchos de sus ciudadanos «soberanos» hayan perdido de hecho completamente su soberanía por haberse dado ellos mismos "libremente" esas leyes. Conclusión: es justo lo que les sucede; y estamos, por tanto, en el mejor de los mundos posibles. Como se sabe, nada es perfecto.

Cuando La Justicia se hace relativa a una supuesta soberanía que es aceptada por la mayoría, y esto vale tanto para la democracia, como, por ejemplo, para las monarquías absolutas -si éstas son aceptadas, como decimos por la mayoría, como el "menos malo" de los sistemas de gobierno-, entonces ninguna ley es injusta, y lo injusto sería transgredir la misma.

Ahora bien, esto supone que la soberanía está más allá de la justicia, y que es ella la que determina lo que es justo y lo que no lo es, lo cual equivale a determinar lo que es el bien y lo que es el mal. La cuestión, pues, a nuestro entender, estriba en determinar aquello en lo que realmente consiste el poder soberano, porque se observa a lo largo de la historia, así como en nuestros días, que sea quien sea el soberano -uno, unos pocos  o todos-, siempre se cumple la regla de que el poder de decisión -directo o indirecto- sobre el trabajo de la mayoría lo tienen unos pocos, que son los más interesados en cumplir las leyes que les garantizan dicho poder, y que, por lo mismo, además de considerarse los más "justos" son los que disponen, en proporción o sin ella, de la mayor parte de la riqueza social.

Por ello, sea cual sea el soberano, «su soberanía» siempre garantiza la desigual distribución de riquezas, algo que desde la más remota antigüedad hasta las más "avanzadas sociedades" siempre ha encontrado su oportuna justificación. Hoy, donde la economía juega un papel determinante en el desenvolvimiento de la totalidad de la vida social, y, por tanto, es por medio de su control directo o indirecto como se puede influir de forma más eficaz sobre el comportamiento de las masas, el poder soberano lo tiene realmente quien detenta el poder económico. Sin embargo, el debate político siempre soslaya esta cuestión porque la mayoría de los grupos políticos han identificado, casi de forma natural, libertad de mercado con libertad económica, lo que equivale a convertir al mercado y sus leyes en el complemento necesario de la soberanía política.

Como la justicia es concebida como respeto y defensa de las leyes soberanas, el ir contra las leyes del mercado sería, conforme a lo anterior, una grave injusticia. Que la evidencia del día a día ponga de manifiesto que «los mercados» socavan hasta los cimientos de la soberanía de los estados nacionales, y con ello se nos revele a su vez quién de verdad posee el poder, no parece haber influido en absoluto a la hora de cuestionarnos si se puede realmente ser soberanos sin poseer realmente la soberanía económica, entendida ésta como la propiedad colectiva de los medios económicos que nos permitan decidir directamente el qué, el cómo y el cuándo de las realizaciones económicas que nos afirmen íntegramente como lo que somos, pues esto sería la justicia, y no como instrumentos necesarios a tiempo parcial para la obtención de beneficios.

He aquí lo que a nuestro entender aúna soberanía y justicia no subordinando ésta a la primera, sino legitimándola, pues no se trata de que todos seamos iguales ante la ley, sino de que la ley sea igualmente justa para todos. La Justicia ha de ser, pues, Ley de leyes, ya que la raíz de la misma no es otra que la plena afirmación de todas las dimensiones que nos constituyen como humanos, y, como tales, somos simultáneamente seres singulares y comunitarios. Pues solo en comunidad se puede alcanzar la singularidad que nos es inherente, y solo con la plenitud de la misma se pueden dar los mejores frutos que refuerzan el vínculo fraternal de nuestro ser comunitario; lo que nos hace realmente un sujeto colectivo unitario de nuestras realizaciones, que, en última instancia, y sean cuales sean éstas, siempre estarán sobredeterminadas por la justicia inherente a esta doble afirmación de ser singulares y comunitarios.

Ahora bien, ¿no es esto ser soberano? Esto es: ¿afirmarnos como lo que somos en todas nuestras realizaciones? Pues si no es así, es que sencillamente nuestras realizaciones no son «nuestras», sino relativas a los intereses de otros.

sábado, 21 de junio de 2014

CHARLA-DEBATE: ¿ES LA JUSTICIA UN VALOR RELATIVO?

El próximo JUEVES 26 DE JUNIO tendremos la oportunidad de reflexionar y debatir sobre el tema arriba indicado. La introducción al mismo la realizará FRANCISCO ALMANSA, filósofo y editor de este blog.

LUGAR: Centro Cívico Lepanto. Avda. del Marrubial s/n. (Junto a la Biblioteca Central). 14007. Córdoba.

HORA: 19:30.

Si La Justicia es relativa, entonces solo la fuerza dirimirá todos los conflictos ¿Pero no es acaso esto lo que se quiere evitar?


Valla Melilla, inmigración 

lunes, 9 de junio de 2014

MARCUSE: LOS EFECTOS DE LA IMPOSICIÓN DE LA RAZÓN INSTRUMENTAL


 La partida de cartas (1917), Fernand Léger,

Como ya pudo ver H. Marcuse en los años cincuenta, la imposición casi absoluta de una limitada razón instrumental, de tipo empírico o científico-tecnológico, en prácticamente todos los ámbitos de la realidad, ha debilitado extraordinariamente la creencia en los valores, los cuales no poseen su fundamento en dicha limitada racionalidad. De ahí la necesidad -afirmamos nosotros- de una razón que, como dimensión esencial humana, y por tanto irrenunciable, sepa apreciar a las cosas por sí mismas, y no por su mera instrumentalización o utilidad. Capaz de fundamentar ontológicamente los valores. Esto es, que nos ayude a descubrir la justicia, la verdad, la bondad, como valores no aleatorios, sino anclados en nuestra naturaleza, y que por tanto deje de considerar al ser humano como un mero factor de "empleabilidad" sea en el ámbito que fuere. He aquí las palabras de Marcuse:

«Vivimos y morimos racional y productivamente. Sabemos que la destrucción es el precio del progreso, como la muerte es el precio de la vida, que la renuncia y el esfuerzo son los prerrequisitos para la gratificación y el placer, que los negocios deben ir adelante y que las alternativas deben ser utópicas. Esta ideología pertenece al aparato social establecido; es un requisito para su continuo funcionamiento y es parte de su racionalidad.

Sin embargo, el aparato frustra su propio propósito, porque su propósito es crear una existencia humana sobre la base de una naturaleza humanizada. Y si éste no es su propósito, su racionalidad es todavía más sospechosa. [...]

La sociedad se reproduce a sí misma en un creciente ordenamiento técnico de cosas y relaciones que incluyen la utilización técnica del hombre; en otras palabras, la lucha por la existencia y la explotación del hombre y la naturaleza llegan a ser incluso más científicas y racionales. El doble significado de "racionalización" es relevante en este contexto. La gestión científica y la división científica del trabajo aumentan ampliamente la productividad de la empresa económica, política y cultural. El resultado es un más alto nivel de vida. Al mismo tiempo, y sobre las mismas bases, esta empresa racional produce un modelo de mentalidad y conducta que justifica y absuelve incluso los aspectos más destructivos y opresivos de la empresa. [...]

La taladradora (1925), Frantisek Kupka

La cuantificación de la naturaleza, que llevó a su explicación en términos de estructuras matemáticas, separó a la realidad de todos sus fines inherentes y, consecuentemente, separó lo verdadero de lo bueno, la ciencia de la ética. No importa cómo pueda definir ahora la ciencia la objetividad de la naturaleza y la interrelación entre sus partes; no puede concebirlas científicamente en términos de “causas finales”. […]

Si lo bueno y lo bello, la paz y la justicia no pueden deducirse de causas ontológicas o científico-racionales, no pueden pretender lógicamente validez y realización universales. […] El carácter “acientífico” de estas ideas debilita fatalmente la oposición a la realidad establecida; las ideas se convierten en meros ideales y su contenido crítico y concreto se evapora en la atmósfera ética o metafísica

H. Marcuse, El hombre unidimensional, Barcelona, Seix Barral, 1972, pp. 172-175.
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